Guillermo Fesser: «Lo de Woody Allen me da tristeza»

Guillermo Fesser a la derecha en una foto de archivo./
Guillermo Fesser a la derecha en una foto de archivo.

«Donald Trump está mal de la cabeza y muchos políticos republicanos lo saben pero callan como ratas»

Arantza Furundarena
ARANTZA FURUNDARENA

La mitad de Gomaespuma sigue viviendo a cien millas de Manhattan, en «un pueblo de maqueta» tratando de rellenar «los agujeros que va dejando Trump» en la comunidad hispana. Guillermo Fesser (57 años y tres hijos) ha vuelto a Madrid para presentar su novela ‘Mi amigo invisible’, con la que pretende «repartir sonrisas en un mundo demasiado tenso». «Me siento como un vendedor de best-sellers», bromea.

¿Y eso es bueno?

–Hace ilusión. No es fácil que te publiquen una novela. Yo estuve tres años para escribirla. Tres editoriales me dijeron que no, y Espasa que sí, pero que lo cambiara todo. Tenían razón. El libro era un despropósito. Lo más parecido creativamente a esta novela fue cuando escribí con mi hermano Javier ‘El Milagro de P. Tinto’.

Y se la dedica a Sarah, su mujer, »porque todos los días vuelve a enamorarme». Eso sí que es un milagro.

–Tengo la suerte de estar casado con un personaje que me divierte, me emociona y me enseña cosas. Por ella he conocido Estados Unidos. Y vivo en este pueblecito que parece sacado de la maqueta de Ibertren.

Pero que está en el ‘reino’ del irascible Trump.

–Sí. Yo ahora mismo allí hago dos cosas: una, sobrevivir, y otra, intentar rellenar los huecos que este señor va creando en la comunidad hispana. He escrito un libro para niños, ‘Conoce a Bernardo de Gálvez’, y voy por los colegios explicando que la contribución de los que hablamos español en Estados Unidos ha sido fundamental para la creación de ese país.

¿Cómo dejó España y cómo la encuentra?

–Cuando estás fuera de tu país las cosas positivas sobresalen mucho más: la creatividad, la capacidad de improvisación, la posibilidad de ir a un bar a tomarte una cerveza con tu hijo al lado... No como en Estados Unidos, donde el alcohol es el demonio y los niños no pueden estar en los bares. En fin, la vida más normal. O los servicios sociales que tiene España. Que no tengas que pagar 2.500 dólares mensuales para tener un seguro médico. Pero lo mejor de este país en los últimos 50 años ha sido el Erasmus. Nos ha quitado el complejo de inferioridad. Ahora sabemos que somos igual de torpes que el resto de la humanidad.

¿Qué tal ve a Puigdemont como amigo o president invisible?

–Me parece muy triste. Hemos montado un guiñol entre unos y otros... Tenemos unos líderes muy mediocres. Vivimos en una sociedad muy confusa y con poco tiempo para discutir, profundizar y escucharnos. Y a río revuelto ganancia de pescadores...

Y de pecadores.

–Exacto. Los engañabobos están haciendo su agosto. Es un momento perfecto para engañar a la gente, porque la gente está desesperada.

¿Tan mal va todo?

–No es eso. Es que ahora mismo no sabemos a qué juego estamos jugando. Estamos aplicando las reglas del juego de hace 25 años. Necesitamos urgentemente que aparezca una chica de 28 o 30 años con un Erasmus, que haya viajado, haya visto cosas y sepa solucionar los problemas que tenemos. Porque los más mayores estamos desfasados. La realidad va por delante de los que dirigen el mundo.

¿Qué le deja más perplejo?

–La pérdida de las relaciones humanas. Esa fascinación por que te traigan las cosas a casa. Pero si lo bonito de ir de compras es poder hablar con el carnicero, la librera, el zapatero... Si eso te lo trae un dron... Somos gente solitaria en casa y no escuchamos a los demás. Yo vivo en un pueblo de 7.000 habitantes y hablo con la gente.

¿No está deshumanizada la sociedad estadounidense?

–Cada vez más. Ese es el problema. El ser humano necesita hablar y escuchar. Pero hoy solo mandamos información: ‘Aquí en el Prica comprando el pan’. ‘De vacaciones en Marbella’... Estamos todos como de venta de marketing.

¿Su libro intenta aportar luz o más caos?

–Intento que la gente lo pase bien y que los españoles recuperemos la capacidad, que no sé quién nos quitó, de reírnos de nosotros mismos. En Estados Unidos no puedes hacer hoy día chistes de nadie porque enseguida se ofende algún colectivo. Al final es una sociedad aburridísima en la que solo puedes hablar del tiempo.

¿Se plantea mudarse a Madrid?

–Me encantaría, pero ahora mismo profesionalmente no tiene sentido porque estoy disfrutando de un trabajo como corresponsal con Alsina en Onda Cero y con Wyoming en el El Intermedio. Y luego, contra todo pronóstico, me he convertido en autor de libros infantiles en Estados Unidos. Es el hueco que he encontrado allí para sobrevivir.

A Trump le han hecho un test de salud mental... ¡Y lo ha pasado!

–Ese test ha debido de consistir en hacer la o con un canuto porque, por todo lo que me cuentan, ese señor no está bien de la cabeza. Aparte de ser como un niño de cinco años, caprichoso que solo piensa en sí mismo y es mala gente, se le va la olla. Pero la gran vergüenza ahora mismo es que muchos políticos del Partido Republicano saben que Trump está de los nervios y se callan como ratas, porque les beneficia. El gran problema de la humanidad actualmente es el egoísmo. Impera el ‘tonto el último’ y el ‘si me viene bien a mí...’ Hemos creado una sociedad en la que lo importante es que te quieran en Facebook, tener 25.000 likes. Y esa es una sociedad peligrosa.

¿Cómo previene de todo esto a sus hijos?

–Mis hijos son ya casi mayores que yo. Les he transmitido el mensaje de que hay vida después del móvil y de Instagram, que lo importante son las relaciones humanas. Y esto no se lo he explicado sentado en el sofá. Hemos invitado a casa a todo tipo de personas para que aprendan que el roce humano es maravilloso.

¿Tabarnia le gusta como territorio de ficción?

–Es una respuesta de un colectivo a una sorpresa general ante el absurdo que está ocurriendo. El de Cataluña es un tema de falta de diálogo. Estamos como capuletos y montescos. Es que este ha dicho que el otro ha dicho... Nadie ha escuchado a nadie. El problema de nuestro tiempo es que tenemos demasiados amigos invisibles y muy pocos visibles. Demasiados prejuicios unos con los otros. Vivimos de estereotipos.

Trump acaba de cumplir su primer año de mandato. ¿Le ve agotando la legislatura?

–Me encantaría que no fuera así. Pero de verdad creo que vamos a ver ocho años de Donald Trump y cuatro de Ivanka...

¿Y qué va a ser de Melania?

–Hace unos días estuve con alguien que ha viajado dos veces en el avión presidencial, la última vez desde Nueva York hasta Indiana, y me contó que en más de hora y media de trayecto Trump no le dirigió la palabra a su mujer. Ella sabrá por qué se ha casado con él. Trump es un trilero, un Jesús Gil en galáctico. Es un horror pero hay mucha gente que le saca rendimiento. Y en este mundo revuelto, se va a quedar ocho años.

¿No vendrá Oprah después de su discurso en Hollywood?

–Lo de Hollywood ha sido fundamental. Estamos en el siglo de la mujer. Todo lo que los hombres, especialmente blancos, somos incapaces de hacer lo están cambiando las mujeres y desde abajo. Hay hombres que eran fundamentales en la historia del periodismo, la comunicación, la escritura, la cocina, el entretenimiento en Estados Unidos y que en los últimos meses ya no están porque las mujeres han tenido el coraje de contar lo que esos cerdos hacían con ellas.

¿Incluido Woody Allen?

–Es un genio como cineasta y como escritor. Su libro ‘Sin plumas’ ha sido un pilar en mi formación. Lo de Woody Allen me da tristeza. Pero esto demuestra que el acoso y el abuso de poder está en la vida cotidiana, que estamos más cerca del mono de lo que nos imaginábamos. Y entiendo que haya gente que no pueda diferenciar y que se niegue a ver sus películas. Salvando las distancias, a mí me pueden decir que Hitler compuso en su día un minueto maravilloso, pero yo nunca iría a comprar ese disco.

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