Obispos pastores, no políticos

Juan José Omella es una persona sencilla, comprometida con la causa social./
Juan José Omella es una persona sencilla, comprometida con la causa social.

El nombramiento de Omella como arzobispo de Barcelona sigue la estela aplicada por el Vaticano en el País Vasco

PEDRO ONTOSO

El próximo sábado pasará a la historia de Cataluña. El turolense Juan José Omella tomará posesión como arzobispo de Barcelona después de muchos meses de debate y polémica sobre quién sería el elegido para relevar a Martínez Sistach, totem de la Iglesia catalana. Los resultados electorales han dibujado una comunidad soberanista un poco menos que antes y de izquierdas, enfrascada en un proceso incierto que ha envenenado muchas relaciones. Omella no es un obispo nacionalista, es un obispo pastor, a la medida del estilo del Papa Francisco. Y ese es el mensaje que más ha repetido desde que se conoció su designación: «No voy a la diócesis de Barcelona como político, voy como pastor», asegura el prelado que ha pasado sus últimos años en La Rioja. El Vaticano ha marcado distancias con la reivindicación nacionalista y ha jugado sus propias cartas, como lo hizo en Euskadi con los nombramientos de Munilla e Iceta.

Omella toma el mando de la Conferencia Episcopal Tarraconense en una fecha muy significativa del calendario litúrgico: el día de San Esteban, primer mártir de la Iglesia católica. En una visita a Jerusalén me interesó mucho la historia de las puertas de la Ciudad Vieja, entre ellas la de San Esteban, en la que destaca el relieve de dos felinos (también se la conoce como la Puerta de los Leones). Construida por el sultán Solimán el Magnífico fue restaurada por los propios turcos en 1538. Durante la Guerra de los Seis Días los paracaidistas israelíes entraron por este acceso durante su asalto a la colina del Templo a Jerusalén sólo se la conquista por el norte y todavía persisten las marcas de los proyectiles. Es una puerta muy conflictiva con una tradición de dificultades, de refriegas, de combate. La tradición cristiana sitúa en sus alrededores la lapidación de San Esteban y un poco más adelante arranca la Vía Dolorosa, el Viacrucis de los franciscanos. Una historia muy simbólica para Omella y la tarea que le espera en una Iglesia muy particular, en la que el sello religioso forma parte de su identidad política y cultural.

En la despedida de Martínez Sistach, la semana pasada, estuvo presente una nutrida representación de la comunidad política nacionalista, en la que destacaba el presidente de la Generalitat en funciones, Artur Mas, y la vicepresidenta, Neus Munté. Se da por hecho que el próximo sábado asistirán también a la bienvenida de Omella, aunque no se trata de un nombramiento de su gusto. Pero el prelado turolense ha sido recibido con cordialidad en espera de sus primeros movimientos. De momento, ha tenido agallas para mantener su posición con respecto a los bienes eclesiásticos de la franja en la disputa que mantiene Aragón con Cataluña para recuperar las piezas de arte sacro aragonesas retenidos en Lleida pese a las decisiones del Tribunal Supremo y el Vaticano.

La Santa Sede se ha tomado tiempo antes de nombrar a Omella, su candidato desde el principio, y con ese movimiento ha mandado un mensaje al activismo soberanista. Las claves de Francisco son pastorales, pero las decisiones del Vaticano también tienen una lectura política. De los doce obispos de las diócesis de Cataluña si contamos a los auxiliares de Barcelona y Terrassa, sólo seis son catalanes. El de Solsona, Xavier Novell, es de Lleida, y pasa por ser el más nacionalista. También es de Lleida el obispo de Tarragona, Jaume Pujol. El de Vic, Román Casanova, es nacido Tarragona. Francesc Pardo, prelado de Girona, es natural de Sant Feliu de Llobregat. El obispo de la Seu de Urgell y copríncipe de Andorra, Joan Enric-Vives, por el que apostaba el catalanismo para sustituir a Martínez Sistach, es de Barcelona. El auxiliar de Terrassa, Salvador Cristau, también es barcelonés.

El resto de la jerarquía episcopal catalana procede de otras comunidades, aunque algunas son primas hermanas. El Vaticano hila muy fino en esta cuestión y siempre busca perfiles con aspectos que puedan hacer cercanos a casa a los nuevos obispos para amortiguar las campañas de rechazo. Así, salvo el obispo de Terrassa, José Ángel Saiz Meneses, que es de Cuenca, los otros se mueven en esa órbita cultural y proceden de diócesis sobre las que en otros tiempos la Tarraconense tenía autoridad eclesiástica metropolitana. Enrique Benavent, prelado de Tortosa; Agustí Cortés, obispo de Sant Feliu de Llobregat, y Salvador Giménez, titular de la sede de Lleida, son valencianos. Y el auxiliar de Barcelona, Sebastiá Taltavull, procede de Menorca.

El Papa Francisco ha colocado un aliado, una persona de su confianza, para su plan de evangelización en una de las diócesis más importantes de Europa y para tender puentes con la Conferencia Episcopal Española, en la que Omella esta llamado a ser uno de sus hombres fuertes. Pero al mismo tiempo, el pontífice ha marcado distancias con el soberanismo. En su despedida de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño, monseñor Omella desveló que había viajado a Roma para un encuentro con el Papa. Francisco dio instrucciones a nuevo arzobispo de Barcelona, pero, sobre todo, le pidió que «sea pastor». Omella, exmisionero en África y comprometido con la pastoral social, es un prelado abierto y nada integrista. Es del estilo de Bergoglio. Y no es nacionalista, ni siquiera catalanista, aunque comprende el problema catalán.

La Santa Sede no es partidaria del soberanismo y Omella llega a Barcelona para templar la posición de la Iglesia catalana, que, sin duda, tiene unos rasgos propios. Los obispos catalanes nunca han ocultado su posición sobre la cuestión de la identidad. En 1985 publicaron el documento Les arrels cristianes de Catalunya (Las raíces cristianas de Cataluña), un texto emblemático que se ha convertido en el catecismo a seguir. Este es uno de los párrafos más significativos: «Como obispos de la Iglesia de Catalunya, damos fe de la realidad nacional de Catalunya, labrada a lo largo de mil años de historia, y reclamamos para ella la aplicación del magisterio de la iglesia: los derechos y valores culturales de las minorías étnicas dentro de un Estado, de los pueblos y nacionalidades, deben ser respetados e, incluso, promovidos por los Estados, los cuales de ninguna manera pueden, según derecho y justicia, perseguirlos, destruirlos o asimilarlos a una cultura mayoritaria. (...) Los pueblos que, como el de Catalunya, tienen conciencia de su historia anterior a la formación del Estado y mantienen, junto a esta conciencia, una cultura y lengua propias que no son las mayoritarias del Estado, guardan viva la convicción que no provienen de la división administrativa de un Estado-Nación, sino que son un componente con personalidad propia de un Estado plurinacional...». Diez años después, las diócesis catalanas, reunidas en el concilio tarraconense, asumieron el documento citado, cuya vigencia proclamaron en 2011. A esta declaración se remiten cuando resurge el debate.

La lectura que se hacía entonces en sectores del Episcopado español y de la propia Santa Sede es que la identificación de una parte de la jerarquía y del clero con las posiciones nacionalistas tanto en Cataluña como en Euskadi había influido en el avance de la secularización. En la Conferencia Episcopal se apostaba, por tanto, por la defensa de la unidad de España como «bien moral» y por la reivindicación de «las raíces católicas de España, como antídoto contra la «descristianización» de Europa. Tanto los cardenales Rouco y Cañizares como el Papa emérito Benedicto XVI participaban de esa doctrina, que todavía pesa en el Vaticano.

En una sociedad muy tensada como la catalana a la Iglesia se le asigna un papel de moderación. Y el relevo de Martínez Sistach se busca fuera de Cataluña. Es un volantazo. Como el que se produjo en Euskadi, donde la Iglesia tuvo una presencia muy fuerte, y muy influyente, en el espacio sociopolitico. Los nombramientos de José Ignacio Munilla y Mario Iceta, como obispos, respectivamente, de San Sebastián y Bilbao, diluyeron ese papel, y, en efecto, han cambiado ya el acento en el discurso episcopal oficial. Sobre todo el primero, que suma varios desencuentros con la clase política vasca y el nacionalismo gobernante. Falta por conocer el nombre del sustituto de Miguel Asurmendi, en Vitoria, que se esta dilatando algo más de lo esperado. Algunos creen que es porque el trabajo de aliño está siendo mayor del esperado. ¿Se ha enrarecido? Se está buscando una persona con experiencia pastoral y sensibilidad social, y si es de la cantera, miel sobre hojuelas. Tampoco pasaría nada si, para equilibrar, fuera vasquista. En la Iglesia vasca hay personas con ese perfil y para Vitoria parece que no es necesario alguien que ya sea obispo.