La vida contradictoria de Pilar Careaga, la alcaldesa franquista de Bilbao
El historiador Mikel Urquijo presenta la biografía de una figura que rompió moldes (fue la primera ingeniera de España) a la vez que defendía relegar a las mujeres al hogar: «Tuvo una fidelidad política absoluta al régimen»
Cuando uno repasa la vida de Pilar Careaga, la alcaldesa franquista de Bilbao entre 1969 y 1975, tiene a veces la impresión de estar leyendo ... sobre dos personas distintas. Por un lado, está la mujer que rompió muchos moldes a lo largo de su vida e hizo cosas impensables para la inmensa mayoría de las españolas: fue la primera ingeniera del país y también la primera mujer que condujo un tren, ya en su juventud viajaba de aquí para allá para dar mítines y conferencias y, más tarde, ocupó importantes cargos institucionales en un mundo abrumadoramente masculino (por supuesto, también fue la primera al frente del Ayuntamiento de una capital de provincia). Pero, a la vez, siempre defendió una ideología de ultraderecha poco generosa con las mujeres, para las que planteaba un destino inexorable como esposas, madres y guardianas del hogar y de la fe.
«Lo más interesante de ella es esa contradicción: fue una mujer de extrema derecha, con un mensaje de que las mujeres tenían que ser madres y esposas, pero llevó una vida pública activísima. Las mujeres en casa, pero yo no. Todo el mundo sabe que fue alcaldesa, pero fue la única mujer miembro de la Diputación de Bizkaia en todo el franquismo, fue procuradora en Cortes, estuvo en todo tipo de asociaciones... Y nunca para figurar, porque era una mujer ejecutiva, resolutiva», resume Mikel Urquijo, catedrático de Historia Contemporánea de la EHU/UPV, que presentará el miércoles su libro 'Pilar Careaga, la alcaldesa de Franco'. Esa «contradicción entre discurso y actuación» queda bien reflejada en el subtítulo del volumen, 'una mujer moderna con un discurso antiguo'. Para elaborar la biografía, Urquijo ha rebuscado en 28 archivos y centros de documentación, pero además ha podido acceder a los fondos privados de la propia Pilar Careaga: cuando ya estaba redactando el texto, la Fundación Gondra Barandiarán los adquirió y los donó al Ayuntamiento de Bilbao.
Careaga era lo que el historiador llama «una madrileña de Neguri». Nació en 1908 en la capital, pero pertenecía a la altísima burguesía vizcaína (lo que Unamuno designó como 'nuevos condes siderúrgicos') y pasaba los veranos en Getxo, donde se afincó a partir de los 40. Urquijo aporta unos cuantos datos que permiten hacerse una idea de sus orígenes en la élite: en el padrón de 1910, aparece que la familia tenía empadronadas en su piso de Madrid a ocho personas de servicio, a las que quizá habría que sumar algún trabajador externo, y la propia Pilar había heredado antes de cumplir los 20 el equivalente en poder adquisitivo a veinte millones de euros actuales. «Formaba parte de ese núcleo de poder económico y político», resume el autor. Aprovechó su privilegiado punto de partida de manera muy diferente a la de otras hijas de 'buena familia'. Sabía conducir desde los 10 años, participaba en regatas y, si su padre lo hubiese permitido, seguro que habría cumplido su sueño de pilotar un avión. Y, por supuesto, primero cursó los estudios de perito aparejador y después los de Ingeniería Industrial, opción insólita para una joven de la época: como práctica de la asignatura de Ferrocarriles, llevó el tren rápido de Madrid a Gijón y de vuelta. «Tuvo una educación que no tenían las mujeres de su época, y no solo porque estudiase ingeniería: viajó, hablaba idiomas... De niña tuvo una institutriz escocesa y otra bávara», detalla Urquijo.
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El libro. 'Pilar Careaga, la alcaldesa de Franco' tiene 254 páginas, está publicado por Catarata y cuesta 20 euros.
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La presentación. Será el 3 de diciembre en el salón de actos de las Juntas Generales de Bizkaia, en Bilbao. Intervendrá la diputada Teresa Laespada.
Tampoco era muy habitual su activismo político, que ya estaba en marcha a comienzos de los años 30. Ahí se funden las dos vertientes del personaje: tenía una movilidad de mujer progresista, pero ya divulgaba la que fue siempre su ideología. En su caso, no se puede hablar de evolución, más allá de que acabó transfiriendo su modelo monárquico a la figura de Franco: desde aquellos comienzos hasta su muerte, siempre fue «una ultra total», en expresión del historiador, primero en Juventud Monárquica y Renovación Española, después en Falange y finalmente en Fuerza Nueva. En sus mítines durante la República, negaba la condición de españoles a «los que reniegan del nombre de Dios», defendía el lema 'Dios, patria y rey' y atribuía a las mujeres la responsabilidad de transmitir los valores tradicionales. En 1933, impartió en Bilbao una conferencia de título a la vez esclarecedor y estremecedor: 'Circunstancias, requisitos y condiciones para hacer viable el golpe de Estado'.
Como figura destacada de la derecha más radical, fue detenida al producirse el golpe del 36 y recluida en las prisiones bilbaínas de Larrinaga y los Ángeles Custodios. Toda su vida se enorgulleció de ese tiempo en la cárcel, así como de su labor posterior en la Asistencia a Frentes y Hospitales de Falange, que le valió ser condecorada por el régimen franquista. Su activismo se centró después en un antinacionalismo que abarcaba desde los nombres en euskera («los Koldobikas, Edurnes o Escarnes», escribió en una ocasión) hasta los curas vasquistas (cuya mera existencia no acertaba a entender), a la vez que se multiplicaba en entidades religiosas y benéficas. En 1964 la nombraron diputada provincial... ¿Por qué logró prosperar en la política de la dictadura, masculina hasta la médula? «Era una mujer más formada que algunos hombres, de una fidelidad política absoluta al régimen. En los 60 empieza a haber más presencia femenina en ayuntamientos y diputaciones y, entre las mujeres, ella destaca. Y además respondía en su manera de actuar al patrón masculino: era la mujer que mejor encajaba en ese universo de hombres», analiza Urquijo.
Sin licencia del marido
Hay un momento en el que sus dos facetas colisionan, y es seguramente el lance más curioso de toda la biografía. En 1967, quisieron proponer a Pilar Careaga como consejera nacional del Movimiento y quizá procuradora en Cortes, pero su esposo, Enrique Lequerica, no concedió la preceptiva licencia marital. En la correspondencia particular conservada en su archivo se puede comprobar que ella no se rebeló contra esa imposición: «La acepta. En las cartas escribe que ella quería pero su marido había dicho que no. O, más bien, que no le había dicho que no, pero que ella ya sabía lo que quería decir. Son cartas en confianza y simplemente dice 'ya sabes cómo son los vizcaínos'. A mí eso me chocó, porque ella ya llevaba tiempo metida en muchas actividades, pero siempre eran aquí», comenta el autor. Eso sí, más tarde el marido cedió, porque acabó siendo procuradora en Cortes. Ya en su juventud había declarado al diario 'El Sol' que, en un futuro matrimonio, aspiraba a sentirse «dominada».
Cuando la designaron alcaldesa en 1969, a nadie se le pasaba por la cabeza que una mujer pudiese estar al frente de una gran ciudad. Comparar a los alcaldes del franquismo, cuyo papel era más bien el de delegados del Gobierno, con los de la democracia no tiene mucho sentido, pero... ¿qué tal lo hizo si la medimos con los nueve hombres que ocuparon la Alcaldía durante la dictadura? «Los Ayuntamientos de ese periodo tenían muy poco presupuesto, prácticamente solo para el gasto corriente. Cuando querías algo, tenías que ir a Madrid a negociar con el ministerio un crédito extraordinario. Ella fue una ejecutora de planes, pero no una diseñadora como Hurtado de Saracho o Javier Ybarra. No tenía un Bilbao soñado. Como todos los alcaldes de entonces, estaba muy lejos de los ciudadanos. ¿Hizo cosas? Sí. ¿Y la ciudad cómo estaba? Pues mal. En general, los ayuntamientos franquistas no solucionaban las carencias materiales: el asfaltado, los semáforos, la luz... Además, a ella le toca un momento especialmente complicado, con el Régimen muriendo, y no tiene ninguna mano izquierda», desarrolla Urquijo, que rescata algunos aspectos muy curiosos de aquella época clientelista, como las numerosísimas peticiones de recomendación que recibía: para empleos, para viviendas municipales, para licencias de taxi, para puestos en Mercabilbao, para anular multas o incluso para aprobar una asignatura (y ahí hay que citar a Juan Echevarría Gangoiti, catedrático de Economía del que la propia Careaga decía que era «inaccesible» y se negaba a favorecer a recomendados). Hasta Carrero Blanco pidió, y 'sorprendentemente' consiguió, una plaza de conserje para un enchufado.
La alcaldesa de Franco mantuvo enfrentamientos feroces con la prensa y con las asociaciones de vecinos, cada vez más activas. Una coplilla popular decía de ella que era «el mayor cacique / que dio la Neguridad». Dimitió en 1975, cuando hasta un concejal había pedido su retirada, y en vez de reconvertirse a la democracia buscó refugio ideológico en formaciones de nostalgia ultra como Fuerza Nueva. En 1979 volvió a la actualidad como víctima de un atentado: cuando iba a misa en Neguri con su marido, en un 127 que conducía ella, un joven se acercó y disparó seis veces. Resultó herida en el pulmón y la tráquea, con secuelas que duraron hasta su muerte en 1993: fue también la primera mujer a la que ETA intentó asesinar.
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