La croqueta subversiva de Gatomojado y la rebelión armada de Ilegales

Jorge Martínez impartiendo su bendición./Carlos Gª Azpiazu
Jorge Martínez impartiendo su bendición. / Carlos Gª Azpiazu

Viernes redondo con blues vallecano en el Cotton Club más el inoxidable rock preciso y violento de los asturianos capitaneados por el incombustible Jorge Martínez en el agotado Kafe Antzokia

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

Viernes de guitarras peligrosas en Bilbao. Abrimos la jornada en el Cotton Club, porque nos hacía mucha ilusión echar el diente a Gatomojado, cuarteto vallecano de blues-rock con deje 'leñero', aunque la dicción vocal a lo Rosendo Mercado («el único Mercado que vale», dijeron) se difuminó en su concierto de 57 minutos y 11 piezas. Teloneados por el trío vizcaíno vintage de delta blues ragtimer Detractors (10 temas en 38 minutos con tabla de lavar, una maleta a modo de bombo, la voz y los rizos del cantante de la Priscilla Band…), Gatomojado, propulsados por dos guitarras y un bajista velocísimo, calentaron al escaso personal con dejes vía Daniel Higiénico ('Pingüinos en el desierto'), concomitancias con los primeros Deltonos (el funk hostelero saltarín de 'Manos sucias', muy mejorado respecto a lo que suena en su primer disco), 'El blues de la nevera' con su final tan Rosendo, una versión de Los Chunguitos escuela Muddy Waters ('Me quedo contigo'), y la cima de la cita, un largo fragmento pleno de inspiración y rebosante de diversión contagiosa durante cuatro temazos: el walkin' bass con slides a lo Elmore James '2000 cigarros y un blues', el rocancolero 'La croqueta subversiva' (dedicado a un bar de San Francisco donde habían probado unas croquetas de cecina alucinantes), el swingeante 'Huellas dispares' y el rollo tan a lo Morís de 'Tienes el fuego'.

Gatomojado en el Cotton Club.
Gatomojado en el Cotton Club. / Óscar Cubillo

Y ya para el epílogo a modo de fiesta final con el público bailando dejaron el popurrí de Leño (con el blues 'La Fina' y un par de fragmentos instrumentales) y el adiós con el 'I Got My Mojo Working' de Muddy Waters llevado a su asfalto vallecano y con muchos arreglos sorprendentes (Michael Jackson, Lenny Kravitz…). Los felinos madrileños vinieron presentando su segundo disco, 'Espinas', que pueden oír en Bandcamp y ojalá vuelvan pronto.

Los cuatro Ilegales vistos desde el anfiteatro.
Los cuatro Ilegales vistos desde el anfiteatro. / Carlos Gª Azpiazu

Rematamos la velada en el Kafe Antzokia, con aforo agotado para ver a los asturianos Ilegales (1982-2011, y la actual, de 2014 en adelante) presentando su último disco, 'Rebelión'. O sea que habría veinte personas por cada una de las que estuvimos en el Cotton Club. Ilegales, en cuarteto preciso, acerado y eléctrico, con volumen poderoso (a una espectadora se le formó un tapón en el oído), durante una hora y tres cuartos tocaron 34 canciones según las cuentas de su líder, Jorge Martínez (treinta antes del bis, que lo dijo él mismo, y cuatro en el bis, que lo anticipó), un Jorge Martínez alto y espigado y con camisa blanca de rayas verticales negras a modo de barrotes (pero advirtió que a la cárcel solo había ido a tocar).

Todo el mundo salió encantado y nadie puso ninguna pega. Y así, pleno de facultades a sus 63 o 64 años, dando saltos mejor que Wilko Johnson y contoneándose más larguirucho que Leiva, el incombustible Jorge, sin usar Teleprompter ni atriles y esgrimiendo una Stratocaster blanca, enlazó las canciones sin resquicios para la cháchara, yendo al grano, como esquemático es su fórmula. Las enlazó alternando los rocks movidos con los ataques de melancolía, sobre todo el provocado por 'Me gusta cómo hueles', inspirado por una chica suicida, y antes del cual introdujo Jorge Ilegal: «Ahora vamos con una de esas canciones frágiles. No la tocábamos desde principio de los 90. Me ha sorprendido que no venga ningún patán a joderla». Y continuó con otra en la misma onda: 'La casa del misterio'.

La masa acudió predispuesta al Kafe Antzokia y gozó de canciones añejas: el ska narcotraficante 'Hola mamoncete', la nihilista 'Ella saltó por la ventana', raptos melancólicos como 'Agotados de esperar el fin', borrascas que pasados los años aún se entienden más en su crudeza como 'El norte está lleno de frío', más melancolía en 'Enamorados de Varsovia'…

Jorge Martínez esgrimiendo su Stratocaster blanca.
Jorge Martínez esgrimiendo su Stratocaster blanca. / Carlos Gª Azpiazu

Firme en el centro de la escena, saludando echándose la mano a la frente como un militar, brindando por los que están y los que ya no están (y elevó una vaso de lo que parecía kalimotxo), secándose el cráneo con una toalla negra, Jorge Ilegal siguió desgranando melodías tristes en punteos de su Stratocaster blanca y el repertorio combinaba macarrismo descarado ('Voy al bar', el himno 'Chicos pálidos para la máquina', 'El demonio'…) y autoafirmaciones chulescas (el sabor surf de 'Si la muerte me mira de frente me pongo de lao', 'Ruido') con sensibilidad epidérmica (la coreada por el gentío 'Yo soy quien espía los juegos de los niños', luego 'Regreso al sexo químicamente puro'…).

Inteligente y controlador, tras el mentado lapso con el par de canciones 'frágiles', Jorge Martínez apretó en el epílogo con clásicos personales violentos hasta el surrealismo: el rockabilly a lo Robert Gordon con Link Wray 'Eres una puta', el psychobilly 'Soy un macarra', el himno coreado a pleno pulmón 'Tiempos nuevos, tiempos salvajes' (el que reza: «Toma un arma, eso te salvará / levántate y lucha esta es tu pelea / levántate y lucha, no voy a luchar por ti»), una 'Dextro-anfetamina' tan acelerada como los punkarras The Exploited, o 'Bestia, bestia' (la de «mis dos puños cuidan de mí»). Y en el bis cuádruple recuperó 'Hombre solitario' y 'Problema sexual', y tras impartirnos sincero su bendición, la noche, la fiesta, se acabó con 'Destruye'.