Santutxu, parada y fonda para migrantes

Los acogidos en Karmela se rotan cada noche para preparar la cena a todos sus compañeros. En la foto, tres voluntarias disponen los ingredientes. /Maika Salguero
Los acogidos en Karmela se rotan cada noche para preparar la cena a todos sus compañeros. En la foto, tres voluntarias disponen los ingredientes. / Maika Salguero

Un centenar de voluntarios se vuelca para convertir la antigua ikastola Karmelo en un hogar de acogida

EIDER BURGOS

Atardece y en la cocina de Karmela huele a cebolla recién cortada. Tres jóvenes preparan las enormes ollas con las que confeccionarán la cena a un centenar de compañeros; esta noche toca macarrones. Los improvisados chefs son también parte de los 130 migrantes que en estos momentos acoge la antigua ikastola Karmelo, en Santutxu. De pinches, tres voluntarias que esta noche se estrenan.

Forman parte del centenar de personas que de forma desinteresada han convertido el centro educativo en bienvenido hogar de acogida. Profesores, médicos, familias, de Bilbao, Erandio, Portugalete... Un nutrido grupo de voluntarios entre vecinos y miembros de diversas plataformas que en muchos casos han acompañado a los migrantes de Rekalde a las campas de Atxuri y más tarde a Bilbao La Vieja. El 28 de junio empezaron a ofrecer cenas en diferentes locales -calculan que ya han servido más de 6.000 raciones- y desde el 17 de agosto acogen oficialmente en la vieja ikastola.

A Karmela llegan los migrantes que ya han consumido las tres noches de cobijo que les ofrece Cruz Roja. Aunque algunos continúan de inmediato su viaje -especialmente a Francia y Bélgica-, otros necesitan más tiempo. Ya sea porque esperan dinero de sus familias, un contacto o simplemente precisan descansar de un viaje que en ocasiones se prolonga durante años y suele desembocar en un arriesgado trayecto por mar. Solo un 5% decide quedarse de forma permanente.

«Los recursos que reciben al llegar son casi nulos», critica Berta, dependienta que trabaja con el grupo de traductores de francés, que ya cuenta con 61 voluntarios. Son necesarios: con la mayoría de acogidos procedentes de Camerún, Guinea-Conakry y Bisáu, Costa de Marfil, Senegal y Mali, es el idioma que aquí más se habla. Les ayudan en las asambleas diarias que celebran antes de la cena, en las que debaten temas de convivencia o solucionan dudas. «Pero no somos un servicio de traducción», aclara Berta. Son, más bien, «un grupo de apoyo en diferentes campos». Por un lado, orientan a los que acaban de llegar. Por otro, les proporcionan información médica y les comunican a qué derechos pueden acogerse.

1- Grupos de Santutxu les ayudan a financiarse con 'kutxas' en comercios. 2- Compran la comida en el barrio y reciben alguna donación de comercios. 3 -Una «espectacular» campaña de recogida ha llenado los armarios.

Compras y armario

Hay más grupos de trabajo. El de las compras se encarga de llenar la nevera, sobre todo con comercios del barrio -en varios de ellos hay 'kutxas' donde se puede colaborar económicamente-, pero también con la ayuda del Banco de Alimentos y puntuales donaciones. Cada noche, dos personas pernoctan en el centro y reciben a los recién llegados, «aunque es raro, porque en la oficina de la Cruz Roja de Abando les atienden hasta las 20.00 horas, así que suelen llegar antes», explica Javier Seco, miembro de la red de acogida de barrio. Y en el grupo de español ya han dado clase a 90 personas, «alumnos fenomenales con unas ganas de aprender impresionantes», afirma José Antonio Peñafiel, jubilado que ahora ejerce de profesor con otros veinte voluntarios. «Tienen entre veinte y cuarenta años, pero a todos los sientes como a tus hijos».

Otras quince personas llevan la 'boutique', como llaman cariñosamente al almacén de ropa. El fin de semana pasado fueron más, cuando llevaron a cabo una campaña de recogida de ropa, mantas y elementos de higiene. «La acogida fue espectacular, siempre lo ha sido», afirma con una sonrisa Susana, una de las voluntarias de la sección. «La gente hasta se ofrecía para trabajar con nosotras, aunque fuese una hora. Algunos nos traían sobres con dinero porque querían ayudar y no sabían cómo hacerlo».

Tal fue la recepción que tuvieron que abrir nuevas secciones para organizar el fondo de armario. En un aula cuelgan las prendas de hombre -hay perchas fabricadas con porterías, obra de un voluntario-, en otra las de mujer y niño, y en una tercera mantas y ropa de cama. A los nuevos se les da un paquete de ropa limpia, toalla y 'kit' de baño. «Cuando llegan a Bilbao solo tienen un chándal gris, que es el que les dan en la primera asistencia», explica Javier Seco. «Lo primero que quieren es quitárselo, porque les identifica con el perfil de inmigrante».

Más allá de darles un techo bajo el que dormir, comenta Berta que en Karmela trabajan por «ofrecer un acogida digna». Algo de lo que deberían encargarse las instituciones, coinciden los voluntarios, pero que a día de hoy, desatienden. «Nuestra labor no hace más que poner de manifiesto las carencias del sistema de acogida, cuando el cumplimiento de los derechos humanos no es algo que se pueda escoger», denuncia la voluntaria.

Mientras no se ofrezcan más recursos, ellos seguirán «trabajando con vocación de justicia». Dando descanso a los que continúan su viaje y «encauzando» a los que quieren quedarse. «Son chavales educados y respetuosos», presume José Antonio. «Es increíble cuando simplemente les das un abrazo o una palmada en el hombro. Con todo lo que han pasado, les dices 'bienvenido a Karmela' y les sale una sonrisa que es la leche».

«¿Cómo queremos que figure Bilbao en el mapa, como 'ciudad MTV' o por su solidaridad?»

Tras dos semanas de demora, miembros de la red de acogida de Karmela esperan reunirse mañana con representantes del Gobierno vasco, la Diputación de Bizkaia y el Ayuntamiento de Bilbao. A los mandatarios les exigirán «un sistema de acogida integral, más recursos», y que sean ellos los que lo lleven a cabo, «que no externalicen el servicio».

Denuncian los voluntarios que es una cuestión de «falta de voluntad». «Pueden traer a 80.000 personas a las finales de rugby y gastar 200.000 euros en los fuegos artificiales de Aste Nagusia. Pero, ¿pueden invertir en justicia?», se pregunta Javier Seco, miembro de la red de acogida de barrio.

«Nosotros trabajamos 'de mil amores', pero quien debería responsabilizarse son las instituciones», recrimina José Antonio Peñafiel, profesor voluntario de castellano en Karmela. «Nosotros nos organizamos y en seis, siete horas, estábamos sirviendo las primeras cenas. Si un barrio como Santutxu, con tanta gente en situación precaria, puede hacerlo, ¿cómo no va a poder un Ayuntamiento como el de Bilbao?», inquiere Berta. «Lo importante es cómo queremos poner a Bilbao en el mapa -lanza Javier-: ¿como 'ciudad MTV' o como un ejemplo de solidaridad?».

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