Las mascotas de Danel Elezkano

«Siempre van detrás de la máquina de cortar hierba»

Danel, 'Elezkano II', con sus perros Baltz y Noa en el jardín de su casa de Dima./fotos: borja agudo
Danel, 'Elezkano II', con sus perros Baltz y Noa en el jardín de su casa de Dima. / fotos: borja agudo

Carlos Benito
CARLOS BENITO

En casa de Danel Elezkano hay dos perros y un hueco, porque la ausencia del tercero de sus pastores vascos casi pesa tanto como la presencia de los otros dos. Basti, que murió el año pasado, fue el primer perro de la familia y sigue sirviéndole al pelotari como foto de su perfil en WhatsApp. También es, cómo no, el punto de partida inevitable para hablar de Noa y Baltz, que dejan de corretear por el jardín y se quedan junto a los humanos, no está muy claro si para resguardarse del agresivo sol de la tarde o por escuchar todo lo que cuentan de ellos.

«Mi hermano Ander quería un perro y en 2008 un amigo de aita nos trajo a Basti de Orozko», relata Danel. «En realidad -corrige Ander-, los dos queríamos un perro, pero durante muchos años no teníamos jardín y era complicado. Luego se hizo esta casa de Dima y ya pudimos». Basti llegó a sus vidas con dos meses, un muñeco pequeñito y curioso, y acabo convirtiéndose en un ejemplar espléndido: «Era muy bueno, muy formal. Le encantaba el agua: dejábamos la puerta abierta y se iba al río. En cambio, estos dos odian el agua, echan a correr en cuanto abres una manguera». Años más tarde, un amigo les regaló a Noa, una cachorra traviesa que hoy se ha vuelto ya mucho más tranquila, quizá -quién sabe- por lo pronto que tuvo que asumir responsabilidades adultas. Porque, por mucho que los humanos se esforzaron en impedirlo, Basti no dejó escapar los primeros celos de su compañera y el resultado fue una camada de cinco perritos. «Nos quedamos con el más grande, Baltz».

A Basti se lo llevó hace un año una enfermedad del corazón. «Fue una cosa muy rápida. Nos habían dicho que era un catarro y, al mes o así, cuando volvió Ander de vacaciones, se murió», explica Danel. Fue una despedida dolorosa: no solo se trataba del primer perro de la casa, sino que servía de vínculo con la figura del padre, también fallecido: «Basti había pasado mucho tiempo con aita, solía ir a por setas con él. Ya lo creo que lo sentimos mucho».

Noa y Baltz, la madre y el hijo, se parecen pero no tanto: «Los dos son muy cariñosos. Él a lo mejor más, aunque también es más bruto. Pero, por ejemplo, él es un loco de la pelota y ella, si se la lanzas, ni siquiera va a por ella. Baltz quiere jugar todo el rato y Noa no. Ella también se busca más la vida: a veces se nos van y Noa vuelve, pero Baltz se queda sin saber cómo pasar la valla». Los dos pastores vascos disfrutan del privilegio de su terreno exclusivo, cubierto de hierba y salpicado de árboles, con una huerta fragante en la que los humanos cultivan vainas, calabazas, tomates...

Arrancar puerros

«Alguna vez nos han arrancado los puerros. Habíamos puesto unos cuantos cientos y quitaron un montón. De pequeños, solían hacer trastadas: dejabas secando unas zapatillas y aparecían en otro lado, o rotas. Y los dos van siempre detrás de la máquina de cortar hierba, yo creo que lo aprendieron del mayor». ¿Y eso? «Una vez, aita le pilló a Basti una pata con el cortacésped. Después de aquello, siempre lo perseguía para morderle la rueda».

A Danel, 'Elezkano II' en los frontones, le gusta tener a los perros cerca cuando está cultivando la huerta, o dar paseos con ellos por los alrededores. «Son los únicos que se alegran de verte todos los días. En los ratos libres, suelo estar jugando con ellos. Bueno, con él, y con ella cuando le apetece. Son dos más en la casa».

Noa y Baltz

Raza:
pastor vasco.
Edad:
Noa (a la derecha en las fotos) tiene 5 años. Su hijo Baltz, 4.
Peso:
Noa, alrededor de 20 kilos. Baltz, 34.
Carácter:
los dos son muy cariñosos, pero Baltz suele mostrarse más juguetón.

Danel Elezkano

Pelotari.
De pequeños, él y su hermano no tuvieron más mascotas que unos cuantos peces. «Hubo un montón en casa, pero la verdad es que no les hacíamos ni caso y aita tuvo que ponerles un comedero automático. Íbamos al PIN y volvíamos con algún pez».