Toda una vida en 'La casa'

Pablo Gregorio, José Antonio Martín, Maite Blanco, Felipe Rodríguez y Nieves Morejón./Ignacio Pérez
Pablo Gregorio, José Antonio Martín, Maite Blanco, Felipe Rodríguez y Nieves Morejón. / Ignacio Pérez

Entraron siendo unos críos y han salido con nietos. Cinco antiguos empleados de El Corte Inglés recuerdan su paso por un centro que revolucionó el comercio

Luis Gómez
LUIS GÓMEZ

Incluso los más veteranos del grupo se sorprenden de que El Corte Inglés de Bilbao acabe de cumplir 50 años. Pero gente como Pablo Gregorio -Goyo, para los colegas- o José Antonio Martín, jefe durante tres décadas «del departamento de caballeros», lo atestiguan. En 1969 eran unos críos. Pasaron de vestir pantalones cortos a uniformarse para atender en los grandes almacenes. Se incorporaron cuando el centro abrió sus puertas: el 24 de mayo de hace medio siglo. Goyo, para ser más exactos, dos meses después.

Desfilaron, como casi todos sus compañeros, por un sinfín de secciones. Entraron con 14 años e hicieron de la empresa -a la que todos se refieren como «'La casa'»- 'su' casa. Vivieron, trabajaron y muchos hasta se enamoraron y casaron con colegas. El mismo Martín -todos se dirigen en el centro por su apellido- o la madrileña Blanco (Maite), empleada inicialmente en el de Preciados de la capital española. «Era muy joven y me invadía el temor sobre el carácter serio de los vascos, pero a los 19 años me trasladé a Bilbao para casarme con uno», evoca. Ese 'uno' era también un colega del trabajo, pero durante un tiempo se vieron «a escondidas» porque entonces no estaba bien visto lo de emparejarse. Hasta que estalló el amor.

Nunca se arrepintió del cambio Maite, que empezó a curtirse, siendo una quinceañera, en «probadores» y acabó como responsable de perfumería, también se dedicó a la venta de sábanas y mantelerías. «Familiaricé a los hombres con los 'after-shave', hidratantes y desodorantes», subraya. Nieves Morejón, de 63 años, ha sido la última del grupo en jubilarse. Dijo adiós el sábado de la semana pasada y a su despedida acudieron numerosos compañeros. «Esto ha funcionado siempre como una familia», expresa orgullosa. Entró en el verano de 1971, solo tres días antes del inicio de las rebajas, con la idea de trabajar únicamente dos meses y tras prometer a sus padres que concluiría el tercer y último curso de Secretariado.

Nieves Morejón, la primera a la derecha, en la antigua sección de discos, junto a dos antiguas compañeras.
Nieves Morejón, la primera a la derecha, en la antigua sección de discos, junto a dos antiguas compañeras.

«Una señora me preguntó qué aparato le vendí: había metido a su perro en el microondas y se abrasó»

«Para comprarme ropa»

Aún lo tiene pendiente. «Empecé a los 15 años para sacarme un dinerito y comprarme ropa». Cuesta, su primer jefe, «me trataba como si fuera su hija» y le auguró «un gran porvenir». Además, sabía alemán, que aprendió al pasar 8 años en Alemania, donde su padre se dedicaba «al negocio de incubadoras». Nieves, a la que todos conocían como 'La Raulito' por su enorme parecido con la protagonista de la película argentina del mismo título que arrasó en 1975, constituye la excepción. Jamás la movieron, algo inusual. Siempre estuvo en la sección de discos. «¡Los que he podido vender en la época de oro de la música!», recuerda.

A Felipe Rodríguez todavía le siguen parando antiguos compañeros a su paso por distintos stands. «¡Pero qué joven estás!», le piropea Mari Carmen en el ascensor. «Pero dejas de venir unos meses por aquí y ya no conoces a mucha gente», confiesa. Rodriguez, que entró luciendo un poblado mostacho de los que tanto se estilaban en los setenta, nunca olvidará a aquella clienta que le pidó explicaciones por el funcionamiento de uno de los primeros microondas que despachó en los años 80. «Me llegó diciendo que qué clase de aparato le había vendido. Que había metido a su perro para secarle después de lavarle y que se le había abrasado», detalla.

Este quinteto forma parte de las más de 15.000 personas que han trabajado durante este medio siglo en el centro comercial. No se puede decir que hayan estado con los brazos caídos. Más de 500 millones de personas han pasado desde 1969 por las instalaciones de Gran Vía y Ercilla -a raíz de la compra de la antigua Galerías Preciados- y no podían perder el tiempo. El cobro de comisiones por cada venta realizada les garantizaba ingresos extraordinarios. «Eran un valor añadido», coinciden.

Pero antes de tratar directamente con la clientela había que currárselo mucho. Martín, que se jubiló en 2018 tras cumplimentar una hoja de servicios de 49 años, empezó de repartidor y luego se pasó cuatro meses recogiendo «a todas horas» pantalones al lado «del vendedor oficial». Además de despachar relojes y calcetines, reinventó, a su manera, el área de ropa interior. «No tenía demasiada visibilidad y empecé a relanzar el calzoncillo 'boxer'», asegura.

La lámpara fue una de las señas de identidad decorativa de los grandes almacenes, abiertos el 24 de mayo de 1969.
La lámpara fue una de las señas de identidad decorativa de los grandes almacenes, abiertos el 24 de mayo de 1969.

Formación personal

Todo destacan como aspecto «capital» la «formación» y las posibilidades de ascenso. «Nos preparaban personal y profesionalmente», agradece Martín. Rodríguez, que empezó a los 16 años vistiendo una corbata de punto granate y nudo gordo, siguió en El Corte Inglés, pese a aprobar unas oposiciones en el Banco Pastor. «En el banco me pagaban 3.500 pesetas y aquí, 6.000», relata. Y no se lo pensó.

Pero no solo por el dinero. También «por el buen ambiente». Aunque la gente ya no lo recuerde, durante mucho tiempo el centro cerraba a mediodía y, hasta no hace demasiado, también los sábados a la tarde. Y, claro, los empleados aprovechaban para «ir juntos a comer un bocadillo» y, cuando hacía calor, a darse un chapuzón a las piscinas. En alguna de estas escapadas Felipe conoció a Presen, con la que se casó. «Entramos con pantalones cortos y salimos con nietos». Otras veces comían en la cafetería y jugaban a las cartas antes de volver al trabajo.

Acabaron la partida y también su periplo profesional. Si el principal grupo de distribución español festeja por todo lo alto su efemérides bilbaína bajo el epígrafe 'mirando el futuro', ellos encauzan su futuro de forma individual, pero sin desvincularse totalmente de la que fue 'su' casa. «Son historia viva de El Corte Inglés», resume Carmelo Lezana, director de Comunicación. Lo sabe Pablo Gregorio, al que todavía le saludan al grito de «¡Goyo, guapo!».

Miles de padres acercaban en Navidades a sus hijos a los escaparates de Gran Vía para el espectáculo de Cortylandia.
Miles de padres acercaban en Navidades a sus hijos a los escaparates de Gran Vía para el espectáculo de Cortylandia.

En cifras

1,5 millones de referencias de artículos
poseen los grandes almacenes bilbaínos, que ocupan una superficie superior a los 30.000 metros cuadrados.
Dos ampliaciones.
La primera tuvo lugar en 1974, con un solar adyacente de 3.000 metros cuadrados. Y la segunda, en 1995.
5º centro de España.
Ha dado trabajo desde 1969 a más de 15.000 personas.

«Todo se hacía a mano y con el talonario»

Medio siglo da para mucho. Los trabajadores de El Corte Inglés las han visto de todos los colores. Cuentan que empezaron trabajando con talonarios. Recuerdan que no había entonces terminales y que todo lo tenían «que hacer a mano». Empezaban desde los escalafones más pequeños y hacían «prácticamente de todo» para conocer a fondo la empresa. Goyo, por ejemplo, empezó en el departamento de reparto, de ahí pasó a cambios y devoluciones, para dedicarse un tiempo a vender mantelerías, entre otros artículos, antes de reubicarle en el laboratorio de fotografía y acabar en la sección de Pérdidas.

Tanto tiempo les ha llevado a una conclusión: «Los clientes son casi siempre los mismos. Nosotros hemos vendido a toda la familia: a abuelos, padres y nietos», argumenta José Antonio Martín.