El último paseo de las gallinas de Omar
El avicultor de Muskiz afronta la orden de confinamiento con resignación: «Hacemos lo que nos digan, pero lo de este año es una exageración»
Dice Omar Torrejón que, en realidad, las gallinas son bastante más listas de lo que solemos pensar, pero está claro que esa inteligencia suya no ... les da para saber de gripe aviar, ni tampoco para sospechar que este paseíto que se están dando va a ser el último en una temporada. Un viento desatado azota la ladera del monte Mello, en Muskiz, donde se encuentra la granja Bildotxi, y algunas de las tres mil aves han preferido refugiarse: «Si el viento nos molesta a nosotros, imagínate a ellas, que pesan dos kilos». Pero las demás recorren entre alborotados cacareos sus dos hectáreas de terreno, ese campo que las hace gallinas camperas, y se centran en los placeres de la vida: picotear hierba, brotes, bichillos y, si hay suerte, algún jugoso caracol. Uno tiene la sensación de que sonreirían si el pico se lo permitiese.
«Ellas salen a primera hora de la mañana, cuando les abrimos, sobre las nueve, y se vuelven dentro al oscurecer. Por aquí andan a su bola, buscando sus historias: aprovechan los nutrientes que les ofrece el campo», explica Omar, que lleva 25 años con las ovejas y las gallinas y fue uno de los primeros en apostar por criar aves en libertad. ¿Cómo ve él la obligación de clausurarlas? «No sé por qué este año le están dando más cancha al tema de la gripe aviar, pero está siendo exagerado. La gripe pega todos los años, y otras veces hemos tenido que cerrarlas también y ni siquiera hemos salido en las noticias. Nosotros hacemos lo que nos digan, pero desde luego no soy partidario: aquí no somos zona de paso de aves migratorias. Si hubiera un caso, yo sería el primero en decir que hay que hacerlo, pero así...».
Al día siguiente, hoy, las cosas serán distintas: la orden de confinamiento trastocará las rutinas del gallinero. Las compuertas permanecerán cerradas y las aves se quedarán bajo techo, en ese espacio provisto de aseladeros (las perchas donde duermen, a cierta altura del suelo), ponederos, comederos y bebederos. Seguirán viviendo mejor que sus congéneres enjauladas, pero a Omar le da rabia tenerlas así: «Como mejor están es sueltas. Estas gallinas se han criado libres y pasan entre siete y nueve horas al aire libre. Ahora las dejas dentro y son como nosotros cuando nos confinaron: se estresan, se pegan y llegan a aplastarse porque las compuertas no se abren. Incluso puede bajar la puesta. Aquí fuera suelen hacer un agujero para espulgarse, se limpian con tierra: al cerrarlas, les ponemos una zona para que puedan hacerlo dentro. También les metemos unos fardos de alfalfa lo más verde que se pueda, para que sigan picando. Es como llevarles el campo dentro», especifica.
Protegido de por sí
No obstante, el ganadero puntualiza que la precaución ante las enfermedades es, desde hace mucho tiempo, una costumbre en su explotación. «Esto está protegido de por sí. Solo entramos nosotros y el veterinario. Mira las ventanas, están todas cubiertas con mallas pajareras, para que no pueda colarse ningún ave. Tenemos el cierre perimetral y un pediluvio en el sitio por donde entramos, para desinfectar las botas. Los piensos están en unos silos y llegan por una cinta sin fin. Y nunca ponemos agua ni comida fuera, porque podrían atraer a otros animales: podría acercarse, por ejemplo, alguna gaviota», repasa. Tanta cautela no es solo por la gripe aviar: «Hay otras enfermedades: nos entra la salmonela y también tendríamos que matar a todas las gallinas». Y eso, apunta Omar, no solo supone un batacazo económico, sino también la muerte de muchas explotaciones: «Este es un sector envejecido y sin relevo generacional. Mucha gente mayor, si le toca una gripe aviar, lo deja».
–Se oyen muchas quejas por el precio de los huevos.
–Hay poco huevo y cada vez más demanda, porque no deja de subir. Se consumen más huevos: la gente va al gimnasio y toma ocho o diez. Pero han subido más los huevos industriales que los nuestros. Y todo cuesta más: la huevera de cartón para la docena valía doce céntimos y ahora anda por los veinte o veintidós, las cajas de embalar para veinte docenas han pasado de sesenta céntimos a euro ochenta, los piensos subieron un 65% tras la pandemia...
Ajenas a esas preocupaciones, las gallinas siguen a lo suyo en su pequeño universo de Bildotxi, con vistas a la montaña, a la factoría de Petronor e incluso a un retalito de mar, y también con los peligros de la libertad, como ese par de aguiluchos que sobrevuelan la zona: «De vez en cuando nos matan una, aunque me preocupan menos que los zorros», suspira Omar. Hoy las rapaces se extrañarán al ver que ha desaparecido su tentación de todos los días.
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