'Nightflyers': el creador de 'Juego de Tronos' naufraga en la ciencia ficción

Gretchen Mol, en el papel de Agatha Matheson./
Gretchen Mol, en el papel de Agatha Matheson.

George R. R. Martin es el productor ejecutivo de esta serie de ciencia ficción basada en una novela que escribió en 1980

Iker Cortés
IKER CORTÉSMadrid

No ha participado en el desarrollo de la serie -tiene un contrato de exclusividad con HBO que se lo impide- pero sí que figura en los créditos como productor ejecutivo. Al fin y al cabo 'Nightflyers', la serie de SyFy que desde principios de mes se encuentra en la plataforma de Netflix, se basa en un relato que escribió hace la friolera de 39 años. Si algo demuestra esta serie es que George R. R. Martin no es el rey Midas de la ficción. Sus seguidores ya lo sabían: el primer tomo de 'Canción de hielo y fuego' se publicó en 1996 pero no fue hasta la llegada de la serie 'Juego de tronos' a HBO, en 2011, cuando el fenómeno explotó.

Con toda probabilidad, la cadena especializada en productos de ciencia ficción de escaso presupuesto buscaba repetir el éxito del afamado escritor, pero se ha quedado a medio camino. Y eso que los primeros minutos de la serie, que parecen empezar por el final de la historia, resultan más que impactantes. En el interior de una nave, perdida en la inmensidad del espacio, una mujer nerviosa se esconde de lo que parece ser un acosador. Un tipo, aparentemente despreocpado, entra silbando en la estancia y portando un hacha. La imagen recuerda a la de 'El resplandor' de Kubrick. No la encuentra, así que desaparece. Ella graba un mensaje en un dispositivo: «Hay muertos y la nave tiene daños estructurales. Esto no es una llamada de socorro. No aborden esta nave. No la lleven de vuelta a la Tierra». Pero cuando está introduciéndolo en una baliza para lanzarlo al exterior de la nave, una de las tapas se cae. El ruido llama la atención del enloquecido, que entra con el hacha por delante. Ella se zafa del perseguidor y logra lanzar el mensaje. Acto seguido, coge una sierra circular y se rebana el cuello.

A partir de ahí, la serie trata de contar cómo se ha llegado a este punto, pero el ritmo, que hasta ese momento parecía trepidante, empieza a perder fuelle de manera inexplicable. Alejada de la fantasía épica a la que el autor nos tiene acostumbrados, la serie pone el foco en el año 2093 en una expedición espacial a la búsqueda de los volcryn, una raza alienígena que parece haber encontrado la forma de dominar el espacio-tiempo y la energía. La humanidad está desesperada. Al planeta Tierra se le están acabando los recursos y un virus está diezmando a la población. Se necesitan respuestas ya.

Es el doctor Karl D'Bradnin (Eoin Macken) el motor de esa expedición, pues ha encontrado ciertas anomalías que dan pistas de dónde podrían contactar con los extraños seres. Pero para poder entablar contacto con los extraterrestres, necesitan llevar consigo a L-1, un peligroso telépata con el apodo de Thale (Sam Strike), capaz de controlar la mente de las personas y de hacerles ver cosas que ni siquiera existen. El asunto, claro, atemoriza a toda la tripulación: Roy Eris (David Ajala), un capitán que siempre está en su camarote y prefiere dar órdenes en forma de holograma; Lommie (Maya Eshet), una joven cyberpunk que se conecta literalmente a la nave; Melantha Jhirl (Jodie Turner-Smith), una jmujer modificada genéticamente para ser más fuerte y primera oficial de la nave, y Rowan (Angus Sampson), un xenobiólogo asustado por las implicaciones que podría tener contactar con una civilización extraterrestre. Únicamente la doctora Agatha Matheson (Gretchen Mol), responsable del sujeto, parece estar tranquila ante su presencia.

Dos fotogramas de la serie y una imagen del rodaje.

Todos ellos parecen esconder o estar atormentados por algo. Y ese es, precisamente, uno de los elementos de misterio con los que juega la narración. Sin embargo, pese a que su presencia está muy equilibrada en el metraje -o quizá por ello-, sus historias carentes de complejidad y profundidad no acaban de llegar al espectador de un viaje que empieza de manera accidentada -las pasan canutas ya para escapar de la órbita de la Tierra- y se mantendrá en la misma tónica.

Por el camino, decíamos, ocurre de todo. Desde pérdidas del control de la nave, que remiten a clásicos de la ciencia ficción como '2001: una odisea en el espacio', hasta paradojas espaciotemporales, pasando por el abordaje de todo tipo de cuestiones morales y éticas -con mucha menos gracia que 'Battlestar Galactica', hay que decir-. Pero todo suena, en realidad, a viejo conocido. Es el gran problema de la serie que, empaquetada en diez episodios de alrededor de 50 minutos cada uno, parece repetir sus esquemas una y otra vez. Técnicamente modesta pero agradable, solo interesará a los muy fanáticos de la ciencia ficción.

 

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