Redobles de dolor

Miles Teller y J. K. Simmons, en un fotograma de la película.

La escena que pone el punto final a 'Whiplash' es el ejemplo perfecto de cómo convertir algo aparentemente prosaico, como un solo de batería, en toda una declaración de intenciones

Iker Cortés
IKER CORTÉSMadrid

Terence Fletcher (J. K. Simmons) y, en especial, Andrew (Miles Teller) se dejan la piel en la secuencia final de 'Whiplash'. Damien Chazelle, que esta semana estrena 'First Man - El primer hombre', vertebró en este filme de 2015 un relato sobre la obsesión por la perfección y los problemas que ello acarrea. La abrupta secuencia final de la película es un corolario que, lejos de cerrar el arco argumental, arroja casi más dudas sobre el espectador.

Un plano estático, casi a vista de pájaro, desde la butaca más lejana del auditorio y el estridente sonido de la sección de viento dan pie a la acción. Fletcher, de espaldas a la cámara, cierra el puño y para todo el sonido, excepto el que Andrew desencadena sobre su batería. A lo largo de todo el metraje, el baterista ha entrenado hasta sudar sangre para alcanzar el nivel que Fletcher le exigía. Llega la hora de demostrarlo. Durante un segundo, la cara de Fletcher pasa del cabreo y la incredulidad -aquello no estaba previsto- al orgullo y la imagen se funde a negro y se encadena con la de la batería y el rostro de Andy, ora concentrado, ora sufriendo.

Solo han pasado 19 segundos pero el montaje está tan picado y contiene tantos detalles que uno puede pasarse horas analizando. A partir de aquí, al ritmo de la música claro está, se suceden los planos cortos, rápidos y audaces, como cuando la cámara sigue con movimiento preciso el paso de las baquetas por la caja, el tom aéreo y el goliat del kit, a medida que Andrew reparte golpes. Nuevamente, el cineasta pone el foco en el rostro del músico, cada vez más sudoroso.

Sorprendido, Fletcher se acerca: «Andy, tío, ¿qué estás haciendo?». «Yo te doy la entrada», le responde entregado a un solo de batería desquiciante. Por el rostro del director de orquesta asoma de nuevo el orgullo y un inusitado entusiasmo. Asiente con la cabeza y se aleja de los focos. Andrew se ha convertido en la estrella y comienza a redoblar con furia mientras la sangre, que brota de sus doloridas manos, impregna la madera de las baquetas. Los platillos del charles suben y bajan con cada pisada y, durante un instante -quizá Andy comienza a acusar el cansancio- el sonido se va embotando lentamente mientras la cámara se detiene en la vibración hipnótica del 'ride', uno de los platos, a cámara lenta.

Tres fotogramas que forman parte de la secuencia final.

La acción recupera el brío inicial mientras el padre del chaval espía la gesta desde la puerta del auditorio. Tal es el ímpetu con el que Andy golpea, que uno de los platos, el 'crash', se ha desestabilizado. Fletcher reaparece en escena y lo coloca mientras le hace ver, asintiendo con la cabeza y una amplia sonrisa, que está encantado. Le pide, con un gesto de la mano, que vaya bajando en revoluciones mientras Andy se afana en golpear la caja. Lo hace cada vez más suave y más lento hasta que resulta casi imperceptible, siguiendo las órdenes del maestro. Cuando apenas se oye nada, el vendaval vuelve a desatarse con otro gesto de Fletcher, que solicita que ahora suba el tempo y la fuerza. Primeros planos de las baquetas golpeando la caja y la mano temblorosa de Fletcher se intercalan mientras el redoble provoca una nueva y furiosa tormenta. Entra el bombo y Andy sigue golpeando como si de un arma automática se tratara. Fletcher, acalorado y asintiendo con la cabeza, se quita la americana y pide a la orquesta que se prepare.

Andy, extasiado, para. Y entonces, durante ese silencio que casi resulta agónico, ambos se miran y sonríen en una sucesión de planos que parecen querer decir: «Todo el dolor ha merecido la pena».

Temas

Cine