'Gigantes' se mete en el infierno

Un fotograma de la segunda temporada./
Un fotograma de la segunda temporada.

Urbizu coloca a sus personajes en la segunda temporada de la serie en una cárcel que abrasa

Mikel Labastida
MIKEL LABASTIDAValencia

En la primera temporada de 'Gigantes' Urbizu nos presentó al demonio. Y a este lo representaba el clan de los Guerrero, fieros, sin escrúpulos, vengativos, violentos, tóxicos. La familia -el demonio- la encabezaba el patriarca Abraham, que interpretó José Coronado en un brillante capítulo, suficiente como para marcar el tono de la serie. Y la completaban sus tres hijos -tres diablos más-, Daniel, Tomás y Clemente (Isak Férriz, Daniel Grao y Juan Carlos Librado 'Nene'), que imitaban el comportamiento de su padre pese a haberlo sufrido y detestado durante años. Se sabían dignos herederos y como tal ejercían.

Quienes se acercaban a ellos salían trasquilados y nada les impedía actuar de manera despiadada para conseguir más dinero y poder. 'Gigantes' nos los pinta temidos, odiados, despreciables. Ellos ejemplifican el terror en un Madrid que se ponía a sus pies. El negocio de la cocaína es la vía que les permite tener el control de las calles. Y lo defienden del modo que sea necesario, impregnándolo todo de violencia y quitándose del medio a cualquier rival que aparezca. Hasta que ellos mismos se vuelven rivales entre sí. Demonios enfrentándose a demonios. Y aquí no hay ventajas. Todos han sido educados y adiestrados con las mismas pautas. La primera temporada de la serie de Movistar desarrolló esa guerra fraternal que se desata tras la muerte del padre. Los tres lo quieren todo y la cuestión de sangre no les impide pelear para lograrlo, sin darse cuenta de que será así como muestren sus debilidades, como se harán vulnerables, como permitirán visibilizar una manera de contenerlos.

En la nueva tanda de episodios Urbizunos presenta el infierno. Es un infierno en el que resulta imposible sobrevivir, en el que lo lógico es morir abrasado. 'Gigantes' es una gran ópera trágica y llega a su último acto (en forma de seis capítulos) planteándonos un escenario abrasador, claustrofóbico y sin ningún tipo de reglas. El infierno en el universo de Urbizu es así. Lo hemos visto en sus obras anteriores, y en esta, en la que puede explayarse mejor (el formato seriado se lo permite), resulta más angustioso que nunca. Desde el primer capítulo de la nueva temporada que ha estrenado Movistar. Ahí nos reencontramos a los Guerrero, acorralados en una jaula que arde, rodeados de perros de presa dispuestos a acabar con ellos. Los demonios padecen su propio infierno.

'Gigantes' hereda bien el tono que marcó la serie en su inicio el año pasado. Vuelve a mostrarnos a los mismos protagonistas y sus aterradoras maneras de vivir, aunque esta vez más que a ganar más juegan a salvarse. O a intentarlo al menos. Las tornas han cambiado. Los tres hermanos están en puntos diferentes (uno huyendo, otro preparando su venganza, otro intentando convertirse en un ser terrenal), pero están condenados a reunirse. Y a librar la batalla final. Ese podría ser un buen subtítulo para la temporada: la batalla final.

Estaba escrito que las mujeres iban a tener una relevancia especial en la continuación de esta producción. Sus personajes iban ganando enteros en los episodios anteriores a medida que avanzaba la serie pero no terminaban de lograr destacar. Y este era su momento. Aunque no va a ser del modo aplastante que se preveía. Al menos en un principio. Ni las policías, Ángela y Bárbara; ni Lucía, la periodista, van a poder perseguirles y actuar con la contundencia que quisieran. Ellas también están dentro del infierno y este se puede revolver en contra de cualquiera. Solo hay que ver el caso de Sol, la mujer del mayor de los Guerrero, que cuando intenta huir se topa con la realidad, con una cárcel a la que todos los personajes de 'Gigantes' han sido destinados. Y en esa ratonera Urbizu hace maravillas, elevando la tensión hasta límites insospechados, con unos personajes que no tienen nada que perder. Su mayor peligro es quemarse, pero esto a nadie que vive en el infierno puede extrañarle.