Cartelera

Cuando Oscar Wilde dejó de ser el príncipe feliz

Rupert Everett en el papel del escritor Oscar Wilde.

Actor protagonista y director, Rupert Everett tiñe de sentimentalismo y sordidez un biopic sobre los últimos días del escritor

Oskar Belategui
OSKAR BELATEGUI

'La importancia de llamarse Oscar Wilde' arranca con su protagonista contándole a sus hijos uno de sus maravillosos cuentos. Parábola sobre la piedad, 'El príncipe feliz' (título original del filme) unía a la estatua de un príncipe y a una golondrina que retrasaba su marcha a Egipto para repartir a los necesitados los trozos de la lámina de oro que cubría el monumento, los zafiros que lucía como ojos y el rubí de la empuñadura de su espada. Cuando Dios pedía a uno de sus ángeles que le trajera lo más preciado de la ciudad, esta le llevaba el corazón de plomo de la estatua y el cuerpo sin vida del pajarillo. Oscar Wilde también repartió su talento y su encanto erigiéndose en el príncipe mundano de la Inglaterra de finales del XIX. Hasta que su homosexualidad le convirtió en un apestado.

Rupert Everett, actor que ha conseguido con el cliché del amigo gay los mayores éxitos de su carrera en títulos como 'La boda de mi mejor amigo' y 'Algo casi perfecto', dirige y protagoniza un biopic del escritor irlandés centrado en sus últimos años, los más desdichados de su existencia. La caída en desgracia de Wilde se produjo cuando el homófobo marqués de Queensberry, padre de su amante, Lord Alfred Douglas, le acusó en público de sodomita. El autor de 'El fantasma de Canterville' le demandó por difamación, y al final acabó él en la carcel durante dos años cumpliendo trabajos forzados.

A su salida, Wilde se refugió en Francia con ayuda de sus amigos y acabó sus días en cabarets de mala muerte en París, donde moriría el 30 de noviembre de 1900 a los 46 años como consecuencia de una meningitis. «El empapelado de estas paredes y yo mantenemos un combate a muerte. Uno de los dos se va a tener que ir», escribió moribundo en el Hotel de Alsacia. Un Everett casi irreconocible, gordo y avejentado, mantiene el ingenio en cada una de sus frases, a pesar del patetismo de la situación. Apenas hay flashbacks de sus momentos de gloria, cuando salía a saludar en los teatros tras las representaciones de sus obras ante lo más granado de la sociedad londinense.

Los ricos que se pegaban por sentarlo a su mesa ahora le repudian. Solo sus amigos Reggie Turner (Colin Firth) y Robbie Ross (Edwin Thomas) le proporcionan sostén económico y velan por él. Mientras, su mujer (Emily Watson) sufre la vergüenza de que su marido haya pasado de gloria nacional a proscrito al que escupir. La búsqueda de belleza y de hedonismo de un hombre que disfrutó de los placeres materiales se representa en el filme a través de idílicos paisajes de Francia e Italia, donde Wilde apuró sus últimas copas y se limitó a mirar en las orgías de efebos.

La fotografía de John Conroy, con las escenas de interiores iluminadas con velas y exteriores con el sol deslumbrando la cámara, envuelven las imágenes de un aura de ensueño, como si Wilde rememorara su vida en su lecho de muerte. El director, que recupera a Wilde como vigente denuncia de la homofobia, apuesta por los saltos en el tiempo e impregna todos los episodios de tanta intensidad y sordidez que el resultado final acaba por saturar, como si el protagonista se regodeara en sus humillaciones. Se nota que el Rupert Everett actor busca a toda costa la nominación al Oscar y echa mano de un sentimentalismo que hubiera aborrecido el autor de 'El retrato de Dorian Gray'.