La mascota de Alex Rayón

«Se zampó la comida entera de una familia»

Alex Rayón juega con Luna en el salón de su domicilio, en Bilbao./BORJA AGUDO
Alex Rayón juega con Luna en el salón de su domicilio, en Bilbao. / BORJA AGUDO

Carlos Benito
CARLOS BENITO

Cuando Alex Rayón empezó a salir con la que hoy es su mujer, tardó en enterarse de que esa relación iba a suponer su debut forzoso en el mundo de las mascotas. «¡Es que me ocultó que tenía perro!», exclama, con el mismo asombro que el día que por fin lo supo. Empezaron a convivir hace cinco años, con Luna incluida en el paquete, y el pobre Alex recuerda aquellas primeras jornadas como una tortura que ni siquiera el amor lograba aligerar: «¡Fue un infierno! Yo soy supermaniático de la limpieza y tenía la casa impoluta, llena de alfombras blancas», explica. Ese blanco inmaculado pronto se fue ensombreciendo hasta adoptar lo que podríamos llamar color beagle. «Yo, iluso de mí, pasaba la aspiradora una y otra vez para quitar los pelos, pero eso duró un mes. ¡Tuvieron que desaparecer las alfombras!», se resigna el vicerrector de Relaciones Internacionales de la Universidad de Deusto, ante las lógicas risas de su esposa.

Alex Rayón

-
Vicerrector de Relaciones Internacionales de la Universidad de Deusto. Nunca había tenido mascota antes de Luna. «Mi madre odiaba a los perros, porque decía que soltaban pelo. Ahora ya no: cuando viene a casa, les da besos a mis hijos y a Luna».

Quizá sea esa condición de propietario accidental de Luna lo que le hace particularmente sensible a su anecdotario, una colección de historias que podrían dar para un hilarante monólogo. En realidad, buena parte de ellas tienen que ver con el aparato digestivo de la perra y, más concretamente, con sus dos extremos. «Luna es una zampabollos, como todos los beagles. En la cena, sabe perfectamente cómo aumentar las probabilidades de conseguir algo: se pone al lado de nuestro hijo Diego, que es el eslabón débil. Pero su apetito nos ha dado algunos disgustos. Una vez, en Aizkorri, una pareja estaba comiéndose sus bocatas de tortilla y una bolsa de patatas fritas. Le ofrecieron una patata, '¡perrito, perrito!', y Luna se comió de un mordisco medio bocata de él. Todavía estaban reaccionando cuando se tragó el de ella. Y, después, metió la cabeza en la bolsa de patatas, se le quedó encasquetada y se marchó con ella puesta. Se mosquearon un poco», relata.

En la puerta del hotel

«Otra vez -añade-, en la montaña palentina, a 1.400 metros, había una familia con dos niños comiendo, sobre una mantita. No tuve tiempo de agarrar a Luna y se zampó la comida entera. ¡Yo pensaba que el padre me pegaba! Huimos de allí como si hubiésemos robado algo».

Ese nivel de ingesta tiene sus consecuencias, que Alex observa -y recoge del suelo- con estupefacción. «Hace cacas de caballo en mitad de la riqueza de Bilbao, sin ningún miramiento: le encanta hacerlo delante del hotel Ercilla. Un día, echó una especie de boñiga de vaca justo en la puerta de la jamonería, donde entran señoras con más dinero que todo Bilbao junto. ¡Hasta en la catedral de Sevilla soltó un misil!», se pasma. Más allá de esos sobresaltos, Luna es cariñosísima -a los diez segundos, ya está ofreciendo la panza a las visitas-, infinitamente testaruda y tirando a maniática: «No soporta que nadie mueva su cojín: es su única posesión, su único activo, su casa. Detesta la ropa de invierno y, si le pones chamarra, sale a la calle con cara de vergüenza. Y odia el agua y el baño. En Mérida, estaba muerta de sed, vio el río, se acercó a beber... y se cayó al Guadiana, pero consiguió no mojarse la cabeza».

Luna

Raza:
beagle.
Edad:
en junio cumple los 9.
Peso:
13 kilos.
Carácter:
cariñosa, tragona, testaruda y silenciosa.
¿Alguna manía?
No tolera que nadie mueva el cojín donde duerme.

Por supuesto, Alex ya no se acuerda de sus alfombras y está loco por 'La Orejas', como la llama en las redes. «Somos cinco de familia: nosotros, nuestros dos hijos y ella. Los perros me parecen muy recomendables para la crianza de niños. Gracias a ella, tenemos más ordenada la casa, porque Diego recoge sus juguetes para que no se los coma Luna. Y yo estuve malo un verano, con 40 de fiebre, y toda la familia me repudió. ¡Nadie me hacía caso más que ella!».

Temas

Bilbao