De Córdoba y de Granada

El Pele viniéndose arriba y escoltado por Niño Seve. /CARLOS Gª AZPIAZU
El Pele viniéndose arriba y escoltado por Niño Seve. / CARLOS Gª AZPIAZU

Dos nombres andaluces conectados con Enrique Morente oficiaron el viernes en Bizkaia: el cantaor calé cordobés El Pele en el Teatro Barakaldo (aseguró que eran 'inseparables') y los roqueros granadinos Lagartija Nick en la Stage Live (con ellos grabó el disco 'Omega')

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

El viernes nos dio tiempo a compaginar sin prisas ni estrés dos conciertos de sabor andaluz. A las 20.30, en el Teatro Barakaldo, en la segunda de las siete citas de la 22ª edición de los Viernes Flamencos (para la de Rosalía ya no quedan entradas, ya lo avisamos), cantó el gitano El Pele (Manuel Moreno Maya, Córdoba, 1954) escoltado por el también calé cordobés Niño Seve (Severiano Jiménez Flores, 1982). El concierto tuvo lugar en la sala pequeña, que se llenó y a la que agradeció el artista: «Gracias por el respeto y el silencio. Es más difícil escuchar que cantar. Este respeto nos hace sentirnos más grandes».

El Pele es un cantaor fuera de serie, atemporal, y sin perder la raíz jonda puede llegar a sonar posmoderno, como se paladeó en las vidalitas prologadas de modo minimal y vanguardista y rematadas en jondo poderoso; vidalitas dedicadas a Camarón y a Morente: «Yo soy el último mohicano», se definió al presentarlas, donde también afirmó que los tres eran «inseparables».

El Pele cantó 8 piezas en 62 intensos minutos, con gradaciones para romperse la camisa, inserciones cultas (Lorca), recitados (el de los rencores, el del toro de los celos) y teatralidad (los citados recitados, los paseos por el tablado, el cantar sin micrófono y en pie…). Con el Niño Seve secundándole de modo relajado y sin alardes ningunos, El Pele apareció en escena con pinta de sonero cubano contemporáneo (gorra a lo Chucho Valdés, chaqueta y chaleco, de color claro los tres) y abrió por rondeñas personales, resonando jondo, creíble, nada pintoresco. Acabó, adelantó que nos traía un poquito de Andalucía, y prometió: «En cada soleá me voy a dejar un trocito de mi corazón».

En las malagueñas (de El Mellizo y La Trini, las presentó) encadenadas a los fandangos de Juan Bravo creció corajudo y, de seguido y muy próximo al respetable, informó que los 'flamencólicos' (así llama a los expertos en flamenco) afirman que ya existen las soleás al estilo de El Pele («debido a mi esfuerzos y estudio», declaró haberlas desarrollado), y las entonó con reverberación vinculada a los antiguos. Luego las alegrías las ejecutó iconoclasta y comparable con Mercé, y ahí injertó una jota navarra y cantó en pie, viniéndose arriba («los flamencólicos no saben si son alegrías o cantiñas, y a mí me da igual, siempre que gusten; raras sí son», presumió en la introducción), muy contento por su triunfo evidente en otros fandangos desgarrados arrancó ovaciones intercaladas («yo he visto salir el soooool», y al acabar lanzó besos a la masa que le aplaudía a rabiar), cantó 'Pañuelito que te di' porque se lo pidió una espectadora sevillana que le sigue mucho allá donde va, se lució en las mentadas vidalitas y cerró por fandangos de Camarón.

Muy bien, muy moderno, muy genuino y muy a su bola racial El Pele. Al salir, dijo el fotógrafo Azpiazu que nunca había visto un concierto flamenco tan auténtico.

Juan Codorniú y Antonio Arias, de Lagartija Nick.
Juan Codorniú y Antonio Arias, de Lagartija Nick. / CARLOS Gª AZPIAZU

Al acabar el flamenco bajamos las escaleras del metro, llegó un tren al instante y a eso de las 10 arribamos sin estrés a la primera canción que tocaban los otros andaluces de la noche, Lagartija Nick (Granada, 1989) en la Sala Stage Live, ante casi 200 personas (el empresario libró por un pelo, parece). Los granadinos ejecutaron 21 canciones en 95 minutos con dos bises, todo deslucido por el mal sonido: las dos guitarras no se oyeron en ningún momento, la batería de Eric Jiménez (también en Los Planetas) se notó disruptiva y sin empastar (¡parecía un mamporrero!), los teclados que destacaron al principio fueron pronto difuminados, y lo que se impuso fue la voz del líder, el cantante, bajista e ideólogo Antonio Arias. No obstante, aunque todo el mundo se dio cuenta de la acústica deficiente, eso no fue óbice para que el quinteto se entregara en escena (dentro del escenario se suele disponer de otro sonido, igual ellos se oían bien) y conectara con el público, desde el principio predispuesto y a cada canción más contento.

La acústica inicial fue tan chapucera y mate que casi nos largamos al Kafe Antzokia, donde actuaban los joveznos The Strypes, cuatro chulitos rebosantes de desdén inglés (pudimos atestiguar la segunda parte de su bolo, muy profesional, con mucha pose impostada y ante un Antzoki lleno). Pero no perdamos el hilo y volvamos a la Stage Live: a la tercera, 'Lo imprevisto', Lagartija Nick empezaron a sugerir algo positivo ante la general indulgencia del público. Antes de la cuarta Antonio Arias contó que estaban presentando el disco 'Crimen, sabotaje y creación' (Virgin, 2017), que 'Quique' lo estaba vendiendo al fondo, y dispararon 'Mapa de Canadá', con su potencialidad sin explotar por culpa del sonido. A la séptima, su clásico 'Estratosfera', la cosa empezó a soltar chispas (se ignora si por acostumbrarse el oído al entorno o por la propia pegada de la canción), y a la novena, la nueva 'El teatro bajo la arena', un rock astral de tempo relajado a lo Spacemen 3, alcanzaron otra buena diana sin necesidad de arrebatos eléctricos.

Siguieron desgranando el disco ('Europa, Europa', una canción recuperada del grupo Qüasar, el último que lideró su difunto y lorquiano hermano Jesús Arias), nos revelaron un inédito (muy a lo Clash y titulado 'Strummer / Lorca'), llegó el turno de su futuro hit y hoy novedosa epopeya guerracivilista 'La leyenda de los Hermanos Quero', unos maquis (un tema conceptual con pasaje flamenco enlatado que quizá fue la cima de la cita), y cerraron con varios títulos clásicos suyos: 'Tan raro' (bien a pesar del barullo), 'Vuelta de paseo' (rock calorro extirpado del disco 'Omega', el que grabaron con Enrique Morente), 'Nuevo Harlem' y 'Satélite' (ambos con la gente enloquecida, coreando y botando).

Y quedaban dos bises dobles, que no pasaron de lo correcto: el primero abierto con una regular 'Esa extraña inercia (Anfetamina)' (con el punki Nando de Los Carniceros del Norte invitado al bajo) y cerrado con otro corte de 'Omega', el planetario y aflamencado 'Ciudad sin sueño'; y el segundo bis abierto con su clásico 'Universal' (le faltó pegada) y cerrado con lo más potable de la prolongación, 'Exilio', otro tema flotante del disco 'Crimen, sabotaje y creación' que, como recordó Antonio Arias, Quique estaba vendiendo al fondo de la sala. O a la entrada, visto desde el otro lado. Ahí, en la entrada, pero a la salida, nos cruzamos con Roper, un músico que se había quejado del sonido del concierto a los técnicos de la mesa, que le replicaron que los lagartijas querían que sonara así. Pues vaya…

Clip lisérgico de 'Esa extraña inercia (Anfetamina)'

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