Save the Children pone rostro al drama de la emigración

Amaia Barrena, María Guijarro, Eva Silván, Carlos Gurpegui, Itziar Urtasun y Paul Ortega. Sentados, Beto, Abdeljalil, May y Georges. / JORDI ALEMANY | SAYURI NISHIME

La organización repasa en El Arenal la peripecia vital de quienes cruzan el Estrecho. «En vez de libros, queremos leer personas»

Jesús J. Hernández
JESÚS J. HERNÁNDEZ

May Nosakhare nació y vivió en Nigeria hasta los 20 años. «Quería estudiar Medicina pero es un país donde la corrupción está en cada esquina. Hay mordidas para todo», recuerda. Sus buenas notas desaparecieron una mañana, «porque es normal que la gente compre los mejores expedientes». Se quedó fuera de la facultad y su propia hermana, que había empezado Económicas, le advirtió que si hubiera entrado habría tenido que pagar a cada profesor. «Ella me consiguió un visado para venir a España porque llevaba unos años en Bilbao y me ofreció un contrato de trabajo en un locutorio». Evitó así el infierno de las mafias, el miedo terrorífico de acabar en las redes de explotación sexual si se aventuraba a «dar el salto», cruzar en camiones el continente africano y el Estrecho en patera. «Mi hermana lo vivió. Nigeria, Mali, Burkina Faso, Mauritania, Marruecos. En cada país que entras eres extranjero». Pagar en los fronteras, desde la primera a la última. «A muchas nigerianas les amenazan con el vudú. Está muy arraigado. Hay poco acceso a la educación y nuestros mayores creen en ello. A ellas les obligan a jurar ante el vudú que devolverán cantidades cada vez más altas».

«Al llegar, no pude convalidar mis estudios. Empecé a trabajar y a sacarme el graduado escolar. Luego hice Formación Profesional. Quería ser cocinera. No tienes experiencia y nadie te contrata. El Igeretxe me dio la primera oportunidad. Empecé yendo unos días y vieron que valía». Las magníficas notas de su formación y su actitud le abrieron más puertas. En los últimos años ha trabajado en los fogones de Álvaro Garrido, Eneko Atxa y Martín Berasategi. Después de un tiempo, vuelve al Igeretxe. «He mejorando mucho. Soy la responsable de una sala y tengo buenas condiciones. La verdad es que me hacen sentir una más de la familia», celebra. María Guijarro, directora foral de Igualdad, la escucha con atención. «Su historia está llena de dificultades. Tener en este territorio mestizo a esta mujer, que es una vizcaína más, nos enriquece como sociedad».

Su caso ha salido a la luz gracias a Save The Children, que ha organizado en El Arenal la iniciativa 'Bibliotecas Humanas'. «En vez de libros queremos leer personas. Migrantes que tienen una historia que merece ser conocida. Y queremos que la ciudadanía vasca se enfrente a ellas porque es la manera de barrer los prejuicios», opina Eva Silván, directora de la ONG en Euskadi. A esta campaña de sensibilización, que pone el foco en los niños que huyen de su país por conflictos y pobreza, se han sumado, entre otros, el exjugador del Athletic Carlos Gurpegui, la escritora Amaia Barrena y la concejala bilbaína Itziar Urtasun. «Es una experiencia maravillosa. Debería pasar por aquí mucha gente», animó Gurpegui. Estará abierto en Bilbao hasta el domingo (de doce a dos y media y de seis a ocho y media) antes de recalar en otros ocho municipios vascos.

«Saldré adelante»

El responsable de la Agencia Vasca de Cooperación, Paul Ortega, lo resumió como «una posibilidad de acercarnos afectivamente, más allá de las cifras». Sara Polo, coordinadora de la iniciativa, explicó que «los protagonistas, naturalmente, irán cambiando. Desde mujeres de Costa de Marfil, a familias venezolanas o una niña de Afganistán forzada a un matrimonio infantil. El lado más sombrío de la Tierra.

Gentes como Abdeljalil, que esta semana ha cumplido 18 años. Cruzó el Estrecho en una moto de agua y ha pasado por dos centros de menores. Desde que alcanzó su mayoría de edad está en el albergue de Elejabarri. «Enseguida me voy a quedar en la calle. No pasa nada. Saldré adelante», asegura con una convicción que desarma. O Beto, que a los 16 años quedó a cargo de sus hermanos, cuando su madre -soltera- emigró a España. «Cuando llegué, jugaba a baloncesto, pero prohibieron los extranjeros en la LEB». O Georges, un bilbaíno de origen camerunés. «En los 70, sólo había siete negros en Bilbao y mi padre era uno. Era algo exótico. El racismo llegó después». Para combatirlo, para desterrar los prejuicios, qué mejor que acercarse a El Arenal.

 

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