El largo camino de una bolsa de basura

Los vizcaínos generan al cabo del año casi 420.000 toneladas de residuos, un kilo por habitante y día. Te contamos en diez pasos el recorrido que siguen

Rubén Méndez se afana con una bolsa de basura./Fotos: Sergio García
Rubén Méndez se afana con una bolsa de basura. / Fotos: Sergio García
Sergio García
SERGIO GARCÍA

Los vizcaínos generan 1 kilo de basura por habitante y día, lo que representa unas 420.000 toneladas al año. Recoger cada una de ellas, reciclarlas, sacarles rendimiento energético y librarse de lo que no sirve cuesta 120 euros, 33 menos de lo que pagan los ayuntamientos. El CORREO ha seguido el camino de una de estas bolsas, desde que sale de casa hasta que una ínfima parte llega a vertedero convertida en escorias o regresa a los hogares, en forma de electricidad.

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Salida de las cocheras de Elorrieta

José Villanueva conduce el camión de la basura en Bilbao desde hace 23 años. Su jornada laboral arranca a las 5.30 horas, cuando sale de las cocheras de Elorrieta y recorre una media de 105 kilómetros al día –los martes 15 más, cuando va a Seberetxe, La Peña y Buia–. Zorrozaurre, Artxanda, Txurdinaga, Santutxu... así hasta la TMB del Ecoparque de Artigas. Dos veces. Son 160 paradas en siete horas de jornada laboral al volante de un vehículo capaz de cargar entre 7 y 8 toneladas de fracción resto, el contenido de los depósitos verdes. El viaje empieza aquí, en la esquina de la calle Artalandio con Julián Gayarre, en el bilbaíno barrio de Txurdinaga.

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Dentro de la cabina del camión

La cabina del Iveco es confortable y el olor, soportable, al menos hasta que se abren las ventanillas, lo que en verano sucede con relativa frecuencia. El habitáculo está equipado con un joystick para manejar las palas que atrapan el depósito y lo alzan para volcar su contenido en el interior del camión, y una cámara para ver en todo momento si lo que cae es estrictamente lo que has venido a buscar y no, por ejemplo, un indigente que se hubiera colado para guarecerse del frío, un fuego, animales muertos... El vehículo tiene capacidad para 12 toneladas, aunque no suelen cargan más de 7 o 8 por viaje. La ruta de José Villanueva no discurre por el centro; circula por avenidas más amplias y no entorpece tanto el tráfico. Su itinerario es diurno, «aunque de las críticas por los ruidos no nos libramos ninguno». A los 15 camiones que salen de noche hay que sumar tres de recogida orgánica, cuatro de cartón, cuatro de envases, uno de compost y dos lavacontenedores.

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Planta de Tratamiento Mecánico Biológico

El 53,52% de las 329.158 toneladas de recogida en masa o fracción resto que se retiraron el año pasado fueron a parar a la planta de Tratamiento Mecánico Biológico (TMB), el 43,69% a la de valorización energética de Zabalgarbi, y el 2,79% restante, algo más de 9.000 toneladas, al vertedero de Artigas. Cuando José Villanueva completa su circuito deja el material recogido en la TMB, cuya entrada está sometida a estrictos controles de seguridad y el paso por la báscula. A la entrada, una muralla de plásticos se interpone entre esta planta y la incineradora de Zabalgarbi, cuya descomunal chimenea asoma al fondo. La TMB, construida en 2014, diez años más tarde que la incineradora, sirve para recuperar la parte de la fracción resto que es reciclable. En otras palabras, lo que no hemos separado correctamente en casa: un brick de leche, una botella de champú, aluminio...

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Las entrañas de la TMB

Botas de seguridad, guantes impermeables, mascarillas autofiltrantes tipo FFP3, gafas ajustadas (tipo cazoleta), buzo de protección... El interior de la TMB no es un lugar por donde uno se pueda mover con libertad. Los protocolos de seguridad son estrictos y deben respetarse, no sólo por la naturaleza de la maquinaria que allí funciona sino por el riesgo sanitario derivado de los materiales con que se trabaja (el último episodio de 'fiebre Q' tuvo lugar el pasado febrero). El límite de velocidad de los camiones que se dirigen a descargar en el foso es de 10 km/hora y las comunicaciones se realizan por walkie-talkie para que los transportistas no abandonen la cabina. Por supuesto, no se puede comer, ni beber, ni fumar dentro de la planta. La fotografía nº 4 del operario de la TMBfue sacada desde el interior de un vehículo de Garbiker.

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El tratamiento de los residuos

Rubén Méndez se afana con una bolsa de basura que llega por cinta transportadora al primer puesto de triaje, donde se separan elementos extraños y voluminosos, desde felpudos hasta una aspiradora. Seis son los materiales reciclables básicos: Latas de refrescos (de aluminio o acero), botes de champú, bricks de leche, el film de la propia bolsa de basura, botellines de agua.... Del resto se obtienen residuos secundarios: rechazos propiamente dichos, como trozos de madera; el CSR (Combustible Secundario de Residuo), como restos de textil y otros plásticos, con contenido orgánico muy bajo o nulo; y el material bioestabilizado: peladuras de patata, plátanos... que pasan por una criba de 80 milímetros y luego se conduce a los túneles de secado que es donde se inertiza durante dos semanas para que pierda humedad y gane poder calorífico.

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La supervisión de la sala de control

David Ormaetxebarria supervisa desde las cámaras de la sala de control el funcionamiento de la TMB, donde trabajan 130 personas en tres turnos. El escenario impresiona, con decenas de cintas transportadoras funcionando a pleno rendimiento para conducir los desechos a puestos de triaje, a las trituradoras y a los trómeles (cribas giratorias que seleccionan los desperdicios por tamaño). Una vez que el pulpo ha atrapado las basuras y las ha depositado en las cintas, se realiza un proceso de tratamiento manual (el puesto de triaje donde operaba Rubén) o mecánico, con trómeles balísticos y separadores inductivos, magnéticos y ópticos. La fracción de orgánico que pase el filtro acabará en túneles donde se realizará el secado aprovechando el calor de su propia degradación, un proceso que se prolongará por espacio de dos semanas y que permitirá obtener un combustible de alto valor calorífico.

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El vertido en Zabalgarbi

La incineradora de Zabalgarbi –o planta de valorización energética, como prefieren llamarla sus responsables– es la infraestructura estrella del ecoparque de Bizkaia. Se inauguró en junio de 2005 y costó 190 millones de euros. Los camiones llegan hasta el foso y vierten allí los residuos que han llegado a través de tres vías: la TMB, directamente del contenedoro de las plantas de transferencias comarcales (estas dos últimas cuando el volumen de desperdicios excede la capacidad de la primera). Los camiones vierten de manera continua en un foso en depresión, llamado así porque extrae el aire y el oxígeno de esas montañas de desperdicios para su posterior aprovechamiento cuando combustione en el horno, logrando no sólo alimentar ese fuego sino eliminar los olores, que fuera del foso son inexistentes.

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El pulpo del foso incinerador

Mikel Salazar maneja el pulpo del foso de Zabalgarbi. Es fundamental mezclar bien la basura antes de alimentar el horno con ella. Los desechos bioestabilizados tienen un alto poder calorífico, más que el vertido crudo recogido en la calle, por ejemplo un día de lluvia. El gruista tiene que homogeneizar estos materiales al máximo para que la masa arda lo más y mejor posible. «Tenemos que quemar por encima de los 850º, siempre», explica José Pérez, portavoz de la planta, para así destruir las dioxinas y furanos que contienen los residuos. Esa es la teoría, porque en la práctica el horno alcanza temperaturas de 1.050º. Listo para que las escorias pasen la prueba del algodón.

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Arde en el horno

El horno en plena combustión, a 1.040º... y subiendo. Una vez se vierte el residuo homogeneizado al horno, se calienta el agua con la que se genera el vapor que luego se turbina para generar electricidad, la misma que alimenta al 35% de los hogares vizcaínos. El procedimiento se completa con un 'lavado de gases', para que esas emisiones que luego saldrán a la atmósfera estén depuradas, como se encarga de confirmar la Autoridad Ambiental del Gobierno vasco que observa el proceso en tiempo real desde una sala habilitada bajo la chimenea. Una inyección amoniacal al 23% para quitar el óxido de nitrógeno, lechada de cal para reducir la acidez de los humos y carbón activo micronizado para la adsorción de metales pesados. El 20% del aire que se emite vuelve al circuito y se aprovecha para regular la intensidad del fuego que no deja de latir en el horno, sobre un lecho de escorias y alguna que otra sartén que ni siquiera ese infierno desatado ha logrado fundir.

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Última parada: vertedero de Artigas

Sólo el 2,79% de la fracción resto que generó Bizkaia el año pasado acabó aquí, en el vertedero de Artigas. Lo depositado allí son los 'rechazos' de otras plantas, ya sea la de compostaje, los garbigunes o la propia TMB. Camiones y excavadoras se afanan en un espacio que escala la montaña por terrazas, permanentemente sobrevolado por cientos de gaviotas, rapaces y algún que otro buitre. El vertedero tiene capacidad para 1,19 millones de metros cúbicos y una vida útil que se calcula de 25 años a partir de 2017. El circuito lo remata una planta de lixiviados donde se tratan los líquidos derivados de la descomposición, pocos del vertedero al acabar allí materiales ya inertizados o del Konpostegia, donde se amontonan restos de poda y vegetales que luego se destinan a plantaciones.

Gráfico

Zabalgarbi desde el aire

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