Adiós a Inés Miján, la dama del buen gusto

La exdirectora de Loewe en Bilbao se ha ido sin hacer ruido, de manera discreta, como la mujer con más clase de la villa que siempre fue

Inés Miján./
Inés Miján.
ABRAHAM DE AMÉZAGA

Si algo guió su vida desde siempre, ese algo fue el buen gusto. Quiso ser bailarina, y acabó de algún modo siéndolo, pero en el universo de lo bien hecho, danzando a diario entre tejidos y pieles de gran calidad, a lo largo de la mayor parte de su existencia. Y lo hizo con elegancia en la escena de la moda y los complementos de lujo. Biarritz la vio nacer y hacerse niña, y Bilbao crecer, convertirse en mujer, casarse, formar una familia… y sobre todo desarrollarse profesionalmente.

Hija de sefardita galo, de apellido Mijan, y nieta de una aristócrata apellidada Cohen. Rosario Redondo Fradua, su madre, bermeana que dejaría pronto el nido familiar para volar a París, donde conoce a Jacques Mijan, con quien se casa. Él es creador de moda y se instalarán en la chic Biarritz. Inés, la segunda de cuatro hermanos, lo acompañará años más tarde en sus viajes a la capital gala, conociendo a Cristóbal de Balenciaga, Christian Dior, Jacques Fath… En Barcelona, compran tejidos de Santa Eulalia y Gratacós, que servirán de base para los modelos que Monsieur Jacques crea desde la bilbaina calle de Colón de Larreátegui, donde «llegamos a tener treinta oficialas», como me recordaba Inés un día. Instalados aquí, sus hermanos y ella estudian en el colegio francés de Deusto.

En casa tendrán por costumbre hablar en el idioma de Molière de temas de arte y de cultura en general, durante los almuerzos y cenas. Embarazada de su segunda hija, entra a trabajar en 1961 en la boutique que Loewe abre en la mejor esquina de la villa, la plaza Federico Moyúa con Gran Vía, de la que llegará a ser directora, y no saldrá, salvo a principios de los 80 y de manera puntual, cuando la marca inaugura una gran tienda en Bruselas y es enviada allí unos meses. «Está mal que yo lo diga, pero la formación en Loewe era única, algo que ya no existe», me confesaba el pasado verano en la terraza del Toledo, junto a Juan Moreno Lombardero y Zulema Ferraz. En la firma española pasó cuatro décadas, hasta junio del año 2000, cuando se jubiló. Tiempo atrás, a inicios de los 90, la conocí, al empezar a frecuentar esporádicamente la boutique, entrevistándola poco antes de su jubilación. Me admiraban su melena rubia, su voz grave de fumadora y su estilo. Me recordaba a una diva. ¿Quizá Dalida? Para mí, era la señora con más clase de la Villa, que además tocaba el piano de manera portentosa, como luego supe.

«La clientela de Bilbao es muy fiel», titulé mi entrevista con sus palabras –¡qué tiempos aquellos de fidelidad en las compras, lejos del maremágnum en el sector provocado por Internet!–, publicada en el periódico mensual Bilbao. A Loewe se iba a comprar un buen bolso, un fino pañuelo de seda o un conjunto en napa 7000, sí, aunque también a «hacer tertulia». Algunas de las fieles eran las neguríticas Lolo Artiach y Pepa Rezola.

En 2013, desaparecía aquel emblemático establecimiento de la plaza Moyúa, y un lustro después de Bilbao. Adiós a un gran nombre símbolo de la calidad; una gran pérdida para una ciudad que presumía de cosmopolita, y que sin duda entristeció a Inés, tan inquieta e implicada en ella. Había estado casada con Francisco «Quico» Mochales Iza, relaciones públicas de El Corte Inglés de Bilbao y muy querido en la Villa, al ser pionero en la creación de la Semana Grande. Madre del escritor y pintor Enrique Mochales (1964-2015), fallecía este jueves por la tarde, como me comunicaba mi amigo Jon Aguirre Larrañaga, quien fue director de Loewe en Francia durante los últimos años. E Inés se fue, sin hacer ruido, de manera discreta, como la gran dama del buen gusto que siempre fue.

Temas

Moda