La gran ola del surfista ciego de Zarautz

Aitor Francesena, protagonista del documental 'Gallo'. / Roberto Ruiz

Aitor Francesena, 'Gallo', maestro de los mejores surfers vascos, sigue sobre la tabla a pesar de su ceguera. Un filme que se verá en el Zinemaldia cuenta su historia

Oskar Belategui
OSKAR BELATEGUI

Aitor Francesena reconoce su tabla Pukas solo con acariciarla. De crío, cuando vivía en un caserío en su Zarautz natal, hasta se construyó una con sus propias manos para cabalgar las olas, una actividad por entonces de pijos. Fue un chaval al que un glaucoma condenó a vagar de quirófano en quirófano. A los 14 años perdió la visión del ojo derecho, pero ello no le impidió dedicar su vida al surf y fundar en 1988 una escuela que es referencia en el sector. El 24 de julio de 2012 se bañaba en la playa de su pueblo, la que mejor conoce, con su hija Uxue en la orilla. Aguardaba un segundo transplante de córnea. Y una ola maldita de metro y medio le vació el ojo que le quedaba sano. «Pum. Pantalla en negro», recuerda.

Su ceguera no le ha impedido seguir surfeando. Gracias a la ayuda de amigos que son mitos del deporte, como Aritz Aranburu e Ibon Amatriain, Francesena se mete en el mar a diario guiado por el fragor de las olas. Hace dos años se proclamó en California campeón del mundo de surf adaptado. Un documental que se presenta en el Festival de San Sebastián cuenta su cotidianidad. Demuestra lo acertado del apodo de 'Gallo', adjudicado de niño cuando los macarras de Zarautz le ponían una navaja en el cuello y no se inmutaba.

«Yo vengo de un caserío, me he criado entre labradores y gente muy trabajadora», cuenta Francesena en las charlas que imparte en colegios y ante auditorios en busca de motivación. «Cuando me quedé ciego empecé una nueva vida. Desde entonces digo que sí a todo: a dar charlas, a hacer submarinismo... A tope».

En el documental desfila una generación de surfers vascos, hoy cuarentones, cuyas arrugas en el rostro demuestran miles de horas de azote de viento del Cantábrico. Pioneros como 'Gallo', que un día se metió en el cine a ver 'El gran miércoles' y se imaginó como Gerry López, cogiendo olas en Hawái. «Quería ser uno de aquellos malotes», recuerda. El filme de Antonio Díaz Huerta muestra a su protagonista en su día a día, preparándole el desayuno a su hija, yendo al mercado, comiendo según las mareas y charlando con colegas como Marcelo, un skater invidente que patina con bastón. Gallo se niega a usarlo: «Yo quiero ir tan rápido como el resto del mundo».

Profesor de Aritz Aranburu y Eneko Acero, 'Gallo' no necesita lazarillos cuando cruza el largo de una piscina buceando. A las olas se enfrenta siempre con su fiel 'caddy', Koala, amigo desde la infancia. «El agua de mar me limpia los ojos, me da la vida.Como siempre», le confiesa a su oftalmólogo. La película de Antonio Díaz Huerta le enfrenta a dos retos: mantener el título de campeón del mundo en las playas de San Diego y tomar olas gigantes junto a Ibon Amatriain, el maestro europeo de la especialidad durante dos décadas. Cuando huele la espuma de una marejada vuelve a experimentar una sensación familiar que no entiende de luces y sombras: el miedo.

Mientras se prepara para el Zinemaldia, 'Gallo' rueda estos días un anuncio para Toyota. Ha visto el documental y le gusta cómo refleja la plenitud que siente en el agua, siempre atento al sonido de la espuma. «Me baso en todos los demás sentidos para ver», reflexiona. «Me he tenido que quedar ciego para descubrir la de cosas que se pueden hacer en la vida. Porque yo no quiero ver pasar la vida, yo quiero ir montado en ella».