A Philippe Jaroussky uno le había escuchado interpretando al Ruggero que le declara su amor a Bradamante en el 'Orlando furioso' de Vivaldi, que tiene ... su falsilla en el poema épico de Ariosto. Uno había oído esos trinos coloristas del aria 'Sol da te, mio dolce amore' y le parecía que Jaroussky reinaba en ese papel de guerrero sarraceno enamorado de una paladina cristiana. Sin embargo, verle hace unos días en el Auditorio Nacional ocultando su espectacular voz y reinando como director de orquesta de cámara, o sea, dirigiendo el Ensemble Artaserse, me pareció, paradójicamente, como asistir a un destronamiento. Yo es que creo que el arte y el poder no se llevan bien, aunque ese poder se ejerza en un ámbito artístico. El artista solo reina cuando es súbdito de la belleza, cuando se arrodilla ante ella. Cuando se yergue y empuña una batuta, y no digamos ya cuando le nombran ministro, desciende al barro de los demás mortales.
Fue el pasado 16 de noviembre y el programa, titulado '¡Amores infelices!', hacía un exquisito recorrido por todas las variantes de la desdicha sentimental en las obras de Händel: por los celos de la hechicera Armida ante la fidelidad conyugal de 'Rinaldo'; por el fracaso de los poderes de 'Alcina' para seducir a Ruggero; por el amor de Ginebra que cree traicionado 'Ariodante'; por el temor de Cleopatra por la vida de 'Julio César en Egipto'… Jaroussky es, sin duda, un buen director de ese grupo de cámara que él mismo creó hace 23 años, y el mejor a la hora de elaborar un programa de música barroca o de elegir las voces que han de llevarlo a cabo.
Nadie mejor que él para saber qué soprano o qué contratenor debe interpretar una pieza operística, porque él ha sido las dos cosas a lo largo de su carrera. En esta ocasión eligió a Emöke Baráth y a Carlo Vistoli, dos voces no solo bellas sino también potentes, que no te dejan con esa insatisfacción que producen los cantantes de ópera cuando adviertes que suplen un débil pico de intensidad en la voz con el modesto buen gusto. Pero a uno, que es un mero aficionado, se le hizo extraño verle solo elevarse por encima de los bajos y contrabajos que tocan tierra cuando antes le pudo ver y oír tocando el cielo.
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