Así se fabrica un Gargantúa

El 'comilón' se transporta en un remolque y se guarda en un almacén municipal de Gernika. La txapela tiene dos metros de diámetro./
El 'comilón' se transporta en un remolque y se guarda en un almacén municipal de Gernika. La txapela tiene dos metros de diámetro.

Un taller de Irún realiza para Gernika el último de los 13 'comeniños' que hay en el mundo. Es más «fino» para asustar menos

ITSASO ÁLVAREZ

Había hasta la fecha doce gargantúas 'comeniños' repartidos por España y América. Dos en Bilbao, uno en Vitoria y los restantes distribuidos por Llodio, Logroño, Zaragoza, Borja, Valladolid, Palencia, Alcalá de Henares, Mar del Plata y Necoechea, estos dos últimos en Argentina. El último en incorporarse a esta tropa de tragantúas, tragachicos o tragaldabas, las denominaciones que adquiere según su procedencia, ha sido el de Gernika. El aldeano 'número trece' presenta una anatomía muy similar a la de sus parientes. Pero, cosas de la genética, es algo más moreno de pelo, menos narigudo, tiene las enormes fauces más blancas y no tan afiladas, los ojos menos enrojecidos y el rostro expresivo, pero «sin pasarse de carácter».

En buena parte, la buscada «finura» se explica por esa sobreprotección que se profesa a los niños de hoy. Dicen los entendidos que un Gargantúa tiene que ser «un 'me atrevo o no me atrevo'» para que atravesar su gaznate no sea un episodio cualquiera sino todo un reto infantil. Sin perder su esencia, el de Gernika se aproxima más al «me atrevo». Aunque para los niños acostumbrados a los parques temáticos como Port Aventura, someterse a una deglución gargantuesca no representa el mínimo misterio; no es cuestión de que los aspirantes a exploradores intestinales le tengan pánico a pasar por la mandíbula de este símbolo totémico del folklore concebido para satisfacer su gula con menudillo de carne humana.

Hay algunas otras sutiles diferencias con respecto a sus antecesores. Cuando el niño se sienta en la boca y ésta se cierra se oye un bocinazo, los ojos se cierran de placer y se activa una luz giratoria naranja. Las mejillas, la nariz y las orejas enrojecidas de este gigante descomunal evidencian sus excesos pantagruélicos y, en lugar de estar acomodado sobre lo que suele simular un cesto de mimbre, apoya sus generosas posaderas en un tocón. «Las manos están suavizadas y la cabeza está bastante más exagerada para dotar al conjunto de un aire caricaturesco», explican los hermanos Xabier y Benito Garate, los maestros artesanos que han engendrado a este tripón de cuatro metros de alto por dos y medio de ancho, el más grande de cuantos han salido de su taller de Irún en las más de tres décadas que llevan fabricando lo que ellos identifican como «imaginería festiva». «Fueron tres meses de intenso trabajo. Aquí no cabía nada más y hubo que trasladarlo a otra nave industrial. Pero cuando el niño se fue, notamos el nido vacío», aseguran.

El personaje del escritor Rabelais que arribó a Bilbao

Quien conserve en casa el Diccionario Enciclopédico Espasa de 24 tomos puede leer que el Gargantúa «en Bilbao» es un «gigante de cartón sentado a una mesa para que los chiquillos se entretengan en entrar por su boca y dejarse resbalar hasta el asiento del carro». Aunque vinculado al bilbainismo desde 1854, cuando vio la luz el primero de los seis que ha tenido la villa gracias a Antonio Etxaniz, jefe del Cuerpo de Bomberos, esta figura nació de la imaginación del escritor francés François Rabelais (1494-1553). En Gargantúa y Pantagruel narra con humor escatológico la historia de dos gigantes -padre e hijo- bondadosos y glotones y revela que las primeras palabras del Gargantúa al nacer fueron: «¡A beber, a beber!».

Ninguna otra figura de estas características se había sumado a la varonil familia que conforman los gargantúas desde que hace 28 años -aunque su tradición se remonta al siglo XIX- el Ayuntamiento de Bilbao pidió al prestigioso taller de Vicente Luna, decano de los falleros valencianos, la construcción del que sale en la Semana Grande y que, por cierto, a su llegada a la capital vizcaína recibió duras críticas. Entonces llegó a decirse que este gastrónomo insaciable parecía «un advenedizo personajillo de cómic» por su «falta de enraizamiento» y su «absoluta carencia de sustancia».

«No hay un molde»

Tres décadas después del último nacimiento, el Consistorio guerniqués ha encargado este año a los Garate la fabricación de un «primo» de la gigantesca efigie para que los niños de la comarca puedan disfrutar de la regocijante experiencia de ser tragados por este fenómeno. La misma que sus bisabuelos conocieron a principios del siglo XX. Hay de hecho una foto en blanco y negro de 1915 que circula por el pueblo y que atestigua que un Gargantúa hizo las delicias de los peques durante unos pocos años antes de arder entre las llamas, parece ser, durante el bombardeo de abril de 1937. Aunque existe otra teoría que habla de que un individuo prendió fuego al almacén municipal en el que estaba el muñeco.

EL PRECIO

41.000
euros, con IVA, ha pagado el Ayuntamiento de Gernika.

Construir un Gargantúa tiene su miga. No se fabrica en serie y por eso no hay dos iguales. «No hay moldes, sólo ideas. Podíamos haber hecho una imitación de aquel que hubo en Gernika, pero habría sido como hacer una falsificación», considera el artesano Xabier Garate. Lo primero, explica, fue el boceto. «A mano, nada de tecnología digital ni impresoras 3D». Después vino la maqueta confeccionada con plastilina escolar para tomar como «referencia a la hora de establecer las dimensiones». La estructura es de madera. Hizo falta una tonelada de arcilla roja catalana para modelar la cara, las manos y los pies. Es necesario evitar que el barro se endurezca, de modo que, en caso de tener que parar el proceso, se cubre con trapos húmedos o plástico. Los ojos son del tamaño de una sandía de diez kilos. Lo siguiente es colocar finas capas de fibra de vidrio hasta conseguir su total adaptación a la figura para pasar a impregnar el conjunto con resina de poliéster. El resto del cuerpo es de poliespán tallado a cuchillo. Va por piezas que han sido acopladas unas a otras. De la barbilla a la frente hay dos metros, como el diámetro de la txapela. El rabito de la boina es abatible, como una antena de un coche. «Pusimos un muelle que se dobla y evita que la figura sobrepase los cuatro metros de altura. De lo contrario habría que pedir un permiso especial a Tráfico cada vez que se saca a la calle», indican los Garate. La plataforma donde se instala este baserritarra insaciable tiene seis metros de largo. Hubo que pintarlo por fases y pulirlo con parafina. Antes, se instaló un eje en la boca para confeccionar el balancín y el mecanismo que permite cerrar los ojos. Una batería alimenta el sistema que produce el bocinazo y el destello de luces.

Nunca se está a oscuras en el interior del Gargantúa de Gernika, lo que no deja de ser un aliciente para los menos atrevidos. La plataforma se lleva como una roulotte, enganchada a un vehículo. De camino a Bizkaia viajó por la autopista envuelto en papel de burbuja y lonas sujetadas con tensores. «Nosotros íbamos en un coche detrás, sufriendo la gota gorda», reconoce Xabier Garate. No requiere mantenimiento. Está hecho para durar varias generaciones a dieta de niños.

 

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