La erosión del tiempo

La bailaora Vanesa Aibar fue la más aplaudida./
La bailaora Vanesa Aibar fue la más aplaudida.

La benemérita cantaora Carmen Linares inauguró los 22 Viernes Flamencos del Teatro Barakaldo con una propuesta basada en poetas españoles y donde la más aplaudida fue la bailaora Vanesa Aibar

ÓSCAR CUBILLO

El viernes, con tres cuartos de entrada en la sala grande del Teatro Barakaldo, la figura del cante Carmen Linares (Carmen Pacheco Rodríguez, Linares, Jaén, 1951), protagonizó la gala inaugural de la 22ª edición de los Viernes Flamenco. Entre enero y mayo habrá siete encuentros en total, con Rosalía, El Pele, José de La Tomasa… La Linares siempre ofició por debajo del nivel de sus subalternos: su fiel tocaor Salvador Gutiérrez, dos palmeras (Ana María González y Rosario Amador; «cantan mejor que la jefa», comentó el experto de nuestra derecha) más la bailaora Vanesa Aibar (que fue quien se llevó las mayores ovaciones, como se comprobó en los saludos finales).

La benemérita cantaora vive de su pasado (y mantiene el cartel y el tirón entre la afición), su arte es sombra de lo que fue desde hace mucho («la edad no perdona», comentaban al salir algunos aficionados), y en Barakaldo se la notó sin fuelle para los sostenidos, sin vocalización clara, floja e insegura. A veces parecían nanas. «No puede con los graves y no llega a los altos», sentenció el flamencólogo de la diestra. Digna de conmiseración, Carmen Linares fue el centro de una velada inaugural larga, de 13 piezas (añadiendo el primer número de baile incrustado) en hora y tres cuartos con el respetable aplaudiendo por respeto, por verla entregada, por la bailaora, por los poetas adaptados, por el flamenco en sí…

Linares, que cada día se parece más a la actriz Carmen Machi, se permitió un respiro a mitad de la cita dejando solos a sus acompañantes. O sea que cantó en dos partes: la primera vistiendo chaquetita roja y la segunda un mantón. En la segunda se le notó levemente mejor, quizá por haber aclarado la garganta con alguna infusión. Venía a Barakaldo divulgando el disco-libro de 70 páginas ‘Verso a verso’ (Altafonte, 2017), su homenaje al poeta Miguel Hernández, su primer trabajo en estudio en nueve años, y también hizo otras cositas que casi siempre presentó con encomiable espíritu divulgativo, indicando autores de las letras y los palos por los que paseaba.

En la primera parte, a dúo la vimos muy endeble, demasiado suavita y entonando mal en ‘Andaluces de Jaén’, es decir los ‘Aceituneros’ de Miguel Hernández. Siguió en dúo con ‘Arbolé, arbolé’ de Lorca, por soleá y bambera, que tampoco superó el tanteo, pero un poco mejor estuvo por malagueñas de Miguel Hernández, aunque fueran estilistas. En ‘Los vendimiadores’ de Hernández vimos la primera intervención del plantel al completo, en quinteto, con la aparición de la bailaora Vanesa Aibar, que marcó los pasos más clásicos con un atavío colorista («qué chulo el chal, parece un pavo real», elogió Pato).

A la séptima pieza la jefa hizo mutis dejando a sus escuderos a solas, que no pasaron el entretenimiento, y con la Linares de nuevo en escena la segunda parte resultó algo más disfrutable. A dúo por soleás tradicionales se manejó bien, y al acabarla agradeció: «Muchas gracias, qué bonita es la poesía popular. Tenemos una poesía en España que es una joya». En cuarteto adaptó el ‘Moguer’ de Juan Ramón Jiménez iluminado con palos de Huelva, y los cuatro en pie alcanzaron el cénit con Juan Ramón por tonás, es decir a capella y con palmas, ofreciendo lo más genuino del viernes. Y en estas apareció la bailaora con unos pasos más actuales y otro vestido para un texto de José Ángel Valente por seguiriyas que no lo parecieron, porque la cantaora resonó crepuscular, erosionada, algo moderna, aparentemente insegura…

Y el bis fue para Lorca, con ‘Baladilla de los tres ríos + Anda Jaleo’ y la tercera intervención de la bailaora Aibar, con su tercer vestido. Las ovaciones finales y los saludos de los oficiantes fueron largos, respetuosos, con la mayoría de la parroquia consciente del nivel vocal actual de Carmen Linares, a quien no se le caen los anillos por dar rienda suelta a sus acompañantes, que la eclipsan con facilidad.

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