La brillante maestría de Kenny Garrett

Concierto de Kenny Garret en el Festival de Jazz en Getxo/P.URRESTI
Concierto de Kenny Garret en el Festival de Jazz en Getxo / P.URRESTI

Demostración de poderío, exotismo y dinamismo en una sesión de jazz modernista que dejó bailando al millar de personas que acudieron el jueves al 42º Getxo Jazz

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

El modernista saxofonista alto Kenny Garrett (Detroit, Michigan, 1960), premiado con el Grammy y antaño escudero de Duke Ellington y Miles Davis, triunfó absolutamente este jueves en el 42º Festival Internacional de Jazz de Getxo ante un millar de personas atrapadas en sus vórtices sopladores (sólo se quedaron 70 tiquets sin vender y se notó que la gente acudió con antelación para coger buen sitio). Ya habíamos visto dos veces antes a este saxofonista post-bop, ambas en la Sala BBK: en 2012, cuando titulamos 'Qué barbaridad', y en 2014, cuando titulamos 'Casi perfecto'.

Y casi perfecto también fue su concierto del jueves, de solo seis piezas (tres de su nuevo disco, 'Do Your Dance!') en 104 minutos, o sea en hora y tres cuartos, calculen qué largas. Fue casi perfecto por una mera cuestión física: es imposible esprintar durante tanto tiempo, con lo cual en ciertas piezas se refrena el ritmo para dosificar fuerzas y recuperar el bofe.

Garrett arribó en sexteto totalmente negro (que baterista jovezno tan alambicado y veloz al aplicar el straight jazz, qué pianista modernista tan capaz de destacar en los entramados más climáticos…) y abrió con dos piezas de su último disco, 'Do Your Dance' (Mack Avenue, 2016), las que más impactaron al respetable: 'Philly', ágil y expansiva, con el reflejo de Pharoah Sanders, un piano que emergió con el poder del gran McCoy Tyner y la percusión doble y bullente en una pieza demostrativa de actualidad, facultades, imaginación y transversalidad; y, tras presentar a la banda, siguió con 'Backyard Groove', un funk brillante (brillante como el traje de Garrett) que no pareció funk y en cuya ejecución Garrett sopló el soprano y hasta cogió la pandereta, sumando tres percusiones en escena y cierta bajada del tempo en la parte postrera.

Con cierto aire sambero

Más de media hora habían pasado para las dos primeras piezas extáticas. A la tercera, 'Spanish-Go-Round', fue cuando tomó aire y se puso melódico y con cierto aire sambero. Magistral remontó con la coltraniana 'Haynes Here', melódica, clásica y urbanita de película, en la que Garrett desafió a su joven baterista Rudy Byrd para que apretara el turbo (¡en plan el profesor de la película 'Whiplash'!), y en el largo epílogo de ésta los músicos se pusieron vanguardistas vía sonidos de la fauna selvática que gustarían a Sun Ra o a Joe Zawinul (pero no era ruido alocado, estaba todo bien ordenado y sorprendía).

El quinto corte, 'Chasing The Wind' (el tercero extraído del último CD 'Do Your Dance') fue un bop refulgente, otra competición de talentos entre los músicos, que tocaban como si no hubiera público delante (ese laconismo del elegante Garrett que a veces roza el desdén, un Garrett que pidió que solo se les hiciera fotos en la primera pieza y desde la mitad de la carpa de la plaza Biotz Alai, pues no le gusta que anden cerca de él apuntando con las cámaras), donde el solo del jefe fue ovacionado y donde nos fijamos que ninguno de los músicos llevaba partituras: se sabían los temas de memoria y podían improvisar sobre ellos.

Y se acabó la memorable cita con 'Happy People', 24 minutos de funk a lo Maceo Parker con los rapeados de Kenny y sus constantes azuzamientos al público: que se levante, que dé palmas, que baile, que se acerque al tablado y que cante, lo cual logró con la gente tarareando la melodía de modo circular hasta formar parte de la canción. Y la alegría se derramó, y el ambiente sólo observador se quebró, y la interacción fluyó a modo de happening, y los falsos finales se sucedían, y vuelta a empezar, y así hasta el final definitivo, que duró nueve minutos de fiesta prolongada, ahí es nada, hasta dejar al benjamín baterista marcando el ritmo en solitario ante el millar de personas a las que entre todos habían infiltrado el ritmo en la sangre. Al salir de la carpa nos cruzamos con la dulce Marian, baterista emergente, y confesó: «Me ha dado mucha energía. Cuando me meta en la cama me va a costar dormir porque voy a estar llevando el ritmo con la mano».

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