El Correo

Nakachian, esplendor y ocaso

Melodie es abrazada por sus padres tras ser liberada once días después de su secuestro, en noviembre de 1987.
Melodie es abrazada por sus padres tras ser liberada once días después de su secuestro, en noviembre de 1987. / Sur
  • El magnate libanés, a quien el secuestro de su hija puso bajo los focos en 1987, vivió sus últimos años casi arruinado. Melodie, que ahora tiene 32 años pasó desapercibida durante el funeral celebrado en el cementerio de Estepona

Melodie Nakachian estuvo el pasado jueves en el cementerio de Estepona (Málaga), donde familiares y amigos cercanos despidieron los restos de su padre en una ceremonia íntima. Pero, fiel a lo que se propuso desde niña, cuando quedó traumatizada por el secuestro que sufrió en 1987, que dio paso a su adolescencia, lo hizo desde el más estricto anonimato. Ni los fotógrafos que se habían acercado al funeral para actualizar una imagen que permanece congelada desde hace más de un cuarto de siglo, ni los pocos curiosos, pudieron distinguir entre los asistentes a la mujer, ahora de 32 años, que reside habitualmente en Estados Unidos tras haber completado estudios de Psicología y Meteorología. Melodie pudo regresar a tiempo a la Costa del Sol para acompañar a su padre en las últimas horas de su enfermedad. Su viuda, la cantante coreana Kimera, sí que se dejó fotografiar.

El sepelio de Raymond Nakachian, que falleció en su casa el pasado lunes, no iba a ser la ocasión en la que se frustrara lo que había conseguido durante los últimos 27 años: preservar la intimidad y el anonimato de su hija Melodie. Y eso que desde que el secuestro lo llevó a los primeros planos de la atención mediática, hasta su muerte, convertido casi en un desconocido, su vida dio muchas vueltas. Bruscos cambios de suerte como para no desairar una biografía riquísima que anteriormente se había desarrollado en escenarios tan dispares como Beirut, Londres, Tokio, Riad, Moscú... y con zonas oscuras que no hicieron más que alimentar el mito en torno al personaje.

Hasta que se produjo el secuestro de su hija no era mucho lo que se sabía de Raymond Nakachian: que había nacido en Beirut en el seno de una familia cristiana, que se había trasladado a Londres, donde hizo fortuna muy joven con negocios inmobiliarios y en el mundo del ocio nocturno –él mismo se atribuía la invención de la palabra ‘discoteque’–, y que posteriormente había probado suerte con el tráfico de oro a Japón, lo que le valió un problema con la justicia de ese país. Después, sus negocios lo llevaron a Arabia Saudí, primero como intermediario en la contratación de trabajadores asiáticos y después con empresas vinculadas al ladrillo que acabaron relacionándole estrechamente con la familia real. Fue entonces cuando, a mediados de los 80, recaló en Marbella, donde sufrió el episodio que marcó su vida.

El 9 de noviembre de 1987, una banda de delincuentes franceses secuestró a su hija de cinco años. «La niña está mal, no le damos de comer y tendremos que tomar una determinación». Fueron once interminables días en los que su mansión –Villa Melodie, una impresionante residencia erigida en ocho hectáreas de terreno–, estuvo literalmente rodeada de periodistas y fotógrafos a los que atendía diariamente con deferencia. Hasta que una brillante operación policial consiguió localizar a la niña, rescatarla del apartamento donde la tenían retenida en la localidad gaditana de Torreguadiaro y capturar a los delincuentes. Durante los primeros años tras el secuestro, Nakachian no renunció a la vida ostentosa que había puesto a su hija en el punto de mira de los secuestradores. Siguió asistiendo a las fiestas y galas benéficas de la Marbella de los 90 y desplazándose en alguno de sus dos Rolls Royce. Incluso llegó a invitar a algún cumpleaños de su hija a informadores que habían cubierto el juicio por el secuestro. No tenía miedo a mostrar lo bien que le iba. «Tengo derecho a vivir así», se defendía.

Una llama de regalo

Pero lentamente comenzó a desaparecer de la vida pública. Un poco porque el ambiente social con el que se lo relacionaba –vinculado con el entorno de Jesús Gil, con quien sin embargo nunca hizo negocios– entró en horas bajas. Pero sobre todo porque, según confesaría años después, Melodie se había convertido en una mujer que demandaba anonimato. No quería que su vida se convirtiera en carne de los paparazzi que cada verano invaden Marbella en busca de personajes con los que alimentar las páginas de la prensa rosa. Pero hubo un tercer y decisivo factor: su olfato para los negocios había perdido cualidades. Volcado en el sector urbanístico, no vio la crisis. A eso se había sumado otro episodio que confesó a la revista ‘Vanity Fair’ en 2011. Cuatro años antes, durante un viaje a Marruecos, fue detenido por una orden de extradición procedente de Arabia Saudí. Permaneció encarcelado dos meses y su familia tuvo que endeudarse para llevarlo de vuelta a la Costa del Sol.

Quienes habían conocido Villa Melodie durante los tormentosos días del secuestro ahora tenían dificultades para encontrar la mansión. La pendiente financiera le había obligado a ir parcelando la finca. Su casa ya no contaba con tanto terreno. Por allí había llegado a pastar una llama que regaló a Melodie al cumplir 9 años. Era un palacete más de los muchos que salpican las zonas residenciales de Estepona.

Pese a todo, a los 82 años mantenía su mirada azul penetrante, la cabeza rapada al cero y el orgullo por una hija que se había convertido en mujer y a la que había prometido una vida anónima.

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