Vecinos de El Regato vuelven a la mina para evocar su pasado

El tiempo no acompañó durante casi toda la mañana./L. Ángel Gómez
El tiempo no acompañó durante casi toda la mañana. / L. Ángel Gómez

El Ayuntamiento de Barakaldo organiza una marcha de casi tres horas con paradas en las viejas explotaciones más relevantes de la época

Luis Gómez
LUIS GÓMEZ

Puede que El Regato no tenga nada que ver con lo que era hace unos siglos. Sin embargo, entre los algo más de 250 vecinos de este populoso barrio baracaldés permanece intacto el sentimiento de arraigo y pertenencia a un pueblo que floreció gracias a la actividad de sus minas de hierro. Por eso no son pocas las personas a las que les gusta echar una mirada al pasado, aunque solo sea una vez al año, y tirarse al monte.

Lo volvieron a hacer ayer al acercarse a las faldas de Arnabal y Mendibil, hasta donde llegaba el mineral procedente La Arboleda. «En la mina de las Julianas parte de la explotación era a cielo abierto, aunque en otras zonas bien que se excavaba. ¡Sólo hay que ver el hundimiento!».

Los excursionistas caminaron también en paralelo a la cuenca del Castaños, donde funcionaron las vetas de Teresas y la de Polveros. «Casi todas tenían nombre de mujer», detallaba orgulloso Mikel Antizar, concejal de Acción Social del Ayuntamiento de Barakaldo. «Siempre hablamos de las grandes industrias pesadas, como los Altos Hornos de Bizkaia y La Naval, pero antes tuvimos grandes explotaciones», recalcaba el edil, natural de El Regato, donde nació, creció y, «por supuesto», sigue viviendo.

Por Santa Bárbara, patrona de los mineros, el Consistorio fabril echa todos los años una mano a la comisión de Fiestas para «poner en valor nuestro pasado e historia y saber de dónde venimos», subrayaba Luciano. Con la organización de una salida por Urdandegieta guiada por este voluntario, al que todo el mundo llama Lucky, vecinos y foráneos tienen la oportunidad de descubrir vestigios mineros, aunque, por desgracia, quedan muy pocos. De la ferrería de Castaños, por ejemplo, apenas se mantienen en pie unos cuantos muros de contención. Lógico que a los excursionistas les costase imaginar que en el terreno que pisaban se extrajesen en su día miles de toneladas de hierro, que casi siempre terminaban enviándose a Inglaterra.

Pese al frío y la lluvia, un nutrido grupo pasó la mañana entre ferrerías y antiguas canteras de caliza

Junto al viejo pantano

Si la vida de los mineros nunca fue fácil, tampoco lo fue ayer para los valientes que, desde las 9.30 horas de la mañana, pertrechados de bastones, chubasqueros y gorros, desafiaron al frío y la lluvia. Con apenas 7 grados y el terreno impracticable en algunos tramos, más de uno estuvo expuesto a un inoportuno resbalón. Tras hacer una «breve paradita» en el pantano viejo, como lo llaman los lugareños, o el de Etxebarria, la marcha, río arriba, se dirigió hasta el Puente Perillas.

Allí funcionaron en su momentos los caudalímetros que controlaban el estado de los embalses. Apenas queda rastro de los mismos. «Y si miran a la derecha -apuntaba Lucky- aquel muro servía de presa y un poco más adelante hubo que desviar el cauce». Tras casi tres horas de caminata, los participantes enfilaron hasta los encinares de Tellitu, donde se aprecia aún la huella de las explotaciones más recientes de caliza», antes de alcanzar la plaza de El Regato, donde concluyó, bajo el envolvente olor de las putxeras, un recorrido a un pasado cuyo aroma nadie quiere olvidar.

 

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