El milagroso zapato que crece

Imagen de la sandalia./
Imagen de la sandalia.

"Nace el calzado total. Dura más que el resto pero, lo más sorprendente, es que crece. Y mucho. Quizá sea la solución en estos tiempos de tallas imposibles"

JON URIARTEbilbao

Puede aumentar en cinco números y durar más de cinco años. Esos son los avales del "zapato que crece". Así han bautizado a un interesante calzado inventado por un tal Kenton Lee. En realidad es una sandalia. Para que se hagan una idea serían entre las que llamamos "Adidas Jesucristo" y las que llevaría Spock si fuera a la playa. Pero visto el éxito de las que lleva Frank Cuesta, el de las serpientes, no me meteré en debates de diseños. Además el invento tiene un noble fin. Calzar a niños en situación de pobreza, tanto del tercer mundo como del resto de los mundos, que también tienen su cara B. Lee es misionero y forma parte de la organización "The Shoe That Grows" que trabaja en lugares como Kenia. Precisamente caminando por Nairobi se fijó en una niña que llevaba un calzado demasiado pequeño. Y ahí está, calzando niños. Lo digo por si quieren entrar en su página web y colaborar. Dicho lo cual, esta idea nos lleva a meditar sobre lo absurdo de este mundo. En una parte van escasos de tallas y en la otra nos sobran. O no. Porque llevamos años caminando por el sendero de lo absurdo. Hace unos días regalamos a un amigo unas zapatillas y tuvimos que sacar una tesis doctoral antes de hacer el pedido.

-¿Qué talla tiene?- preguntó alguien. -La 42 y medio- respondió otro, tras enviar la pregunta a la mujer del receptor del regalo. -¿Pero es 42 y medio o 43?-, dijo la dependienta, mientras nos miraba como Rajoy cuando le preguntan por los cambios de su Gobierno. -Dice su mujer que depende del modelo que sea-, apunta otra de las presentes, que se ha metido en el grupo del Whatsapp. -¿Y cuál es el modelo?- exclama la moza de la tienda al escucharnos, pensando que no compensa aguantar a tanto paleto. -Me dicen que la 373-añade el más enterado de la cuadrilla en asuntos de zapatillas. -Ya, pero del 373 tengo la 42 y medio y la 43- suelta con rintintín la incisiva dependienta, mientras mira un tweet que le ha mandado su amiga Yoli que está fatal porque no sabe si ponerse mini o pantalón indie para esta noche. -Uy, pues eso es muy importante- comenta otro dependiente con pinta de desayunar Red Bull con madalenas. -¿Y qué hacemos?- pregunta la cuadrilla a coro por Whatsapp, Twitter, Facebook y demás redes sociales. -La 42 y medio y que salga el sol por Antequera- sentencia un servidor, con más estrés que el día que el Athletic se jugó la vida ante el Levante, en un tiempo que no quiero recordar. Y entonces llegó el siguiente debate. -¿De qué color se las pillamos? ¿Crema y letra en turquesa o Crema y letra en rosa palo?-. La respuesta fue consensuada y pronunciada al unísono. -Que te den el "ticket regalo" y se acabó-. Yo creo que lo del mal rollo entre Varoufakis y Largarde no es por la economía griega. Empezó porque alguien sacó el tema de las tallas de sus calzados. Me apuesto un ojo. Ese, que ya no me sirve para adivinar mi talla.

No la se. Lo reconozco. Ni la del pantalón, ni la de la camisa, ni la de las chaquetas. Cuando todo se redujo a las letras uno era habitual de la L. Cierto que pesan los kilos y no los años, así que la X fue acercándose peligrosamente a la L con el tiempo. Pero ahora es un sin dios. -Es que este año viene la línea italiana y es más estilizada-. Fenomenal. Encima coña. Cada vez que me lo dicen me acuerdo de los hijos nacidos en la bota de Europa, desde los tiempos de Plinio el viejo y hasta nuestros días. Porque ahí hay mala fe de los diseñadores. Quitando al Conde Lequio no conozco a un italiano al que le quede bien un traje tan entallado. -Pero "es lo que se lleva"-. Otra de las grandes frases en asuntos de moda. Y no tiene sentido. Cada día somos más gordos y, aún así, los aprendices de Armani se empeñan en que vayamos embutidos como chorizos. Total, que buscas algo que puedas atarte sin clavarte el botón en el ombligo y acabas con una camisa que te queda bien de tripa, pero en los hombros hay espacio para guardar dos fiambreras. Además, te llega hasta las rodillas dando a la prenda un aire de camisón. Porque nunca hay una que esté entre la L y la XL. En esto no pasa como en el mundo de las zapatillas. Lo que nos lleva a otro debate.

Hemos mandado a Marte un robot que se hace selfies con las piedras que encuentra, pero somos incapaces de hacer más sencillo el mundo de las tallas. Sí, ya se que el consumo manda y que la industria nos hace cambiar de modelo antes de lo deseado. Tampoco pido un zapato que crezca, como el que traíamos hoy aquí. Pero no deja de resultar surrealista que en una parte del planeta no tengan tallas y aquí, que nos sobran, tampoco nos valgan.