Ben Harper, ni leyenda ni espíritu

Ben Harper./BBK Live Music Legends
Ben Harper. / BBK Live Music Legends

El cabeza de cartel sabatino del Music Legends festival dio un bolo dilatado y sin chispa, que pasó del ambiente del jazz hasta el del gaztetxe

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

Aunque se logró el propósito de atraer a un público más joven y en mayor cantidad al contratar como cabeza de cartel al pseudobluesman Ben Harper (Benjamin Chase Harper, nacido en Pomona, California, hace 49 años), el sábado el BBK Music Legends Festival se desvió de su intención programática y conceptual: «Poder ver un buen concierto tranquilo, tomándote un txakoli y sin que nadie te empuje», como nos contó en su primer año el organizador, el veterano promotor Spasky, de Dekker producciones.

Durante toda la tarde del sábado se percibió una mayor presencia de jóvenes en La Ola y durante el largo y moroso concierto de Harper la peña se mantuvo con las filas muy apretadas delante (señal del interés en el actuante) y la peña al moverse te empujaba (también nosotros, pues casi sin luz es difícil andar) y el que suscribe hasta apagó un conato de pelea (entre unos puretas, dicho sea en descargo de los joveznos).

Además, entrada la noche, la temperatura se desplomó y se impuso el frío en todos los sentidos: el del mercurio y el de la música de Ben Harper, quien dio el peor concierto de los tres que le hemos visto (dos en el BBK Live, en 2006 y en 2015). El sábado, a la meditada artificiosidad usual en él, Harper añadió un ombliguismo dilatador en los solos y las atmósferas forzadas que poco tenía que ver con la inspiración de momento.

Para más inri, Ben Harper vino con formación reducida, en cuarteto (en el BBK de 2015 vino en sexteto, con un teclista y un segundo guitarrista), con un buen baterista al que al principio en la ecualización le metieron poco volumen, un bajista excesivo en sus alardes de jazz fusión (a ese nadie le avisó que no estaba en un festival de jazz), un percusionista que aportaba un remarcado aire perrofláutico bienvenido por la mayor parte de la concurrencia, y el líder Harper, un mestizo de sangre negra, cherokee y judía que estuvo parado casi todo el rato.

Fue un concierto muy irregular, demasiado estirado (en todos los sentidos: «Yo no soy una leyenda, pero me alegro de estar aquí», llegó a soltar el californiano, seguramente refiriéndose a que su edad es más de veinte años inferior al promedio de los cabezas de cartel del Music Legends) y objetivamente largo: 93 minutos para más de 11 temas, y es que el tipo unió no pocos y nos cansamos de contar y de discernir en sus pajas mentales poliguitarrísticas.

Sin pantalla de fondo (en el festival de Sondika solo la usaron los Beach Boys, y se la pusieron más pequeña de la que suelen colgar), Ben Harper arrancó hippioso y buenrollista a lo Smile en la playa, por el ecuador se atascó al apostar por un blues que a pesar de su negritud parece aprendido de películas blancas de carretera, y por el final se decantó por las esquirlas hendrixianas y resultó un tanto más paladeable, pero a cachos. Arrancó dulzón y populista con 'Steal My Kiss' y su onda Taj Mahal que al instante prendió en un público al que no importó el sobrante solo de bajo. Con la slide siguió narcótico ('The Will to Live') y con los bongos protagonistas de Leon Mobley incidió en el ambiente íntimo a lo Corey Harris ('Burn One Down', al que la concurrencia jaleó gritando cosas como «guapamente» o «aúpa Benito», cambiándole el nombre a Benjamín).

'Alone' le quedó narcótica y excesivamente arquetípica al asumir el blues (este Harper no es nada jondo), pero funcionó por efectista. Sin embargo el encuentro no despegaba y la música del cuarteto más bien parecía introspectiva. El californiano se quitó la chula chupita y pudimos leer la leyenda de su camiseta: 'Bob Marley Talkin' Blues'. Y continuó estirando el chicle e hinchando su ego, colando solos de bajo a lo Red Hot Chili Peppers, estirándose como en el jazz (bufff), fusilando a Traffic y a Hendrix ('Fight for your mind'), facturando funk gitano pero de aliento de gaztetxe ('Keep it together'), sin poder escapar del marasmo tan concéntrico como los círculos que se usaban de telón de fondo, alcanzando la sima de la cita en un rock noventero y muy grunge entre Janes' Addiction y Nirvana como fue el titulado 'Please Bleed' (su conexión con los 90 le provee de público más joven), y aburriendo con más blues de película blanca, paradójicamente ('Call It What It Is', «llámalo por su nombre, asesinato», sobre negros muertos por disparos de la policía).

Y ya por el final se relajó con uno de sus éxitos, el cálido, comercial, acaramelado y arropador 'Diamonds on the inside', o sea más dulzura campera en la escuela soul de Taj Mahal que fue merecidamente ovacionadísima. Y en el epílogo cargó la pila eléctrica y subió a la batería en la ecualización con un buen 'Machine gun' (ametralladora) de Hendrix y la despedida con el 'Superstition' de Stevie Wonder, que les quedó ni fu ni fa, y miren que es difícil no agitar con esta canción.

Pues más o menos así fue el peor concierto de los 10 de las dos jornadas de este 4º BBK Music Legends Festival. El mejor fue el de los Beach Boys el viernes (de lo mejor del año), el segundo el de Little Steven & The Disciples Of Soul el sábado (esa fiesta estival tan springsteeniana y más allá del barrio), y el tercero el de Anje Duhalde el viernes (en cuarteto eléctrico y en euskera). Nuevos bolos fueron en inglés (dos con grupos de cantantes vizcaínos) y ninguno en castellano, aunque el viejo bostoniano Watermelon Slim coló frases en español para hacerse entender.