¿Hacia dónde van los festivales de cine?

Sede del Festival del Cine de San Sebastián/Agencias
Sede del Festival del Cine de San Sebastián / Agencias
REPORTAJE

Zinemaldia da el pistoletazo de salida a un otoño de eventos cinematográficos en Valladolid, Gijón, Sevilla, Bilbao... Pero, ¿hay público para todos?

Borja Crespo
BORJA CRESPO

En septiembre, después de los calores del verano, aunque la época estival parece estirarse cada vez más por mucho que algunos nieguen el cambio climático, comienza la nueva temporada de estrenos y con ella la celebración de numerosos festivales cinematográficos que casi se pisan en el calendario pronunciándose como el escaparate ideal de futuros éxitos. Todavía no ha terminado San Sebastián, ahora llamado San Sebastian International Film Festival (SSIFF), y en unos días sonará en Sitges el pistoletazo de salida de una programación abrumadora que pretende reflejar el panorama actual del cine fantástico a nivel internacional. Después llegarán la Seminci de Valladolid, Sevilla, Gijón, Zinebi en Bilbao y tantas otras muestras centradas en el séptimo arte en todas sus variantes. La vuelta al cole es intensa para todo cinéfilo que se precie, por no hablar de la labor que tiene por delante la prensa especializada. Con tanto certamen coincidiendo en el calendario los últimos meses del año, teniendo en cuenta que venimos de Venecia, Toronto y compañía, es inevitable preguntarse hacia dónde van este tipo de eventos, otrora indispensables. ¿Y hoy?

Con la necesidad de renovarse acorde al cambio de hábitos del espectador sobre la mesa, ¿hay demasiada oferta de festivales de cine o todo lo contrario? «Los festivales son esenciales para hacer llegar al público y la crítica un fenómeno global cinematográfico», contesta Ángel Sala, director de Sitges, Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya, que inicia su andadura el próximo 4 de octubre con la proyección de la esperada revisitación de 'Suspiria'. «Incluso muchos festivales más pequeños o en ciudades periféricas resultan esenciales para hacer posible una especie de distribución de producto no convencional que ya no se da en esos lugares. Un festival bien diseñado y programado nunca sobra, aunque no todo vale».

«Creo que la oferta cultural nunca es demasiada, siempre que se haga algo que tenga sentido y una recepción, mayoritaria o minoritaria, general o de nicho», añade José Miguel Beltrán, máximo responsable de la unidad de cine de Donostia Kultura. «Siempre que no sea un evento artificial, sin sentido, y que no interese a nadie en su entorno, grande o pequeño, tiene una razón de ser. Es un escaparate que pone en valor un determinado tipo de cine, generalista o especializado. A su vez se comparte con un público del mismo interés y es un lugar de encuentro para creadores, entre ellos y con el público... Dependiendo de las dimensiones del festival pueden variar los objetivos».

Danny DeVito visitó San Sebastián para recoger su premio homenaje.
Danny DeVito visitó San Sebastián para recoger su premio homenaje. / EFE

Un buen festival debe tener «un diseño y objetivos claros pero no cerrados, siempre abiertos al cambio, a la evolución de los mismos», explica Sala, también crítico y teórico del medio. «Debe aunar una programación ambiciosa, segmentada y valiente, en contenido y parrilla. Se debe buscar el esfuerzo del espectador y la crítica, no buscar la comodidad ni el excesivo orden. Obligar a crear menús personales a través de un programa amplio y desde ellos búsquedas personalizadas de tendencias que creen debate».

Así es Sitges, donde la oferta audiovisual es desmesurada, aglutinada en diferentes secciones y actividades paralelas que han otorgado personalidad a una cita indispensable si se quiere estar en la onda. De su sugestiva programación surgen títulos de culto que dan mucho de qué hablar a lo largo de la temporada cinematográfica. Lo que no puede faltar en cualquier menú de una celebración de estas características son buenas películas, proyectadas en las mejores condiciones posibles. «Y propiciar que sean compartidas y debatidas por público y creadores», incide Beltrán. «Que sea un evento con ida, sensaciones, intercambios... Que nos dé algo más que ver una película en cualquier otro momento o en nuestros hogares».

Presentación del cartel del ciclo 'Enfants terribles' del FICX 2018.
Presentación del cartel del ciclo 'Enfants terribles' del FICX 2018. / Paloma Ucha

Los festivales con enjundia apuestan por crear un ambiente creativo entre los espectadores y los propios artistas. Surgen proyectos, se establecen sinergias o simplemente somos testigos como visitantes de las experiencias profesionales de los propios autores presentes que defienden su obra. Una buena master-class, foros de co-producción, exposiciones, mesas redondas, networking… Un evento apegado a la realidad debe ofertar muchos más que las proyecciones de material de última cosecha que reflejen el momento. Los ciclos que rescatan filmes de interés de todos los tiempos redondean una parrilla enriquecedora. «Los festivales están y estarán, o deben estar abiertos a cambios permanentes», subraya Ángel Sala desde Sitges. «El futuro depende de su adaptación a las nuevas formas de producción y en cierta manera son los actores principales a la hora de canalizar esa nuevas fuentes de contenido. Será desde los festivales donde se crearán los mapas para los nuevos territorios del audiovisual sin duda alguna».

«Los festivales van hacia la especialización, a atender distintos intereses, a programar mejor, destacando cosas entre la inmensa producción mundial que se hace», continúa Josemi Beltrán, también director de la agitada Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián. «Vemos cómo las presencias de los creadores, directores, actores, siguen arrastrando a la gente, incluso aunque no les llamen sus películas necesariamente. Tenemos que ligar más ese intercambio entre público y cineastas, seguir haciendo entender lo que es la cultura audiovisual, que no consiste en consumir y consumir de manera compulsiva. Por desgracia, el ver más cosas no siempre nos hace apreciar mejor lo que vemos, ayudemos a eso». La extendida cultura de la inmediatez empuja al consumidor a querer ver lo antes posible las series y películas, sin esperar a cauces legales, lo que dificulta cada vez más la capacidad de sorprender de un programación ecléctica. Hay que dar algo más.

Fenómeno fan y especialización

Queda claro que todo festival necesita público, sin el cual pierde la principal razón de su existencia. «Los festivales tienen que tratar de renovarse año tras año para rejuvenecer su público y hacer su oferta cultural accesible y atractiva para la juventud», piensa Iñigo Portillo, cabeza visible de Caostica, un festival de cortometrajes y videoclips que se esfuerza en montar originales fiestas y actividades paralelas en Bilbao, aparte de orgtanizar los pases. «Si no renuevas tu público estás muerto. Por esta razón hay que ponerse las pilas en lo que a nuevas tendencias se refiere, saber cómo se comunican los jóvenes para poder llegar hasta ellos, conocer los contenidos audiovisuales y musicales que se consumen y tratar de darles cabida». Sitges tiene un público fiel que vive la experiencia anual con intensidad. Se ha creado un fenómeno fan esencial para el buen funcionamiento de la propuesta. «Es un fenómeno conocedor, evolutivo y con ciertas normas», explica el director del macroevento catalán.

Ángel Sala, director dle Festival de cine de Sitges
Ángel Sala, director dle Festival de cine de Sitges

«Se ejerce desde postulados clásicos hasta los más rompedores. Es exigente, crítico y genera debate. Creo que es una de las experiencias que más me interesan como director y muchas opiniones y actitudes del público de Sitges en directo en cada edición me parecen más enriquecedoras que las muchas veces estériles opiniones en redes sociales u otros foros». Siempre se descubre algo que pasaría desapercibido si no estuviera dentro de la programación de un festival atractivo.

En la misma línea está el público asiduo a la Semana de Terror de Donosti, que año tras año hacen cola durante horas antes de que se abra la taquilla que vende los abonos del festival. «Su carácter especial se lo han dado con los años sus propios espectadores, creando una comunidad de apasionados por el cine, una forma de relacionarse con los invitados que no entiende de vallas ni photocalls», señalan desde dirección. «Es todo mucho más cercano, ayudado por las dimensiones y características de nuestra sede central, el Teatro Principal. Su implicación y complicidad es fundamental a la hora de programar las películas, y nosotros intentamos mantener desde la organización ese espíritu tolerante, de libertad y a la vez de divertimento sano. La mayoría de los cineastas del género han sabido apreciarlo a lo largo de los casi 30 años de existencia».

También participan en la organización del Festival de Cine y Derechos Humanos de San Sebastián. «También es un festival de formato mediano, donde equilibramos la calidad visual y narrativa de las películas con las temáticas que tratan o los mensajes que lanzan. Es también experiencial como la Semana, pero de otro modo... En este caso hay implicación de ongs que nos asesoran y ayudan en la programación de las películas, exposiciones, o charlas con expertos que acompañan en muchos casos a las proyecciones, y que ayudan a profundizar en lo que la película ha puesto sobre la mesa».

El poder de las redes sociales puede aupar un festival o todo lo contrario. En Caostica lo tienen claro, por eso cuidan al máximo «una selección diferente y transgresora de contenidos que imprime un carácter desenfadado al festival sin dejar de lado la calidad de los trabajos de la sección oficial. Se trata de un evento deslocalizado que a lo largo de sus 15 años ha programado en más de cien ubicaciones indoor y al aire libre descubriendo espacios alternativos de Bilbao a los propios ciudadanos, reinventándose nuevamente con atrezzos temáticos, performances, instalaciones y conciertos. Hasta la fecha ha sido el único festival de videoclips musicales de Euskadi».

Cartel de la edició 2018 del Festival Caostica.
Cartel de la edició 2018 del Festival Caostica.

La entrada a las proyecciones es gratuita, lo que ayuda a crear público no habitual. «Un festival de videoclips y cortos de ficción y animación como el nuestro además sirve para visibilizar el trabajo de nuevos creadores locales que constituyen la cantera del audiovisual vasco y que con apoyo y reconocimiento tienen en su mano situar a Euskadi como región de referencia del sector otorgando prestigio al gremio y generando industria cultural y trabajo», sigue Portillo. «También sirve para visibilizar y premiar el trabajo de roles como el director de videoclips musicales que suelen permanecer en el anonimato y gozar de poco reconocimiento. Es un botón de muestra de las nuevas tendencias e inquietudes creativas a nivel internacional y supone un importante punto de encuentro entre creadores y profesionales del sector del que salen cada año nuevas colaboraciones. También tiene una importante labor pedagógica, cuando se complementan las proyecciones con ponencias, mesas redondas y talleres».

Un formato como el cortometraje necesita el apoyo de festivales. «Donde verdaderamente se sabe si una obra funciona es proyectada ante el público», recalcan desde Caostica, especializados en la difusión de piezas cortas. «Obviamente las plataformas de vídeo online y las redes sociales son nuevos aliados que permiten aumentar el espectro de la obra pero el reconocimiento se gana en la arena de una sala. Realizar un corto es un reto y un continuo aprendizaje que no termina en la sala de edición. Poder viajar y mover el corto por festivales supone una experiencia muy enriquecedora para los creadores que les permite compartir impresiones, aprender de compañeros y lograr nuevas colaboraciones y apoyos para futuros trabajos».

Concluyendo, un buen festival debe poseer carácter y personalidad, nutrir al público de experiencias y animar el estado del medio con una oferta que refleje las últimas tendencias, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Diversión y reflexión para un público amplio, profanos y eruditos, que tengan la porción de pastel adecuada para su satisfacción. El espectador habitual, el casual, el apasionado de un determinado género, la industria, los artistas y la cultura en general deben sentirse identificados con una programación cuidada y variada que genere pensamiento y debate, que descubra y aliente una corriente de creatividad evidente.