A fuego lento

A fuego lento
Anton Merikaetxebarria
ANTON MERIKAETXEBARRIA

El cocinero de los últimos deseos: A fuego lento

Japón. 2017. 126 m. (12). Drama.
Director:
Yōjirō Takita. Intérpretes: Kazunari Ninomiya, Gou Ayano, Yoshi Oida, Hidetoshi Nishijima.

Calificación:

Aún recuerdo con especial agrado películas gastronómicas tan suculentas como 'El festín de Babette' (Gabriel Axel, 1987), 'Comer, beber, amar' (Ang Lee, 1994) o 'El chef enamorado' (Nana Djordjadze, 1996). Ahora, con 'El cocinero de los últimos deseos', el oscarizado director japonés Yôjirô Takita ('Despedidas', 2008) describe los ímprobos esfuerzos llevados a cabo por un obsesivo cocinero nipón, a la hora de recrear la mítica receta del chef Naotaro Yamagata (encarnado por Hidetoshi Nishijima), perdida en Manchuria allá por 1930.

Si en el país del sol naciente la primavera alumbra los cerezos en flor; y cuando el verano envejece, las manzanas germinan como Budas mínimos; en otoño asoma la luna, que da paso a un invierno en el que la nieve fría y transparente lo cubre todo. De igual manera, el protagonista elabora sus guisos utilizando productos estacionales, que van desde el loto, las algas y las raíces de ruibarbo, consecuencia de siglos de refinamiento, hasta el bambú, los hongos, blancos, discretos y silenciosos, junto al cotidiano uso del arroz. Además del sushi, el pescado donde los japoneses han llegado a las mayores filigranas, sin olvidar a la legendaria tempura.

Estamos ante un esfuerzo creativo sincero y emotivo, destinado a paladares exquisitos, en sintonía con la fantástica gastronomía japonesa de antes, de ahora y de siempre. Hasta el punto de que, en ocasiones, es capaz de iniciarnos en el hechizo de la vida. Cocinada a fuego lento, 'El cocinero de los últimos deseos' atesora la magia, la alquimia, la fuerza que por los verdes tallos impulsan a los lejanos, muy secretos e inviolados cerezos. Por si fuera poco, si hay algo que sugiere la película es que el destino de un país depende de su régimen alimenticio. Así que conviene no olvidar que cuando invitas a alguien a tu mesa, debes hacerte cargo de su felicidad todo el tiempo que se halla bajo tu techo.