Si los tontos callaran

Imagen del partido./
Imagen del partido.

La interrupción del minuto de respeto en el Sardinero vuelve a confirmar que a los impresentables les da miedo el silencio. Y por eso lo rompen

JON URIARTE

Eran las diez de la noche y los 10.661 espectadores rugían como si fueran 100.661. Es lo que tiene el fútbol. Multiplica los gritos. Sea uno o miles. Y es bonito. Pero no siempre. Como el jueves en el Sardinero. Partido de Copa entre Racing de Santander y Athletic Club. Estaba previsto un minuto de silencio por las víctimas del accidente aéreo de Colombia en el que viajaba, junto a otros pasajeros y la tripulación, el equipo brasileño del Chapecoense. Así que el árbitro pitó el inicio del mismo. Diez segundos después, quizá doce, lo daba por concluido. La causa la debemos buscar en un grito. El de un patán. Y estoy siendo suave. En medio del respetuoso silencio de las otras 10.660 personas, además de los jugadores, el colegiado, los linieres, el cuarto árbitro, los banquillos, los periodistas, los recoge-pelotas, la seguridad, el personal del campo y los del palco, decidió abrir su bocaza y gritar «Viva la Guardia Civil».

No entraremos sobre los motivos que le llevaron a demostrar ese proclamado amor por la Benemérita, sin venir a cuento. Aunque estando en el verde un equipo vasco no hace falta ser muy listo para imaginar el sutil mensaje. Los tontos siempre creen que es buen momento para hurgar en asuntos turbios, utilizando proclamas, aparentemente inocuas, con la intención de convertirlas en ofensas. Aunque el minuto de silencio sea por unos brasileños que nada tienen que ver con políticas de aquí o de allá, ni con cuerpos policiales. A todo ésto, el club racinguista ya ha manifestado su crítica ante los hechos y desde la Guardia Civil han dejado muy claro que, obviamente, no les ha hecho ninguna gracia que utilicen su nombre en un momento así. Por cierto, me extrañó mucho que no hubiera otro iluminado que gritara alguna barbaridad contra el mismo colectivo. Por lo de contraatacar. Porque los cretinos afloran siempre en esos momentos, sean de uno o de otro lugar, y todos actúan igual. En eso son clavaditos. Da igual la ideología. Incluso que no la tengan. Por tanto, olvidemos el contenido y quedémonos con el sonido.

Tras el rebuzno, que me perdonen burros y asnos, el campo entero recriminó al imbécil. Porque hay que tener muy poca vergüenza para estropear el instante. Porque eso es lo que hizo. Ese fue su único logro. Escuchando el árbitro que el murmullo del resto se tornaba bronca, decidió cortar por lo sano y pitar el final de un minuto que no fue tal. Lo que me lleva a otros que tampoco lo fueron. No recuerdo presenciar un minuto de silencio que haya durado 60 segundos. Piénsenlo. Es como si nos incomodara la ausencia de sonido. Al menos, rodeados de gente. Como si fuera algo eterno. Y si para alguien normal es aparentemente complejo, para un lerdo es física cuántica. Además es el momento perfecto para que, tapado por la masa, suelte su berreo. El jueves fue en el Sardinero. Pero he vivido cosas similares en otros lugares, incluido mi querido San Mamés. A veces son proclamas. Otras insultos varios o silbidos. Y en ocasiones hasta sonidos guturales. Lo dicho, tontos de baba hay en todas partes. Y cabrea. Porque va más allá de una educación mínima exigible. Es no tener dos dedos de frente. Porque quien grita, deja en evidencia a quienes jalea o a lo que cree representar. Lo que provoca el enfado general y el efecto contrario al esperado. Confesaré, llegados a este punto, que hace dos años y en otro 'Piscolabis', ya hablé de este asunto. Fue para plantear mi preocupación por lo poco que hemos mejorado en el tratamiento de los minutos de silencio.

Contaba aquél sábado que el primero no fue uno sino dos. Se lo debemos a un periodista llamado Edward Honey. Había sido soldado durante la I Guerra Mundial. Un año después, indignado porque su fin se celebrara con desfiles en las calles y bajo el seudónimo de Warren Foster, escribió una propuesta en el 'London Evening News'. Guardar cinco minutos de silencio por quienes habían muerto por la patria. La idea gustó a Jorge V y, según cuentan las crónicas, «a las 11 horas del 11 de noviembre de 1919 la Commonwealth al completo calló». Al final fueron dos minutos, ahora sería imposible.

Personalmente he guardado 60 segundos de respeto por la muerte de gente que no conocía, no me caía bien e, incluso, por alguien a quien no tragaba. De la misma forma que voy a un funeral guardando las formas y actitud adecuada, pese a que no creo en lo que allí se celebra y que el día que la palme no quiero actos similares. Quizá la culpa la tengan mis padres que no lograron que sea buen chico, pero me inculcaron ciertos valores. Entre ellos, no ser un cutre que vocifera en el homenaje a un muerto. Me consta que la mayoría somos así. Pero el silencio se escucha menos que el grito. Una pena. Porque si no quiere uno participar, es fácil. Se aparta o se larga a otro lugar. Un instante. Lo que dura un humilde minuto. Y luego si quiere, aunque tampoco es necesario, que vuelva. No parece que sea pedir tanto. Sin embargo sería mucho para el resto. Nos sentiríamos felices viviendo esos pírricos sesenta minutos. Qué bonito sería el mundo si, de vez en cuando, los tontos callaran.