En la fiesta de One

Erentxun, el gran triunfador de la velada. /Carlos Gª Azpiazu
Erentxun, el gran triunfador de la velada. / Carlos Gª Azpiazu

Mikel Erentxun dio el mejor concierto del 'One Fest' en un Kafe Antzokia que disfrutó también con La Granja

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

El viernes se celebró en el Kafe Antzokia el One Fest dedicado a la memoria de Onésimo Herrera, representante de Warner en Euskadi fallecido hace un año por cáncer de pulmón. Se vendieron 400 entradas pero se estuvo muy cómodo, porque las seis actuaciones se dividieron en dos partes: la primera aparentemente con nombres más comerciales y la segunda más de culto, con lo cual muchas personas se saltaron fragmentos de la velada.

A modo de línea del ecuador del 'One Fest', la getxotarra Reyes Torio, ex Dinamita Pa Los Pollos (camarero sírvanos, el mejor bourbon de Texas…) y hoy vecina de Barcelona, dio un discurso sincero y emocionado. Entre otras cosas dijo: «Todos los del público habéis venido aquí porque concocíais y queríais a One. Era un punto de luz, una persona hiperpositiva con un gran corazón. Transmitía pasión por la música y amabilidad. One era una sonrisa eterna y magnífica. Un ser humano especial». Y Reyes también se refirió a las fiestas que organizaba en los años 80 en el piso de Ledesma, donde tenía la oficina, donde empezó como distribuidor del sello independiente DRO (Loquillo, Gabinete Caligari…), marca que no tardó en ser absorbida por Warner.

El viernes en el Kafe Antzokia había programadas ocho actuaciones, pero hubo dos bajas a última hora, ambas por enfermedad: el donostiarra Álex Ubago con anginas y el gallego Silvino Aerolíneas Federales con un ataque de ansiedad. Ambos iban a dar breves sets, y al final los aperitivos acústicos quedaron en estos tres: los bilbaínos Zea Mays en dúo con su ampulosidad vocal calando en el patio; el cántabro de Reinosa Rulo en dúo a dos guitarras con su suave y melosa profesionalidad y su personalidad a pie de calle y sin alharacas; y el navarro Kutxi Moreno, líder de Marea, que versionó en dúo Rosendo ('Qué desilusión'; se le esperaba en trío pero al final vino en dúo) y también se marcó una apreciada colaboración con Rulo.

Mikel Erentxun engrasado con Karlos Arancegui.
Mikel Erentxun engrasado con Karlos Arancegui. / Carlos Gª Azpiazu

Los tres conciertos postreros se anunciaban con más empaque. Tuvieron mayor duración y la emoción menguó hasta la decepción. Delgado cual maratoniano, cool con su camisa de amebas y estelar gracias a la cinta de su guitarra con su apellido escrito mediante remaches inoxidables, la cima de la cita la puso el donostiarra Mikel Erentxun en dúo con el baterista tolosarra Karlos Arancegui, que en 20 minutos y cinco canciones convirtieron al Antzoki en una olla a presión. Mikel y Karlos abrieron en plan Duncan Dhu con 'Corazones', generando ambos la energía de una turbina acústica bien lubricada. Seguidamente Erentxun se destapó inspiradísimo en 'Cartas de amor (Cuando no hay amor)', gótica, superior a Imelda May y con Arancegui rompiendo la noche con su batería tan económica de recursos como retumbante de pegada, más un 'Veneno' donde Mikel reflejó a su admirado Lloyd Cole.

Ya que la velada era especial y Mikel apreciaba a One desde los tiempos independientes de Duncan Dhu, acabó su set con dos revisiones de éstos que pusieron al respetable a corear de principio a fin: 'Cien gaviotas' y 'Jardín de rosas' (dime tu nombre…), que estuvieron muy bien pero no tanto como las tres iniciales.

Los mallorquines La Granja aterrizaron en formato reducido.
Los mallorquines La Granja aterrizaron en formato reducido. / Carlos Gª Azpiazu

Poco después, pues los cambios de escenario fueron muy rápidos, descendimos un escalón con los mallorquines La Granja, que volaron en cuarteto, sin la segunda guitarra y el teclista. Su bolo de 10 temas en 41 minutos cursó perjudicado por el sonido, la falta de esa segunda guitarra imposibilitó que se igualara la magia contenida en los discos y nos cuentan que los granjeros habían estado antes de potes antes, ejem... Sin embargo, todo eso no fue óbice para que el públio se montara su fiesta particular y agitara un pogo exagerado en el centro del Antzoki. Perdón por la personalización: pensé que ahí había mucha gente que ya ha perdido la costumbre de salir y estaba más perjudicada que el sonido, je, je…

El público se volvió loco ante La Granja.
El público se volvió loco ante La Granja. / Carlos Gª Azpiazu

La peña, pelín nostálgica y eufórica por el reencuentro con tantos amigos de la movida local, cantó y saltó todas las canciones de La Granja, incluso la que les quedó de pena (la quinta, 'Fuimos chicos rebeldes', flojísima), pero muchas atesoran tanta calidad interna que funcionaron a pesar de los citados hándicaps: 'Chap chap' (power pop retrojuvenil vinculable a Las Ruedas de la época), 'Isabel' (con el poderío del Nuevo Rock Americano paralelo a The Del Fuegos), 'Los chicos quieren diversión' (pop psicodélico que relaciona a los Byrds con Los Negativos, y rematado por la peña coreando sus 'papapás' de tribu mod), 'Sufro por ti' (más power pop al grano, esta vez fusilando arreglos 'ajájá' a The Romantics) y, a modo de bis, 'Magia en tus ojos' (en plan Los Secretos). Qué buenas son canciones las de La Granja, que misteriosamente atrapan hasta a quienes no les gusta el pop.

De Erentxun a La Granja se había bajado un peldaño la calidad objetiva intrínseca, pero durante el bolo de los esperados BB Sin Sed nos zambullimos en la decepción y mucho público fue abandonando el local progresivamente hasta quedar un puñado de amigos. 15 canciones en 67 minutos ejecutaron (sic) los sabadellenses en cuarteto con pésimo sonido (no se oía la guitarra de Remenber, la batería se imponía, «hemos partido el afinador por la mitad» confesaron...) y un cantante incómodo en el escenario («parece que tiene fotofobia», juzgó Iratxe) y que se hundió en su tarea («tengo la voz como una patata», se excusó en el bis, cuando BB Sin Sed tocaron sólo una canción, 'Ases de pic', a pesar de tener tres títulos apuntados en el set list).

BB Sin Sed no hicieron justicia a su leyenda.
BB Sin Sed no hicieron justicia a su leyenda.

Los primeros discos de BB Sin Sed nos gustan mucho (por cierto, me los regaló en su piso de Ledesma el generoso One cuando yo editaba el fanzine de rockabilly 'Good Rockin'; «no entran en la línea editorial» le avisaba, y él respondía: «quédatelos, que están muy bien»; normal que One cayera bien a todo el mundo). Y como nos gustan tanto, por contraste con lo que catamos el viernes la decepción fue más honda.

Han pasado 30 años desde la salida de esos vinilos, claro. Xavier Vendrell, el cantante, dijo el viernes que no estaban ahí por el pasado ni por la nostalgia, sino por el presente. Y ojalá fuera una mala noche lo que presenciamos. Intentamos exprimir el recuerdo de canciones como 'Pisa las flores' (de sonido mate), 'Saltos del tiempo' o la mentada del bis, 'Ases de pic', pero fue un esfuerzo en vano evidenciado en otras canciones pésimamente resueltas ('La dirección que no tomo', título del disco de su reaparición tras veinte años, o la también nueva 'El amor nos disuelve') y en, lo que es peor, un nuevo tono que los aproxima al rock urbano, con dejes vocales de Burning, Extremoduro… ¡y hasta Evaristo!