Una Carolina sin transmisión

Carolina delante del guitarrista Francisco Pereira en la Sala BBK. / Mikel M. de Trespuentes
Carolina delante del guitarrista Francisco Pereira en la Sala BBK. / Mikel M. de Trespuentes

La experta fadista lusa aparentó nervios a flor de piel y no pasó de lo correcto en la Sala BBK, en la segunda sesión del 8º ciclo 'Noites de Fado'

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

Media entrada el miércoles en Sala BBK para la segunda de las cinco sesiones del octavo ciclo 'Noites de Fado', que se desplegará hasta el 19 de junio en el teatro de la Gran Vía bilbaína. Ofició la cantante Carolina, que agradó a la gran mayoría del respetable, que siempre tiene razón, aunque podríamos alegar que la velada careció de falta de transmisión, como se dice en argot taurino, y que no se supieron apurar todas las potencialidades, pues la chica cantó bien, aunque demasiado teatral y quizá tuvo un mal día, pues en la cara se le notaban bastantes nervios y a veces tragaba saliva como si estuviera pasando un mal trago, valga la redundancia. De hecho, al presentar a sus músicos, preguntó a Francisco Pereira cómo se llamaba, y más que un chiste eso pareció un lapsus sincero.

«La falta alma, sentimiento», juzgó a la derecha el melómano cabal Iñaki Gallardo. Y a la dama anónima del vestido polícromo sentada a la izquierda también le dejó insatisfecha el concierto. Hum…, repasamos lo que escribimos cuando Carolina participó en 2015 en la misma Sala BBK, en un homenaje a Amália Rodrigues, la matriarca fadista, en el que también intervinieron la donostiarra María Berasarte y las lusas Ana María y Cristiana Aguas, todas protegidas por el guitarrista Mario Pacheco, y comprobamos que ese día ofició muy versátil, muy armónica, confiada en sus parlamentos y cantando gorjeante y brasileira.

Carolina nació en Hamburgo, Alemania, hace 35 años, adonde habían emigrado sus padres, y se crió en la aldea de Aveleda, al norte de Portugal, cerca de Galicia y León. En la Sala BBK se empeñó en hablar mucho en portugués, con lo cual erigió una barrera idiomática extra. Como contó el radiofónico Joseba Martín en su presentación, Carolina se pasó cuatro años cantando en el 'Clube de Fado', ubicado en el barrio lisboeta de Alfama y dirigido por Mário Pacheco, guitarrista de Amália Rodrígues los diez últimos años de vida de la diva, y dos más en el Museo del Fado de Lisboa, también en Alfama. Con lo cual se puede inferir que Carolina está acostumbrada a cantar en locales pequeños, atestados, con mesas para cenar puñados de turistas que a menudo la oyen de fondo.

El escenario estuvo oscuro aunque Carolina su técnico de luces.
El escenario estuvo oscuro aunque Carolina su técnico de luces. / Mikel M. de Trespuentes

Tal oficio apto para la distancia corta se le notó en bastantes ocasiones, como cuando dijo que podríamos bailar pues había suficiente espacio en la Sala BBK, al imponer todo el rato su voz sobre el trío musical tan magnífico como desaprovechado (¡si apenas se apreció la guitarra portuguesa del citado Francisco Pereira!), al estabularse en un estilo tradicional y fidelísimo, al solicitar a veces de modo forzado las palmas y coros de la gente, al cantar abusando de términos como 'Lisboa' y 'coração', al asumir la devoción apostólica por la gran Amália Rodrigues… De hecho, cuando se salió un poco de la tradición fadista, resonó a cantante de night club global.

Sin apenas emocionar a lo largo de un concierto de 18 canciones en 83 minutos, Carolina solo vistió un modelo de ropa pues no hubo instrumental central para cambiarse y permitir el lucimiento a sus músicos en lo que los fadistas llaman 'guitarrada'. No obstante, pellizcó un poco en los cinco últimos números. Para más inri, al principio salieron los tres músicos, afinaron y se quedaron inopinadamente parados y casi a oscuras hasta que se plegara la pantalla de fondo que usó el presentador para las visuales de su exposición. Así estuvimos dos minutos inciertos hasta que salió ella y arrancó conservadora ('Canción de Lisboa', 'Lua branca') hasta el folk ('Segue o teu rumo'), y alcanzando lo mejor de los dos primeros tercios con el alegre 'Um fado nasce', una versión de Amália).

Sin acabar de calar, tragando saliva, sonriendo solo ante los aplausos, Carolina repaso su primer single 'Falar de amor' (que fue canción melódica minimal de ambición transversal), se arrimó al tango ('Dança'), fue melódica y dramática ('Ninguém'), insistió en la introversión al cantar para ella misma con los ojos cerrados ('Gota de agua', de letra ilusionante, dijo en la introducción), enlazó una terna de fados tradicionales consecutivos, y así hasta llegar al final más vivaz con cinco temas donde pareció más tranquila y donde conectó más, por ejemplo en 'Pechincha', en el animado y festero 'Marcha do castelo' y, cerrando el bis doble, en 'Marcha centenario'. Lo dicho: un concierto correcto que no llegó a emocionar y que no pudo, ni supo, ni quiso (vino con su técnico de sonido y de luces) explotar todo su potencial.