'Los bailes robados' cierran el 29º ciclo Viernes Flamencos
El sevillano David Coria sudó la piel en una coreografía física y modernista ejecutada con buena técnica curvilínea pero que se quedó corta al transmitir el mensaje en el Teatro Barakaldo
Nada más terminar los 73 minutos de la coreografía modernista 'Los bailes robados' del sevillano de 36 años David Coria, acto que sirvió de cierre al 29º ciclo Viernes Flamencos del Teatro Barakaldo (diez espectáculos en total, cuatro de baile), sentenció Óscar Cine levantándose de su butaca: «¡De lo mejor del año! ¿Tú qué opinas, porque tienes una cara…?». Y respondí: «Pues hombre, ha estado bien, sin más. No he entendido nada de lo que querían contar y la escena ha estado demasiado oscura, como es norma en estos tiempos». Y replicó el muy cultureta, que no hace más que ir a museos: «Es que no te gusta nada…». Y yo: «No, lo que pasa es que he venido a ver flamenco y esto ha sido un ballet casi contemporáneo, porque incluso han reptado por el suelo».
Y camino del primer bar, Óscar Cine seguía poniendo por las nubes lo que habíamos visto. Vale, démosle un poco de razón y analicemos el show como lo que fue, un ballet moderno: los cinco bailarines (tres chicas y dos chicos) evolucionaron técnicos, armónicos, curvilíneos, contorsionistas, físicos y místicos. Y de la música se puede decir que estuvo casi mejor, desde el cantaor de atrás, David Lagos (recio y avanzado, con el jondo actualizado que practican hoy día José de los Camarones, Perrate e incluso un Niño de Elche con facultades extra) hasta los dos músicos, Isidora Oryan al chelo enérgico y la voz Madredeus (por cierto, hoy sábado el fundador de Madredeus Rodrigo Leao actuará en el mismo Teatro Barakaldo con gran banda) y Juan M. Jiménez a los saxos y la alboka, siempre explorando el free jazz, el post-folklore y hasta el exotismo de Gato Barbieri.
Sí, si nos abstraemos y olvidamos que el vestuario no fue nada flamenco ni en ellas ni en ellos, si asimilamos con naturalidad algunos fondos musicales pregrabados y si tomamos como síntoma de ambición internacional el pasaje en francés... Y si por el contrario señalamos que hubo zapateados finos, ambientes lorquianos cómo no, el cante grande de David Lagos (esa trilla…), el jazz total del saxo (ese frenesí a lo Morphine del inicio), y recordamos por la parte de la danza el duelo de Coria con la chelista y el pasaje más tradicionalista y con más luz y aire campero arrinconado en el lateral izquierdo del escenario, pues…
Pues nada, se sigue quedando un poco corto, por poco expresivo, y plano, por reiterativo y oscuro, este montaje atendido por 250 espectadores en el Teatro Barakaldo. Según la promoción 'Los bailes robados' está «inspirado en un extraño fenómeno que se remonta al siglo XVI, cuando cientos de personas se vieron presas de impulsos incontrolables y se pusieron a bailar hasta quedar exhaustos, o incluso muertos». Pero en la práctica, a pesar del mucho sudor, no hubo desplantes, no se transmitió ninguna sensación de urgencia zombie, y todo se quedó en un ejercicio manierista sin desarrollar del todo, porque apenas brotó nada nuevo de la crisálida curvilínea grupal inicial. Lo dicho, bien sin más.