Juego de tronos: la búsqueda de la revolución

Juego de tronos: la búsqueda de la revolución

La última temporada de la serie de HBO apela a la emoción y a la relevancia del papel de las mujeres

MIGUEL ÁNGEL OESTE
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Se impone hablar de 'Juego de Tronos' (HBO y Movistar +), a pesar de que este espacio sale los lunes, el día en el que se habla del episodio recién emitido. No se preocupen. No vamos tarde. O quizá resulta mejor así. Ver las cosas con cierta perspectiva. El episodio dos terminaba a las puertas de la gran batalla entre el Señor de la Noche y su ejército de Caminantes Blancos contra el bloque de Invernalia. Una verdadera revolución hubiera sido que la serie hubiese hecho una gran elipsis de la contienda en el episodio tres. No fue así, claro, pero sí que hubo búsquedas sensitivas que se salieran de lo que el público tal vez esperaba. Los comentarios negativos o de frustración hacia la serie en ocasiones no se entienden porque esta ficción es fiel a sí misma. Me refiero a que si hay 'quejas' de que en el episodio dos no sucede nada -¿de verdad?- o que en el tres la batalla apenas se ve porque es muy oscura. Vamos a comentar esto, al tiempo que buscamos otros aspectos de 'Juego de tronos'. Y es que, precisamente, defendemos que la épica de esta fantasía épica emerge de lo íntimo, de un poder evocador que está lejos de los grandes momentos y, más bien, tanto de las lecturas que ha realizado del pasado en relación al presente, como del paralelismo implícito en la narración de determinados episodios, solo hay que volver a ver el primer episodio de la serie y el primero de la temporada final para comprobarlo.

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'Juego de tronos' ha sabido leer el mundo a través de este viaje coral y fragmentario, reflejando en cierto modo el estado de ánimo de la actualidad. Es decir, la importancia de la representación de la mujer ha cambiado desde el inicio de la serie. Son ellas las verdaderas protagonistas. Son ellas las que cambian las reglas, y la temporada 8 está plagada de ejemplos. Son ellas las que vislumbran más allá de lo obvio. Son ellas las que tienen las mejores secuencias. Y hasta un personaje como Clegane, el Perro, (Rory McCann), se da cuenta de esto. Arya (Maisie Williams) lucha por todos en esa negrura filosófica que significa combatir a la muerte. Porque la muerte apaga la vida, es oscuridad absoluta, y de un modo u otro, se ha tratado de transmitir esa sensación desesperada en el episodio tres. De un momento épico y de esperanza cuando llega Melisandre, la Bruja Roja, (Carice Van Houten), y enciende las espadas de los dothraki y estos empiezan a cabalgar para ser tragados por la muerte/oscuridad, principio estético-narrativo que sin duda cumple su cometido de alterar la emoción del público, de la épica y la esperanza, al miedo y la desesperanza. O esa escena de Clegane asustado diciendo que no se puede ganar a la muerte, y Beric (Richard Dormer) replicándole que se lo digas a ella, por Arya, que lucha por la vida.

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La ficción de HBO funciona como una montaña rusa de emociones encontradas. Y eso es lo que despliega esta temporada por encima de cualquier consideración estética/narrativa. Ese es el principal fin, aparte del medio para lograrlo. En este sentido, 'Juego de tronos' está repleta de detalles que se basan en las miradas de los personajes desde diferentes perspectivas. Las miradas fuera del encuadre. Las miradas entre los personajes envueltos en un paisaje o en una estancia cuando uno observa ante la ignorancia (o no) del otro. La mirada convertida en emoción y movimiento u otro sentimiento positivo o negativo que tendrá su correlación en el drama. Durante toda la serie las miradas de los personajes han ofrecido varios niveles de información, estableciendo los estados de ánimo no solo de los personajes, también del telespectador. De hecho, ese niño que corre en el primer episodio y que termina subiéndose a un árbol para ver fascinado a los soldados que llegan a Invernalia podría estar mejor planificada, sí, pero cumple el cometido que busca, el de conectar al público con la expectación. Resulta un principio que se repite y que se logra. Un principio que antepone lo emotivo, sea el que sea, frente a la narración y el cuidado formal, pero que es efectiva porque cumple con su cometido.

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¿Que en el episodio dos no ocurre nada? ¿Que el episodio tres es demasiado negro? ¿De verdad? La calma tensa del segundo episodio está repleta de detalles, absorciones del 'western', precisión en el análisis de la psicología de los personajes y de la situación de un mundo en destrucción que aspira a transformarse. La secuencia en la que Tyrion (Peter Dinklage), Jaime (Nikolaj Coster-Waldau), Tormund (Kristofer Hivju), Podrick (Daniel Portman), Davos (Liam Cunningham) y Brienne de Tarth (Gwendoline Christie) beben frente al fuego en esa espera tensa, podría tener asociaciones a 'westerns' de Hawks, y sin duda consiguen uno de los momentos más emocionantes de toda la serie cuando Jaime nombra caballero a Brienne de Tarth, rompiendo una tradición machista absurda que conecta con el cambio que ha supuesto la serie a nivel ideológico y de representación desde el comienzo. No solo los personajes de ficción ven de una manera distinta a las mujeres en 'Juego de tronos', también los telespectadores. En otro orden, Samsa (Sophie Turner) le da una lección a Tyrion cuando le dice que le creía más inteligente, pues Cersei (Lena Headey) no va a enviar ningún ejército en la lucha contra los muertos. Se podrían poner más ejemplos. Pero el espacio es limitado. Este aspecto también hay que trasladarlo a esa queja de la oscuridad. Porque más allá del Señor de la Noche, a los creadores de 'Juego de tronos' interesa el contexto filosófico de la muerte y la búsqueda de un resquicio de luz en la noche más oscura. Desde que arranca el episodio tres con las manos de Sam, sus nervios, y la cámara siguiéndolo en el caos hasta que pasa junto a Tyrion y la cámara se queda con él… lo que vengo a decir es que los primeros veinte minutos son ejemplares en la construcción de una tensión dramática y del miedo a la muerte simbolizada en la noche, un elemento dramático y narrativo que lo devora todo y resulta inquietante. Algo que resulta desconcertante y sensitivo a un tiempo, por tanto, totalmente coherente con los principios de esta ficción. Es el descenso a la zona infantil de los terrores en un cuarto oscuro, o en un lugar desconocido en el que no sabes a lo que te enfrentas porque quién conoce la muerte. Tal vez no siempre consigue la ósmosis a la que aspira, pero el vaivén de sensaciones resulta innegable.

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En 'Juego de tronos' lo épico se muestra como algo descarnado, desesperado, desprovisto de las bondades que cantan las gestas y las leyendas. No hay correlación entre la plasticidad y lo narrativo. Solo importa la frustración provocada por el desconcierto, una tensión que personaliza las emociones y que sabe combinar lo íntimo con la espectacularidad, la asfixia con lo poético, lo que conmueve con lo alegórico. Quizá lo más frustrante y ejemplificador se encuentre en la condición humana. Es decir, esta última temporada, dividida en apariencia en dos partes: la lucha contra la muerte y a partir de ahora la lucha por el trono, es la lucha contra las oscuridades humanas, pero hay algo más importante que el enfrentamiento contra la oscuridad de la muerte. ¿Puede ser más importante la lucha por el trono que la lucha por la vida? ¿Esa debilidad no está conectada con lo oscuro o no del episodio tres? La visceralidad y el intento de trasladar la fisicidad y el terror del enfrentamiento se convierten ahora tal vez, en los últimos tres episodios, en la prueba de lo único que deben preservar los personajes, aquello de lo que no deben olvidarse: la humanidad.