La batalla que perdieron Churchill y Mel Gibson

Los turcos celebran el centenario de su gran victoria histórica. La ineptitud de los mandos británicos y la heroicidad otomana convirtieron a Galípoli en escenario de una carnicería y en uno de los combates cruciales de la Primera Guerra Mundial

Pieza de artillería británica en Helles (Galípoli), junio de 1915./
Pieza de artillería británica en Helles (Galípoli), junio de 1915.
ANJE RIBERA

Un día como hoy, un 27 de abril, de hace un siglo, Turquía debía haberse rendido ya y los británicos, según sus planes, disfrutarían de un té en Constantinopla. Pero lo cierto es que miles de soldados seguían muriendo en el estrecho de Dardanelos. Fueron víctimas de una de las batallas más cruentas de la Primera Guerra Mundial y de una operación diseñada en gran medida por Winston Churchill. Lo que se programó como un paseo militar anglo-francés fue realmente un baño de sangre sin igual en una península entonces desconocida, pero que desde aquel momento ha pasado a la historia.

En lenguaje militar Galípoli es sinónimo de desastre. Esta afección aparece hasta en las enciclopedias, aunque no en la británica, por supuesto. La operación destinada a forzar la rendición del imperio otomano no se quedó en el ámbito de un fracaso. Superó ese escenario para convertirse en una matanza sistemática y sin sentido entre trincheras y alambradas. Galípoli se ha erigido en un símbolo de la inutilidad de las contiendas bélicas.

Lo describe con crudeza el director australiano Peter Weir en su genial película de 1981 'Galípoli', protagonizada por Mel Gibson. El actor, como Churchill, también perdió una batalla en la que se sacrificaron hombres por el ego de sus oficiales, incapaces de reconocer que su planteamiento era fallido desde la génesis. Pero el ser humano es inmenso en su estupidez y en sus ansias de poder. Las guerras provocan momentos de heroísmo e injusticia, donde la disciplina es más importante que la vida.

El objetivo inicial del plan combinado anglo-francés era abrir líneas de abastecimiento hasta Rusia, también miembro de la Triple Entente. El estrecho de Dardanelos que separa Europa de Asia es una de las vías marítimas más estratégicas del mundo. También lo era hace un siglo.

Une las aguas del Mediterráneo con las del mar de Mármara, en cuya costa norte se sitúa la ciudad de Estambul, que entonces todavía se llamaba Constantinopla y era la capital del imperio otomano. Desde la histórica ciudad, el angosto estrecho del Bósforo une el mar de Mármara con el Negro, que suponía una potencial ruta de abastecimiento a Rusia a través de los puertos de Odessa y Sebastopol.

Además, a finales de 1914, Gran Bretaña y Francia buscaban desesperadamente el modo de romper el creciente estancamiento de la guerra de trincheras, que frustraba sus intentos de hacer retroceder a los alemanes hasta el frente occidental.

Sin embargo, al margen de cuestiones bélicas, Londres y sus compañeros de bando, París y Moscú, también tenían sus propios planes geoestratégicos a la hora de repartirse posesiones turcas tras una victoria que nunca llegó. Gran Bretaña quería garantizar la seguridad del canal de Suez y tener bajo su control los campos de petróleo recién descubiertos en el golfo Pérsico. Francia, por su parte, deseaba aumentar su influencia sobre Siria y Líbano, mientras que Rusia perseguía anexionarse Constantinopla, conseguir el control del Bósforo y los Dardanelos, y conseguir de esta forma acceso al Mediterráneo.

Un escenario complicado

La teoría amparaba el operativo. Nadie apostaba por la resistencia turca en aquella primavera de 1915. Incluso los alemanes, sus aliados y que aportaron oficiales para muchas de las unidades otomanas, creían que Constantinopla era difícil de conservar. Por su parte, los británicos estaban convencidos de que, en unas horas, atravesarían los Dardanelos. También lo creía el propio Churchill, que contaba con informes de Thomas Edward Lawrence, el futuro Lawrence de Arabia. El militar y aventurero afirmaba que las fuerzas turcas desplegadas en la zona eran escasas.

Sin embargo, todas las estrategias aliadas fracasaron estrepitosamente. El precio que se pagó fue muy alto en una campaña que se prolongó durante nueve meses y que costó la vida a 46.000 soldados aliados en un lugar del que nunca habían oído hablar antes. Los heridos y desaparecidos sumaron otros 200.000.

El primer fallo aliado fue el desconocimiento del territorio. Británicos y franceses diseñaron su plan sobre mapas erróneos que no contemplaban las colinas, sin examinar sobre el terreno el escenario donde se desarrollaría su ofensiva. El estrecho de Dardanelos está protegido al oeste por la abrupta península de Galípoli, en sí una fortaleza natural formada por cimas de arcilla y arenisca, separadas por profundos barrancos abiertos por las lluvias de invierno. Existen pocas playas aptas para el desembarco de tropas y todas ellas están dominadas por los riscos que forman las cordilleras costeras, donde los turcos contaban con fortificaciones bien construidas y armadas.

La premura y la falta de planificación también condujeron al desastre. En enero de 1915 Reino Unido y Francia recibieron una petición de Rusia, que luchaba contra Turquía en el Cáucaso, para que llevasen a cabo una operación que desviase la atención. Como respuesta, el Gabinete británico accedió a la proposición del joven y entusiasta lord del Almirantazgo Winston Churchill de penetrar en el estrecho de los Dardanelos con únicamente obsoletos buques de guerra que se habían desechado en la gran flota británica. En su opinión, bastarían para llevar a cabo el objetivo.

"La ofensiva se organizó para intentar disminuir la matanza que tenía lugar en el frente occidental. Si podían apoderarse de Constantinopla, los aliados golpearían el punto débil del eje alemán y así podrían ganar la guerra más rápidamente", según analistas militares. Añaden que "un ataque en el Mediterráneo oriental desviaría la atención y al mismo tiempo también alejaría a los austro-húngaros de las grandes batallas que estaban teniendo lugar en el frente ruso".

Aunque estudios militares sugerían que una operación puramente naval no funcionaría, Churchill logró el respaldo de Lord Kitchener, secretario de Estado para la guerra, consiguiendo de este modo que se aceptara su plan. A pesar de la férrea oposición del ejército británico desplegado en Francia, se ordenó a la vigesimonovena división -compuesta de marinos excedentes y marines reales- que se preparase para la campaña de Dardanelos junto con dos divisiones de Australia y Nueva Zelanda, que se entrenaban en Egipto en espera de su bautismo de fuego. Los franceses ofrecieron un escuadrón naval y el cuerpo de 18.000 soldados de las colonias, así como unidades de la legión extranjera.

Ofensiva naval

Kitchener nombró comandante de esta fuerza compuesta por 75.000 hombres a Sir Ian Hamilton, uno de los militares intelectuales más influyentes del Ejército británico. Tenía tras de sí muchos años de servicio activo.

El problema de Hamilton era que Kitchener le envió sin decirle cuál era el objetivo y con material y tropa de ínfima categoría. La élite había sido destinada al frente occidental. Se dispuso de lo que quedada y pudo ser reunido. En todos los sentidos se trató de contingentes poco profesionales.

Se pretendía aprovechar los bombardeos que la Marina Real realizaba desde noviembre de 1914 sobre los fuertes que custodiaban la entrada al estrecho. Pero estas operaciones habían alertado a Turquía de la posibilidad de un ataque aliado en Dardanelos y rápidamente se reforzaron las defensas costeras con la ayuda de Alemania. Se construyeron trincheras, se colocaron alambradas y se instalaron posiciones de artillería gracias a armas modernas aportadas por los germanos.

Los cañoneos se intensificaron en febrero de 1915 y el 18 de marzo dieciséis buques de guerra anglo-franceses intentaron atravesar el estrecho. Resultó un completo desastre al ser prácticamente destruidos desde los fortines otomanos. Los pesqueros de arrastre británicos que se habían modificado como rastreadores de minas no tenían suficiente potencia para resistir las fuertes corrientes y no detectaron las dos hileras de minas que guardaban el cauce. Debido a ello, tres buques de guerra -dos ingleses y uno galo- resultaron hundidos y tres más sufrieron daños. La flota se retiró sin saber que las armas turcas que protegían el estrecho habían agotado casi por completo su munición.

Hamilton, que observó todo el desarrollo desde su barco, se convenció rápidamente de la inutilidad de una operación únicamente naval y decidió emprender una terrestre para apoderarse de la península y permitir así la entrada de la Marina más tarde. En este proyecto le apoyaban Kitchener y el almirante Fisher, jefe la Armada británica.

El nuevo plan contemplaba que los principales desembarcos se realizaran en una serie de playas cercanas a la punta sur de la península de Galípoli, en el cabo Helles, mientras los cuerpos anzac australianos lo harían al norte y avanzarían a través de la llanura de Maidos hasta la costa occidental del estrecho de Dardanelos, para cortar el camino a los refuerzos turcos que se dirigieran hacia los arenales del sur.

Para lograr el efecto sorpresa, la división de la Marina Real británica fingiría desembarcar en la parte más al norte de la península, mientras que los franceses, por su parte, lo escenificarían cerca de la Troya de Homero, en la costa asiática.

Se trataba de un plan ambicioso, improvisado a lo largo de cinco semanas de frenética actividad. Se agenciaron barcos y provisiones procedentes de todo el Mediterráneo y en cada uno de los puertos se rumoreaba acerca de la invasión.

Mientras tanto, las fuerzas turcas se preparaban a su vez para defender Galípoli. El general alemán Otto Liman von Sanders fue puesto al mando de soldados turcos que parecían pertenecer a un ejército improvisado porque iban mal vestidos y sin afeitar. Pero se trataba de hombres bien equipados que luchaban por defender su país. Estaban muy motivados.

Engaño inicial

Tras varios retrasos, los desembarcos se realizaron, silenciosos, al amanecer del 25 de abril de 1915. El plan de Hamilton funcionó perfectamente en lo referente a causar sorpresa y engañó por completo a Von Sanders, que sólo había desplazado a la península a dos de sus seis divisiones. Pero los escasos soldados turcos se resistieron ferozmente antes de retirarse hacia el interior.

Este logro inicial desconcertó a los aliados, que tomaron decisiones equivocadas y desperdiciaron la ventaja, que les hubiera permitido hacerse con enclaves vitales para poder garantizar el éxito de la campaña.

El coronel Mustafá Kemal, de 35 años y comandante de la división de reserva turca, tan pronto se enteró del desembarco, desobedeció las órdenes y partió inmediatamente con el mejor de sus tres regimientos, mandando a los otros dos que le siguieran tan pronto como fuera posible. Llegó a la zona de la contienda a media mañana e inmediatamente atacó a los cuerpos anzac. Las desorganizadas brigadas de la división australiana se encontraron atrapadas por un enemigo que pensaban que ya se habría retirado. Los francotiradores de Kemal -posteriormente conocido como Atatürk y, a la postre, fundador de la república de Turquía- les arrinconaron en las playas.

Al caer la noche los puntos elevados más estratégicos estaban en poder de los turcos y soldados de ambos bandos se encontraban mezclados a lo largo de la cordillera que se había transformado en la línea de frente.

Muchos historiadores culpan del fracaso a los aristocráticos oficiales aliados, que no conocían bien su oficio, ni siquiera eran capaces de sincronizar sus relojes y no llevaban el suficiente tiempo portando su uniforme. Ellos generaron el caos.

Un ejemplo de desorganización fue el desembarco de soldados británicos desde el reconvertido vapor River Clyde. Llegó con éxito a su objetivo bajo las mutiladas paredes de una fortaleza, pero sus compuertas eran demasiado estrechas y las tropas sólo podían salir en columnas de una persona, lo que facilitó enormemente la tarea a las ametralladoras otomanas. Masacraron fácilmente al enemigo. Lo extraordinario es que los oficiales obligaban a sus hombres a seguir saliendo, pese a que sabían que encontrarían una muerte segura. Los británicos usaron técnicas de desembarco de la época napoleónica.

A finales de abril Hamilton se dio cuenta de que tenía sus fuerzas estancadas en la costa. Muchas estaban atrapadas, desorganizadas y eran incapaces de abandonar la arena. Todavía no había conseguido ninguno de los objetivos planificados para el primer día. Entre esa fecha y principios de mayo de 1915 se llevaron a cabo una serie de ataques mal coordinados con todas las fuerzas disponibles que provocaron que muchos soldados murieran en vano.

Los aliados ganaron algo de terreno, pero la falta de artillería hizo que todas las ofensivas fueran repelidas. Las bajas turcas también resultaron cuantiosas, porque lanzaron contraataques igualmente mal organizados. Con ambos bandos exhaustos, faltos de hombres y de munición, la situación degeneró en el estancamiento de la guerra de trincheras. Ni los invasores ganaban un palmo de terreno ni los turcos conseguían echarlos.

Para entonces, Gallipoli era un terreno sembrado de cadáveres de ambos bandos. Con el calor la situación se volvió insoportable. Los cuerpos sin vida se cubrieron de moscas y los hombres sufrían arcadas y vomitaban a causa del hedor. El 24 de mayo se declaró un armisticio para enterrar a los muertos, pero había demasiados. Lo que simplemente se hizo fue empujarlos a los agujeros abiertos por las bombas o depositarlos en los barrancos y cubrirlos por una fina capa de tierra.

Para desatascar la batalla, el Gobierno británico ofreció a Hamilton cinco divisiones más. Se diseñó una nueva operación anfibia para principios de agosto, con el objetivo de conseguir nuevas bases de operaciones que permitieran el abastecimiento para lo que se antojaba una campaña larga.

De nuevo se cosechó un fracaso cargado de bajas, algunas incluso causadas por la propia artillería naval. Los turcos repelieron los ataques aliados otra vez. Los fallos de la ofensiva de agosto también quedaron al descubierto en toda su crudeza. Reinó el caos entre unas tropas que realmente no sabían cuál era su misión. Mientras que unos perdían la vida en las colinas, otros, a escasos cuatro kilómetros, se bañaban o jugaban al fútbol en las playas. Todo un descontrol. 20.000 aliados no pudieron con 1.500 turcos.

Tras este nuevo desastre Galípoli se convirtió en una terrible humillación. Hamilton fue sustituido por el general Charles Monro, procedente de la campaña de Francia. El nuevo mando se quedó horrorizado por lo que encontró en Dardanelos. La mayoría de sus fuerzas ya eran historia y se había llegado a un punto muerto, desembocando en una guerra de trincheras, precisamente lo que se quería evitar. Simplemente, el aparato logístico no estaba preparado para esa situación.

Escaseaban tanto los alimentos como las municiones. Incluso se llegaron a improvisar granadas con latas de conserva. La patria que debía abastecerles estaba a dos semanas de viaje. El plan de evacuación médica se había venido abajo ya en el momento del desembarco.

Monro recomendó la retirada. Kitchener, que llegó a la península en noviembre, estuvo de acuerdo. Se culminó el 9 de enero de 1916 sin que los turcos se dieran cuenta de ello. Culminó así una campaña que constituyó una terrible derrota para los aliados. Nunca se le concedieron ni la atención ni los recursos necesarios y se minusvaloró la capacidad otomana. En el Parlamento británico, Sir Edward Carson calificó Galípoli como el mayor desastre de la Primera Guerra Mundial. Nadie se atrevió a replicarle.

El control del estrecho de Dardanelos definitivamente quedó en manos de los otomanos. Galípoli se convirtió en la más notable victoria que obtuvieron los turcos en el enfrentamiento mundial. La batalla dejó todo el terreno cubierto de carne humana y metal tras un terrible baño de sangre. Se tardó dos años en limpiar la zona.

La debacle de Galípoli afectó negativamente a la carrera política de Churchill, ya que fue retirado del Almirantazgo en mayo de 1915 y posteriormente abandono el Gobierno. Parecía que su carrera política, que al igual que la campaña de Galípoli había parecido tan prometedora, había acabado. Sin embargo, pese a ser un mal militar, sí fue un gran estadista, como se pudo comprobar años más tarde.