Una 'Adriana Lecouvreur' sin riesgos se adueña de la escena
Gran equipo ·
El Euskalduna acoge la ópera de Cilea con Maria Agresta, Jorge de León, Silvia Tro Santafé y Carlos Álvarez, arropados por la BOS con Marco Armiliato al frenteNo es una ópera habitual en los teatros así que más vale aprovechar la oportunidad. 'Adriana Lecouvreur' tiene arias y dúos de alto voltaje, además ... de un argumento sumamente perverso y artificioso, con amistades peligrosas, vicios y crímenes fuera y dentro de las alcobas. La protagonista es una actriz de éxito –inspirada en un personaje que existió en la vida real, Adrienne Lecouvreur (1692-1730)– que tiene la mala fortuna de beber los vientos por un conde enredado en intrigas militares y políticas. Y encima, termina enfrentándose por el amor de su vida con una princesa lujuriosa y asesina. El único remanso de paz es un pobre director de escena, paño de lágrimas y secretamente enamorado de la diva, que calla y observa. La historia tiene cabos sueltos y hace aguas por todas partes. Sin embargo, hay que reconocer que no está exenta de emoción, igual que la música de Francesco Cilea (1866-1950).
Anoche se ofreció una función en el Euskalduna que mantuvo el interés sin recurrir a golpes de efecto. En 'Adriana Lecouvreur' más vale pecar de sobrio. Desde el minuto cero, al ritmo de un 'allegro vivo e deciso', con trinos distinguidos y revoloteantes, arranca la acción y el parloteo. La música es un 'continuum' con aires de pastiche y hay que llevarla con mano firme. La Orquesta Sinfónica de Bilbao, bajo la dirección de Marco Armiliato, navegó por aguas turbulentas con destreza. Fue delicada y refinada, con momentos de tensión dramática que no descuidaron los matices. El 'verismo aristocrático', a medio camino entre Puccini y Massenet, puede resultar algo indigesto, pero el cóctel se aligeró con un empaste notable en las cuerdas y apostando fuerte por los vientos en los pasajes más coloristas.
El público disfrutó del espectáculo, con un montaje de estética convencional y un reparto que actuó en beneficio del conjunto. La soprano Maria Agresta (Adriana), con un esmalte menos refulgente que antaño, tuvo una progresión ascendente, convenció y no se amilanó en los dúos con la mezzo Silvia Tro Santafé (princesa de Bouillon), que derrochó temperamento y agudos impecables. El dúo/duelo entre tigresas del segundo acto ('Sì, con l'ansia') y el colofón de la ópera ('Scostatevi profani'), que recrea la agonía de la protagonista, se quedaron impresos a fuego.
Cantar y declamar con soltura
Los aficionados aplaudieron muy especialmente el esfuerzo de Maria Agresta. Esta partitura requiere de la soprano un centro sólido, una capacidad excepcional para las medias voces y dominio de las regulaciones de sonido. Y además, debe ser creíble en la declamación de los versos de Racine. Es una ópera que debe escucharse con paciencia. No hay que desesperar porque, una vez que entra en acción la mala-malísima, todo se precipita. Nada más empezar el segundo acto, la princesa de Bouillon se hace oír con 'Acerba voluttà', un derroche de fiereza y amargura que termina con un Fa agudo clavado en las alturas. Es una obra con altibajos pero no carente de escenas de lucimiento y la mezzo Silvia Tro Santafé nunca desaprovecha sus oportunidades.
La sección masculina tampoco se durmió en los laureles, máxime porque debutaban en sus respectivos papeles y había expectación: el tenor Jorge de León (Maurizio, conde de Sajonia) echó mano de su habitual arrojo, a costa eventualmente del legato y la afinación, y despertó el entusiasmo con las espléndidas arias del militar polaco, sobre todo con 'L'anima ho stanca', en la que dosificó sus bríos y cargó las tintas en el vacío existencial del personaje, mientras que el barítono Carlos Álvarez (Michonnet) hizo gala de una nobleza vocal y dramática que hizo justicia al devoto y sacrificado amigo de Adriana, con una ejecución del soliloquio 'Ecco il monologo' que sacó lustre a cada sílaba. Cada palabra gana peso y significado cuando la canta un artista de su calibre.
A destacar asimismo, pese a que tienen roles secundarios, el empaque escénico y la frescura de las voces del tenor Jorge Rodríguez-Norton (abad de Chazeuil) y el bajo Luis López Navarro (príncipe de Bouillon). Los suyos son personajes sibilinos y frívolos, que no cesan de espolvorear chismes y manipular a unos y otros. Conviene no quitarles el ojo (y el oído), porque tienen un papel clave en el desenlace de la tragedia. ¿De dónde saca el veneno la princesa de Bouillon para emponzoñar el ramito de violetas que acaba con Adriana? ¿Quién intenta encarcelar a Maurizio por deudas? Como siempre, se maquina en la sombra, sin luces ni taquígrafos. Hay mucha miga en la historia, con el Coro de Ópera de Bilbao arrimando el hombro para crear una atmósfera dieciochesca y teatral. La pena es que 'Adriana Lecouvreur' simplifica tanto el argumento que deviene un galimatías.
Menos mal que el núcleo del drama se sostiene por sí mismo y la puesta en escena de Mario Pontiggia –que incluye un ballet de buena factura con coreografía de Luigia Frattaroli– estuvo a la altura de las circunstancias. El montaje es funcional, vistoso y con un aprovechamiento muy correcto del espacio. Si bien se traslada la acción original de 1730 a 1902, que es cuando se estrenó la ópera, se impone la lógica y fluidez de conceptos. Es un montaje que discurre sin tropiezos. Se trata de una coproducción con el Teatro Lirico di Cagliari, que no incordia y tampoco sorprende. Los decorados son realistas y suntuosos, con cabriadas de madera y elementos en fundición de hierro que evocan los teatros históricos de la época de Sarah Bernhardt, célebre intérprete entre 1880 y 1913 precisamente de la obra teatral de Eugène Scribe y Ernest Legouvé en que se basa la ópera de Cilea.
Guiño a Sarah Bernhardt
Siempre hay margen para rizar el rizo. El director de escena argentino se lo permite porque la trama es tan endeble que la suma de incoherencias no hace daño. ¿Qué más da que la Comedia Francesa del siglo XX no tuviera nada que ver con la que revolucionó Adrienne Lecouvreur en los tiempos de Voltaire? ¿Por qué se habla del ducado de Curlandia si había desaparecido en 1795? Es inevitable que haya contradicciones cuando se descontextualizan los argumentos, pero en este caso no cuesta entrar en el juego. El arcaísmo 'fin de siècle' le sienta bien a la obra. Muy acertado el telón pintado sobre un panel fijo al fondo del escenario que enmarca la acción en una fijeza simbólica.
La identificación entre Adriana Lecouvreur y Sarah Bernhardt tiene su encanto. Ambas fueron actrices trágicas de primer orden, con una vida amorosa muy intensa que rompieron las convenciones sociales. Cualidades todas ellas que en el caso de Adriana Lecouvreur no la libraron del escarnio postmortem, porque incluso ella, la actriz más popular en Francia, no pudo ser enterrada en suelo sagrado. Las profesionales del teatro no tenían ese derecho. El público las adoraba pero eran indignas a ojos de la Iglesia. También circuló el rumor de que había muerto envenenada, cuando lo más probable es que sufriera una neumonía letal. La maledicencia la persiguió hasta la tumba.
El final de este montaje tiene, además, una dimensión muy interesante. Es reivindicativo y protector, porque el conde de Sajonia (que existió en la vida real y era un libertino desatado) se queda al margen cuando expira Adriana. El joven hace el amago de acercarse pero el viejo director de escena lo frena. El foco se pone en Adriana y su fiel amigo, que la mece entre sus brazos, con Maurizio cabizbajo y en la sombra. Es una sentencia escénica sin palabras. No hay perdón para el conde.
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