El Correo
Gonzalo Herradón junto a dos de las investigadoras de su equipo, Esther Gramaje (derecha) y Marta Vicente.
Gonzalo Herradón junto a dos de las investigadoras de su equipo, Esther Gramaje (derecha) y Marta Vicente. / ELVIRA MEGÍAS

El abuso de anfetaminas causa daños permanentes

  • farmacología

  • Investigadores de la San Pablo CEU demuestran cómo su consumo en la adolescencia produce una continua sobreestimulación cerebral que genera déficits en el aprendizaje y la memoria

La anfetamina y sus derivados sintéticos son drogas con un gran potencial adictivo cuya prevalencia de uso entre drogodependientes es muy elevada. Se estima que entre 14 y 56 millones de personas en el mundo abusan de estas sustancias. Además de las enfermedades psiquiátricas asociadas, el abuso de estas drogas en los adolescentes es especialmente preocupante dadas las posibles secuelas neurológicas que podría generar. Más aún cuando estas se comienzan a tomar entre los 14 y los 17 años y se consumen con fines recreativos asociadas a otras sustancias como el alcohol (lo que se llama policonsumo).

Aunque depende de la vía de administración, sus efectos al poco tiempo de consumirlas a altas dosis (recreacionales) son una sobreestimulación del sistema nervioso central muy marcada: exceso de euforia, agitación, movimientos estereotipados que no veríamos en un individuo normal y dificultad para centrarse en tareas específicas. Después, pueden llegar a producirse vómitos, crisis psicóticas (paranoia) y ataques de ansiedad, además de falta de sueño. Si se consumen a largo plazo, la interrupción abrupta del consumo puede producir síndrome de abstinencia caracterizado por excesiva fatiga y depresión, aunque no es tan marcado como en el caso de la heroína u otros opiáceos, y una fuerte dependencia psicológica: el individuo entra en el contexto en el que se suele tomar esas drogas y rápidamente las busca. Es más poderoso el deseo de consumirlas que la consciencia de los efectos nocivos que le está causando y no lo puede controlar. Una dependencia psicológica que a menudo puede durar años o ser de por vida, y que es la causa de las frecuentes recaídas, más aún si el individuo es re-expuesto a los lugares en que las tomaba o se rodea de consumidores.

Sobreestimulación cerebral

Ahora, además, un grupo de investigación dirigido por el profesor de Farmacología de la Universidad CEU San Pablo, Gonzalo Herradón Gil-Gallardo, ha demostrado que el abuso de anfetaminas durante la adolescencia provoca cambios cerebrales permanentes. Un trabajo que ha obtenido el Premio Ángel Herrera a la Mejor Labor de Investigación en el Área de Ciencias Experimentales y de la Salud. «Nuestro principal descubrimiento radica en indicar que se producen daños por el abuso de anfetaminas en el hipocampo, que es el área más involucrada en formación de memoria y aprendizaje de nuestro cerebro», explica el profesor Herradón.

Para ello, el equipo de investigadores trató a ratones de laboratorio durante la adolescencia con anfetaminas y luego fue evaluando tareas de memoria y aprendizaje hasta la edad adulta. Y lo más significativo fue que los animales adultos presentaban una potenciación a largo plazo hipocampal muchísimo más elevada de lo normal, a pesar de que se les había dejado de suministrar droga desde hacía mucho tiempo. Pero ¿qué significa esto? La potenciación a largo plazo de la que hablamos es una medida de eficacia sináptica (comunicación entre neuronas) que cuando estamos inmersos en una tarea de aprendizaje la tenemos elevada puntualmente para consolidar la memoria. Y esto es algo bueno, claramente. Pero en el caso de los ratones del estudio esta potenciación elevada no es puntual, sino permanente. Es como si ese área cerebral estuviera sobreestimulada para siempre y el hipocampo hubiera perdido la capacidad de regularse. Así, al perder su efecto puntual y agudo para pasar a ser continua, esa sobreestimulación cerebral tan elevada provocaría déficits en la capacidad de aprendizaje y de formación de memoria.

«Ahora hay que seguir indagando en qué más ocurre cuando esto sucede, aunque todo apunta a que se puedan producir muchísimos desórdenes de conducta en el adulto que ha consumido anfetaminas, sin control médico, durante la adolescencia. Fundamentalmente todos los relacionados con memoria, aprendizaje y memoria de trabajo. También habrá que ver si al afectar al hipocampo se puede dar una mayor vulnerabilidad a la depresión en la edad adulta», agrega Herradón.

Además, habrá que vigilar si el abuso de anfetaminas puede llegar a producir Parkinson. Desde hace unos años, la comunidad científica sabe que cuando se trata a animales de experimentación con anfetaminas o sus derivados se produce una muerte de neuronas dopaminérgicas en la sustancia negra y que son las mismas que se mueren en los enfermos de Parkinson. De hecho en esta enfermedad toda la sintomatología motora aparece cuando han ‘desaparecido’ el 50% de esas neuronas. «Pero esto ya afecta a otro área cerebral y es otro artículo de investigación», indica Herradón.

La anfetamina y sus derivados sintéticos son drogas con un gran potencial adictivo cuya prevalencia de uso entre drogodependientes es muy elevada. Se estima que entre 14 y 56 millones de personas en el mundo abusan de estas sustancias. Además de las enfermedades psiquiátricas asociadas, el abuso de estas drogas en los adolescentes es especialmente preocupante dadas las posibles secuelas neurológicas que podría generar. Más aún cuando estas se comienzan a tomar entre los 14 y los 17 años y se consumen con fines recreativos asociadas a otras sustancias como el alcohol (lo que se llama policonsumo).

Aunque depende de la vía de administración, sus efectos al poco tiempo de consumirlas a altas dosis (recreacionales) son una sobreestimulación del sistema nervioso central muy marcada: exceso de euforia, agitación, movimientos estereotipados que no veríamos en un individuo normal y dificultad para centrarse en tareas específicas. Después, pueden llegar a producirse vómitos, crisis psicóticas (paranoia) y ataques de ansiedad, además de falta de sueño. Si se consumen a largo plazo, la interrupción abrupta del consumo puede producir síndrome de abstinencia caracterizado por excesiva fatiga y depresión, aunque no es tan marcado como en el caso de la heroína u otros opiáceos, y una fuerte dependencia psicológica: el individuo entra en el contexto en el que se suele tomar esas drogas y rápidamente las busca. Es más poderoso el deseo de consumirlas que la consciencia de los efectos nocivos que le está causando y no lo puede controlar. Una dependencia psicológica que a menudo puede durar años o ser de por vida, y que es la causa de las frecuentes recaídas, más aún si el individuo es re-expuesto a los lugares en que las tomaba o se rodea de consumidores.

Sobreestimulación cerebral

Ahora, además, un grupo de investigación dirigido por el profesor de Farmacología de la Universidad CEU San Pablo, Gonzalo Herradón Gil-Gallardo, ha demostrado que el abuso de anfetaminas durante la adolescencia provoca cambios cerebrales permanentes. Un trabajo que ha obtenido el Premio Ángel Herrera a la Mejor Labor de Investigación en el Área de Ciencias Experimentales y de la Salud. «Nuestro principal descubrimiento radica en indicar que se producen daños por el abuso de anfetaminas en el hipocampo, que es el área más involucrada en formación de memoria y aprendizaje de nuestro cerebro», explica el profesor Herradón.

Para ello, el equipo de investigadores trató a ratones de laboratorio durante la adolescencia con anfetaminas y luego fue evaluando tareas de memoria y aprendizaje hasta la edad adulta. Y lo más significativo fue que los animales adultos presentaban una potenciación a largo plazo hipocampal muchísimo más elevada de lo normal, a pesar de que se les había dejado de suministrar droga desde hacía mucho tiempo. Pero ¿qué significa esto? La potenciación a largo plazo de la que hablamos es una medida de eficacia sináptica (comunicación entre neuronas) que cuando estamos inmersos en una tarea de aprendizaje la tenemos elevada puntualmente para consolidar la memoria. Y esto es algo bueno, claramente. Pero en el caso de los ratones del estudio esta potenciación elevada no es puntual, sino permanente. Es como si ese área cerebral estuviera sobreestimulada para siempre y el hipocampo hubiera perdido la capacidad de regularse. Así, al perder su efecto puntual y agudo para pasar a ser continua, esa sobreestimulación cerebral tan elevada provocaría déficits en la capacidad de aprendizaje y de formación de memoria.

«Ahora hay que seguir indagando en qué más ocurre cuando esto sucede, aunque todo apunta a que se puedan producir muchísimos desórdenes de conducta en el adulto que ha consumido anfetaminas, sin control médico, durante la adolescencia. Fundamentalmente todos los relacionados con memoria, aprendizaje y memoria de trabajo. También habrá que ver si al afectar al hipocampo se puede dar una mayor vulnerabilidad a la depresión en la edad adulta», agrega Herradón.

Además, habrá que vigilar si el abuso de anfetaminas puede llegar a producir Parkinson. Desde hace unos años, la comunidad científica sabe que cuando se trata a animales de experimentación con anfetaminas o sus derivados se produce una muerte de neuronas dopaminérgicas en la sustancia negra y que son las mismas que se mueren en los enfermos de Parkinson. De hecho en esta enfermedad toda la sintomatología motora aparece cuando han ‘desaparecido’ el 50% de esas neuronas. «Pero esto ya afecta a otro área cerebral y es otro artículo de investigación», indica Herradón.