«Sólo cinco de nuestra cuadrilla seguimos vivos»

Dos 'sin techo' pasan las horas en la plaza Indautxu. /LZ
Dos 'sin techo' pasan las horas en la plaza Indautxu. / LZ

La Diputación presenta el testimonio de 27 usuarios de los servicios sociales en un mundo marcado por la droga, el sida y la falta de un hogar

Jesús J. Hernández
JESÚS J. HERNÁNDEZ

'Yo me quiero reír como se ríe esta gente' es un título que le deja a uno pensando en los azares de la vida que nos pueden convertir en diferentes. Es también un libro presentado ayer por la Diputación con 27 historias de usuarios de los servicios sociales vizcaínos, un mundo marcado por la droga, el alcohol, el VIH o la falta de un hogar. La obra contiene un artículo del Alto Comisionado del Gobierno de España contra la pobreza infantil, Pau Mari Klose, que cita a Abraham Lincoln: «Todos nacemos iguales y es la última vez que lo somos». Para la diputada de Empleo e Inclusión Social, Teresa Laespada, «la exclusión no puede interpretarse como una característica propia del sujeto o como la confluencia de factores de riesgo en ciertos colectivos, sino que alude a un sistema que cierra las puertas de entrada a quienes no parten del mismo punto de salida».

Y ¿quiénes acaban en esos servicios públicos? Gentes como Eugenio, un bermeano de 52 años que cayó en la heroína. «Trabajaba en el puente de un pesquero y ganaba mucho dinero, más que los marineros. Ahí empezaron mis problemas». Con 19 años sufrió su primera sobredosis en Otxarkoaga y los sanitarios del hospital de Galdakao le salvaron «al borde de la muerte». Era un tiempo en el que las jeringuillas pasaban de mano en mano. «El mayor de mis amigos murió de sida con 21 años. Sólo cinco de la cuadrilla seguimos vivos. De mi generación murieron casi todos. En Bermeo cayó tanta gente que faltaban marineros para embarcar en las costeras». Portador del VIH, pero en una dosis indetectable, inició una nueva vida en Tenerife. Se alejó finalmente de una familia donde su padre era «alcohólico y maltratador». Antes se enfrentó a él por pegar a su madre en una pelea que acabó con un bar destrozado. Fue detenido, pero le soltaron rápido «porque supondrían los motivos» y, «desde entonces, a ella no la volvió a tocar».

Hubo otros que se salvaron por muy poco, como Koldo. «Tenía una vida normal. Mis hermanos ni fumaban y mi padre trabajaba en la metalúrgica de Erandio. Perdí el trabajo y empecé a consumir. Me diagnosticaron a la vez esquizofrenia paranoide y VIH. Me dieron tres meses de vida», recuerda. Ha cumplido 52 años gracias a que «llegó la medicación antirretroviral».

Paco tiene 49 años y ahora vive en Huelva. A su padre, que era estibador portuario, el alcohol le condujo al 'delirium tremens' y al manicomio durante una temporada. Murió cuando él tenía 15 años. Se buscó el pan en Cádiz, Málaga o Almería, e hizo de todo. Desde bracero en el campo a mendigar por la calle. Las borracheras le llevaron varias veces al calabozo después de alguna pelea. Se tiró «once años sin documentación». Habitual del albergue de Mazarredo, conoció allí a «la gente de Bizitegi, que me ayudaron». «Me fui quitando poco a poco del alcohol. Ahora estoy bien. La verdad es que nunca creí que esto iba a funcionar».

La frase

Paco (49 años):
«Me ayudaron a quitarme del alcohol y ahora estoy bien. Jamás pensé que esto iba a funcionar»

Hospitalizada 18 días

Lo suelta de golpe Josefa, como quien dice algo normal. «He pasado nueve años viviendo debajo de un puente». A sus 43 años, esta mujer de familia gitana recuerda que le casaron «con un niño enganchado a la droga». «Mi marido no hacía más que pegarme y maltratarme. Me cortó la cara con una navaja». Una vez se pasó 18 días en el hospital. Tenían cinco hijas y su miedo era que se las quitaran. Es lo que sucedió: ella trabajaba y habitualmente su pareja no iba a recogerlas al colegio. «Tenía que levantarme a las cinco de la mañana para darlas de comer antes de que él viniese a quitarme el dinero». Josefa también conoció la cárcel. Luego se pasó casi una década «en la calle, debajo de un puente, donde también me pegaban y robaban. Una vez me intentaron violar entre varios, pero no pudieron». Ahora lleva ocho años sin beber.