'El vicio del poder', un vitriólico repaso a la política de EE UU

Christian Bale, caracterizado como Dick Cheney en 'El vicio del poder'.

Christian Bale ganó el Globo de Oro al mejor actor de comedia por dar vida al vicepresidente Dick Cheney en una cinta que muestra la trastienda del Gobierno americano

Oskar Belategui
OSKAR BELATEGUI

«La vicepresidencia es un puesto simbólico. Pero podríamos llegar a un acuerdo, ocuparme de tareas... mundanas», le responde Dick Cheney a George W. Bush, cuando este le propone llevar las riendas del mundo a su lado. 'El vicio del poder' es la traducción al castellano del título original 'Vice', que es la abreviatura de 'vicepresident' pero también significa 'vicio'. El guionista y director Adam McKay se mueve en territorios no muy lejanos a los de su anterior filme, 'La gran apuesta', que sacaba a la luz las artimañas de Wall Street que condujeron al mayor desplome financiero desde la Gran Depresión.

De trabajador eléctrico en la Wyoming rural a presidente de facto, Cheney es uno de esos personajes que solo pueden surgir en Estados Unidos. Primero como jefe de gabinete de Gerald Ford y después como secretario de Defensa de Bush, Cheney accedió a la vicepresidencia con el entendimiento implícito de que ejercería un control casi sin cortapisas en todas las áreas. Mckay contrapone la dicotomía entre el entregado padre de familia y el maestro titiritero de la política.

Lo hace a través de tres actores que se lo pasan pipa bajo el maquillaje: Steve Carell, que encarna al brusco y bravucón Donald Rumsfeld; Sam Rockwell, un caricaturesco Bush, imbécil y manipulable; y Christian Bale, capaz de pasar de un registro de hombre divertido y encantador a implacable y aterrador. Más ingrato pero igual de apasionante resulta el personaje de Lynne Cheney (Amy Adams), la implacable mujer del protagonista, mostrada como una hábil y fría estratega responsable de su ascenso. Más allá del biopic, 'El vicio del poder' es un frenético y vitriólico recuento de las miserias de la política de EE UU en los últimos tiempos, del Watergate al 11-S.

Christian Bale como Dick Cheney, Sam Rockwell en la piel de George W. Bush y Steve Carell caracterizado de Donald Rumsfeld.

«No sabía gran cosa sobre Dick Cheney, pero, a medida que empecé a leer sobre su vida, me quedé fascinado con él, con lo que lo impulsaba, aquello en lo que creía», cuenta el director Adam McKay. «Seguí leyendo más y más y me quedé pasmado con la sorprendente manera con la que Cheney fue adquiriendo poder y lo mucho que ha influido en el lugar que ocupan actualmente los Estados Unidos en el mundo». Cheney fue un gran aficionado a la pesca con mosca, un deporte que requiere paciencia, una virtud que le resultó muy útil en su metódico ascenso por el escalafón, tanto en política como en los negocios, arguye McKay. Sin embargo, nada de eso habría importado sin los ánimos y la ambición de su mujer, su amor desde los tiempos del instituto.

Después de que Cheney fracasara en sus estudios en Yale y lo pillaran un par de veces conduciendo bajo los efectos del alcohol, Lynne lo ayudó a enderezarse. «Sin duda, fue la naturaleza ambiciosa de Lynne lo que transformó a Dick Cheney», afirma McKay. «Aquellos que la conocían entonces decían que con quienquiera que se casara, llegaría lejos. De otro modo, Dick podría haber acabado llevando una vida tranquila en Wyoming, como sus hermanos. Lynne tenía el cerebro y la ambición, pero se dio cuenta de que, al ser mujer, le estaban cerradas ciertas puertas. Así que, aunque ella no pudiera manejar personalmente los hilos del poder, sabía cómo situar a alguien para que los manejara por ella».

 

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