Violencia cruda

David Cronenberg rodó en 2007 una pelea tan desgarradora en 'Promesas del Este' que aún hoy el espectador se revuelve incómodo en su butaca cuando la rememora

Viggo Mortensen, en la escena del baño turco.
Iker Cortés
IKER CORTÉSMadrid

Son cuatro minutos de tal agonía que el espectador no puede hacer otra cosa que revolverse incómodo en su butaca. «Kirill está ahí dentro -dice un anciano a dos tipejos-. Veréis las estrellas en su pecho». Las taquillas de lo que parece un gimnasio dan paso a unos baños turcos de aspecto añejo. El contraste es evidente: dos matones, con chupa de cuero e indumentaria negra, irrumpen en una sala en la que el resto de personajes van ataviados con una simple toalla. La cámara de 'Promesas del Este' (David Cronenberg, 2007) se desplaza por el interior del local mientras los mafiosos buscan a su potencial víctima. Al encontrarlo, uno de los asesinos saca una navaja con forma de gancho y la música se para en seco.

Comienza entonces una de las peleas más crudas de la historia del cine. Forcejeos, puñetazos y empujones se suceden en una secuencia en la que el sonido es el principal protagonista. Los gritos, los chasquidos al romper el hueso, los quejidos y, sobre todo, los desgarros de la carne de Viggo Mortensen al entrar en contacto con cada cuchillada asestada incomodan y duelen.

En clara desventaja, Kirill se revuelve por el suelo y logra zafarse de su primer atacante, no sin recibir un tajo importante. Cuando está a punto de incorporarse, una patada del otro agresor lo manda al suelo. «Termina con él», dice el primer matón. Dispuesto a clavar la última estocada, se acerca a la víctima, pero esta responde con otra patada que lo desequilibra y cambian, al menos de momento, las tornas del combate. Una sucesión de movimientos de cámara y planos cortos refleja desquiciadamente las acciones y la tensión sigue aumentando hasta casi mascarse. Mientras Kirill trata de ahogar a uno de los matones, el otro se acerca por la espalda y le propina un nuevo tajo. Logra, sin embargo, parar el segundo envite y se hace con el puñal para clavarlo en el pecho del agresor que está en el suelo.

El otro matón, en pie, sujeta a Kirill y lo manda en volandas hasta la zona más concurrida. Coge el cuchillo que el agresor moribundo aún blande en la mano y se dispone a darle garrote. Kirill se protege utilizando de escudo humano a una persona y lanzándolo contra el agresor. Aquel huye despavorido y Kirill recibe otro par de cortes pero logra tumbar al oponente con un cabezazo. Tras un forcejeo, se coloca encima y, tras poner el cuchillo detrás de su nuca, empuja hasta acabar con su vida. El colofón lo pone un nuevo forcejeo con el otro atacante, que culmina clavando el otro cuchillo en el ojo. Es, sin duda, una escena angustiosa que demuestra que Cronenberg nunca ha perdido el pulso que lo hizo célebre.