El Correo

Nellie Bly, diez días de locura

La reportera estadounidense, Nellie Bly.
  • isla mujeres

  • Año 1887. La reportera estadounidense ingresa en una institución de enfermos mentales haciéndose pasar por demente. Engaña a los médicos y experimenta las duras condiciones del psiquiátrico. Cuando sale escribe una serie de reportajes en primera persona para el 'The New York World' propiedad de Joseph Pulitzer donde denuncia el maltrato al que someten a los pacientes. Revolucionó el periodismo de investigación

Mucho antes de que Bernstein y Woodward sacaran a la luz las miserias de la Administración Nixon en el caso Watergate, en el siglo XIX hubo una mujer que no sólo hacía periodismo de investigación, sino que para conseguir historias se jugaba el tipo: la estadounidense Nellie Bly (1867-1922). Bly se hizo pasar por empleada en una fábrica de cajas, por criada de familias ricas y por loca, llegando a estar internada diez días en el manicomio de la isla de Blackwell en Nueva York. También batió el récord del héroe literario de Julio Verne, Phileas Fogg, quien había cruzado el globo en 80 días, al realizar un periplo similar en 72 días.

Su nombre verdadero era Elisabeth Jane Cochran, nacida en Pensilvania en el fragor de una Norteamérica viva, tumultuosa, diferenciada y clasista, adonde llegaban miles de inmigrantes cada día y donde ni el sistema social ni el Estado ni la democracia eran lo bastante maduros para responder a tanta necesidad. En medio de esta marabunta se movían mujeres que trabajan sin descanso, esclavas blancas de fábricas y casas, dependientas, empleadas... mujeres conquistando poco a poco derechos inexistentes. Entre ellas, Nellie Bly. Ella había crecido en un ambiente familiar cargado de vaivenes económicos y tuvo que buscar empleo desde adolescente para poder estudiar. Con 18 años empezó a escribir en un diario de Pittsburgh, donde quisieron colocarla en las tradicionales secciones femeninas, pero ella se negó a limitarse a asuntos de moda, dinero, cocina… Incluso se hizo corresponsal en un México convulso y corrupto. Más tarde se mudó a Nueva York en busca de otras oportunidades. Se la dio Joseph Pulitzer quien, viendo su espíritu aventurero, pronto le encargó temas de calado, como ingresa en una institución de enfermos mentales haciéndose pasar por demente y contar lo que había visto.

"El 22 de septiembre el 'World' me pidió si podía internarme en uno de los sanatorios para enfermos mentales de Nueva York con vistas a escribir una narrativa sencilla y sin barnices sobre el tratamiento de las pacientes, los métodos de la dirección, etcétera". Así comienza la crónica de Bly, recogida en el libro 'Diez días en el manicomio por Nellie Bly' (ediciones Buck, 2009). "¿Creía tener el valor necesario para pasar por el trago que requería tal misión? (…) Debía escribir una crónica fiel a las experiencias que viviera, y una vez que estuviese dentro de las paredes del manicomio tenía que investigar y describir su funcionamiento interno. Un funcionamiento que siempre se oculta eficazmente de la opinión pública gracias a las enfermeras de cofias blancas y a los cerrojos y barrotes". El editor le dio una pauta: "No te pedimos que vayas allí con el propósito de hacer revelaciones sensacionalistas. Describe las cosas tal como las veas, sean buenas o malas; alaba o culpa como creas que es justo, y cuenta la verdad todo el tiempo".

Nellie Bly estaba deseosa por "conocer la vida en los sanatorios mentales de manera más profunda". Según ella misma describió, tenía ganas de "comprobar que las criaturas más indefensas de Dios, los dementes, eran cuidados de una forma profesional y cariñosa". Consideraba que las historias que había leído sobre abusos en tales instituciones eran "exageraciones o incluso fantasías". De modo que consiguió que la internaran en el centro para enfermos mentales de la isla de Blackwell y se convirtió unos días "en alumna de todos los locos de la ciudad". En su reportaje habla de la inmersión en este mundo desde su nervisiosismo inicial al conocer el encargo, sus primeras ideas a la hora de actuar, su actitud… Desvela un periodismo sano y recién nacido, comprometido con la sociedad y los desfavorecidos aunque no exento de morbo. Cuando había visto y oído lo suficiente la liberaron; su editor tuvo que interceder, pues ya era una paciente más. Nellie Bly aseguró sentirse "culpable porque no pude llevarme conmigo a alguna de aquellas desafortunadas mujeres que vivieron y sufrieron junto a mí y que –estoy convencida- estaban tan cuerdas como yo". Un detalle terrible, aunque en sus crónicas aporta otros más: "Desde que entré no intenté seguir con el falso personaje de loca, sino que hablé y actué como lo hago en la vida real. Y, aunque suene extraño, cuanto más sensatamente hablaba y actuaba, más loca me consideraban todos".

Su reportaje revolucionó el periodismo de investigación y a Nellie Bly comenzaron a tomarla en serio. Como resultado de su 'visita' al sanatorio Nueva York decidió destinar un millón de dólares adicional cada año para el cuidado de enfermos mentales (puede que esto haya cambiado ya). Bly se dedicó a escribir hasta que se casó en 1895 con el empresario Robert Seaman, 40 años mayor. Él murió en 1904 y ella se hizo cargo de sus empresas con la misma energía con que producía textos e introdujo en sus fábricas las medidas sociales que había visto necesarias en sus investigaciones: mejoras sanitarias, cursos, librerías, fitness... No obstante, su gestión económica no resultó tan eficaz y, arruinada, tuvo que regresar al periodismo en el 'New York Evening Journal'. Llegó a cubrir la convención de 1913 a favor del sufragio femenino y fue la primera corresponsal en la Primera Guerra Mundial informando desde el frente del Este. Dicen que hasta es pionera de la navegación sin compañía de un hombre. Su vida fue breve; murió de neumonía a los 57 años.