'Velvet Buzzsaw': ¿esnobismo o serie Z?

Zawe Ashton y Jake Gyllenhaal, en la película./
Zawe Ashton y Jake Gyllenhaal, en la película.

El cineasta detrás de la estimable 'Nightcrawler' realiza una crítica al mundo del arte convirtiendo a Jake Gyllenhaal en un crítico cuyas opiniones cotizan en Bolsa

Borja Crespo
BORJA CRESPO

'Velvet Buzzsaw', disponible desde el pasado viernes en el caótico catálogo de Netflix, es el tercer filme escrito y dirigido por Dan Gilroy, cineasta aparentemente libre que sorprendió con la excelente 'Nightcrawler', propuesta que reflejaba visceralmente el mundo del periodismo sensacionalista con la ciudad de Los Ángeles como telón de fondo. Nominada al mejor guión original en los Oscar, fue una de las grandes olvidadas en los populares premios hollywoodenses, sobre todo por el excelente trabajo de Jake Gyllenhaal, con quien repite en su nueva propuesta. Antes firmó 'Roman J. Israel, Esq.', con el siempre eficaz Denzel Washington como protagonista, apuntalando el papel de un abogado defensor que cuestiona el sistema y sus propios principios, absolutamente demodé en su profesión, un idealista que se muestra cansado ante una sucesión de acontecimientos que perturban su equilibrio. Si en su segunda película Gilroy apostaba por el cine judicial y en su debut atacaba a los mass media sin contemplaciones, esta vez realiza una sátira sobre el mundo del arte que se disfraza por momentos de comedia excéntrica para dejarse llevar por el cine de terror metafísico.

Gyllenhaal era un merodeador nocturno en 'Nightcrawler', la versión televisiva de los paparazzi de las revistas del corazón. Aves de rapiña, seres armados con videocámaras que aparecen rápidamente en escenas del crimen, accidentes de tráfico y catástrofes para captar imágenes que intentan vender posteriormente al mejor postor. Su personaje, un individuo sin escrúpulos dispuesto a todo con tal de escalar en la profesión, conduce todas las noches escaneando emisoras de emergencias en busca de noticias impactantes. En 'Velvet Buzzsaw' opta por un rol diferente, un crítico de arte de sexualidad ambigua, inseguro y egocéntrico, cuyas opiniones cotizan en bolsa. Si pone a caldo determinada obra puede hundir en la miseria a su autor o arruinar a la galería que lo representa. Sin embargo, si recomienda una determinada pieza los marchantes se pegan por hacerse con ella. De su mano, la de un hater en potencia, entramos en el cerrado mercado del arte, un suculento negocio en el que se mueven 'curators' sin vida propia, artistas suicidas, trepas implacables, corazones rotos, ricos sin gusto, mercachifles fanfarrones, emprendedores de tercera y demás flora y fauna del postureo. Una joven ayudante de galerista en horas bajas encuentra por accidente, léase la muerte de un vecino solitario, una colección de cuadros que llaman su atención y su venta tras generar una burbuja pueden permitirle subir más de un puesto en su estatus social. Se monta en torno a la obra una farsa encomiable que define algunos rasgos despreciables del comercio de las artes plásticas. Los coleccionistas se tiran encima de las pinturas como si estuviesen en las rebajas de enero con un talón en blanco en la mano. Pero algo extraño amenaza el chollo.

Tres fotogramas de la película.

En su deseo de sorprender como en su aclamado debut, experimentando con el cine de género, Gilroy apuesta fuerte por convertir una película digna de Robert Altman en una versión cool de 'Pesadilla en Elm Street'. Aquellos personajes que se benefician económicamente con los cuadros del admirado artista muerto, un sujeto anónimo pocos días antes, caen en una maldición surrealista que va acabando con sus vidas. El propio arte asesina, como en un slasher al uso (con curiosos desvaríos visuales), con una puesta en escena por encima de la media, lo que permite el deleite de la retina con el desfile de obras artísticas, cuadros, instalaciones, esculturas y todo lo imaginable.

Probablemente la estética sea lo más sugestivo de una apuesta de narración confusa que, con el tiempo, será acogida como una rareza. Los diálogos punzantes que hieren a los farsantes del arte contemporáneo tienen su gracia, pero a la hora de poner en la picota el mundillo del arte no aporta nada realmente original. Gilroy baja de puntuación, película a película, desde 'Nightcrawler'. Aquí no se ha soltado el pelo lo suficiente. La vertiente sobrenatural pide más desmelene, más absurdo e hipnosis, aunque sigue revolviéndose lo justo para no perder la cotizada etiqueta de autoría en su cine. Cualquiera no se pone detrás de la cámara para rodar 'Velvet Buzzsaw', un filme que camina al filo del abismo, entre lo ridículo y la genialidad, entre el hype y el bluff, entre el humor negro y el horror, entre lo siniestro y lo comercial, como el mismísimo arte.

 

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