Coppel en letras de oro

Coppel iluminó el Coppola./Marcos Llanos Murillo
Coppel iluminó el Coppola. / Marcos Llanos Murillo

El cantautor dylanita getxotarra afincado en Madrid Íñigo Coppel aumentó su lista de fans la tarde del domingo en el Coppola

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

La tarde del domingo, el mismo día que EL CORREO había elegido su doble álbum en directo 'En el Cocodrilo' como uno de los mejores de 2018, Coppel arrancó su bolo informando que había salido su nombre en letras de oro en la prensa y que quien tuviera el periódico del bar que lo devolviera a la barra. Fue el prólogo de un show de 14 temas en 68 minutos bastante parecido al que dio el mediodía del sábado en la acera de enfrente, en el pub Residence. Pero, como Coppel reconoció entre el público tantas caras conocidas que repetían concierto, animó a que el respetable pidiera canciones: en primera fila, el cantautor duduá Santiago Delgado sugirió «algún tango» y Coppel le dedicó el hilarante 'Éramos tan jóvenes', y el fan fatal Óscar Esteban casi le exigió 'Madrid para cuerdos y bienhechores', un rock and roll optimista a lo Springsteen o Marah, pero en plan un solo hombre.

El bueno de Coppel, que estuvo inspiradísimo en el Coppola, que como siempre no utilizó atril con las letras (y las suyas son extensas gestas), nos hizo reír con un par de historias más y dedicó dos canciones, ambas nuevas, a espectadores presentes: 'Incidente en Puerto Lápice', letra de oro donde aparecen El Quijote, Sancho Panza, El Cid, La Celestina y la guapísima actriz Jennifer Connelly, se la dedicó a Bolo, el don Quijote de Bilbao, y la última, 'La balada de Íñigo Coppel', que entonó sin micros sentado en un taburete junto a la barra, se la dedicó a Santiago Delgado por su cariz duduá (ah, el día anterior en el Residence Íñigo dedicó su composición de los leones persas a Adrián, el hijo mayor de Óscar Esteban, y el niño se puso como un flan, pues es su canción favorita de Coppel).

Coppel cantando la última desde la barra, sin amplificar.
Coppel cantando la última desde la barra, sin amplificar. / Óscar Esteban

Hemos visto mogollón de veces a Coppel y nunca nos aburrimos y siempre nos reímos aunque nos sepamos ya hasta los chistes de las presentaciones (las de la delirante y armonicista 'Blues hablado sobre el mayor fan de Bob Dylan del mundo', la del vals country 'Canción protesta contra los que odian a Paul McCartney' y su coda coral con el 'Hey Jude'). Sin embrago, nos sigue excitando su introducción al show con 'Salvaje', la fugaz oda dylanita a su guitarra acústica zurda, y sigue funcionando su cantar de gesta 'Íñigo Coppel viaja a la Edad Media (y el rock and roll salva su vida'.

No obstante, lo que nos dejó desarmados y enmudecidos en la tarde dominical fueron tres baladas, tres lentos: la versión de Jacques Brel traducida al castellano 'Ver a un amigo llorar', un marasmo reflexivo y precioso que nos puso los pelos como escarpias (en el Coppola no dijo nada, pero la víspera en el Residence contó que la quiso grabar pero los herederos no le dieron permiso); la crepuscular y sentida 'Luces de Atocha' (premiada con bravos), y 'En el último asalto (Una canción para Poli Díaz)', crepuscular y sentida.

Entre el público había numerosos fans reconocidos de Coppel: Jaime Hustler, José Luis Palazón, Santiago Delgado, Eva González, Andrés Partal, Iñaki Gallardo… ¡Y Coppel esa tarde sumó al menos tres seguidores más! Un tal Óscar, que alucinó y le compró tres discos (le había visto hacía poco en Power Records, donde Coppel actuó constipado y sordo como Beethoven, y ya le advertimos que era aun mejor que lo que acababa de atestiguar); Nuria, que llegó al final del bolo y esa misma tarde se apuntó a su Facebook, y Raúl El Guapo, que antes de empezar nos comentó «no le he visto nunca, pero he leído en EL CORREO lo del mejor disco del año y como siempre le pones tan bien…», y al acabar nos dijo: «me ha encantado». Pues eso, que crezca su legión de fans en Bilbao, que en Madrid tiene mucho más tirón que en casa.