Resacón en Bilbao: ¡Hemos perdido al novio!

Un grupo de jóvenes brinda en una noche de juerga en Bilbao./Borja Agudo
Un grupo de jóvenes brinda en una noche de juerga en Bilbao. / Borja Agudo

Un grupo de amigos tiene que recurrir a la Policía y buscar por los hospitales al novio 'desaparecido' durante una despedida de soltero

David S. Olabarri
DAVID S. OLABARRI

Todo empezó con una pregunta: «¿Dónde está Jon?».

Son las tres de la madrugada del pasado domingo en Bilbao. Un grupo de amigos está celebrando la despedida de soltero de Jon (nombre ficticio), que se va a casar la próxima semana. Este joven vizcaíno está ya bastante perjudicado después de muchas horas de cervezas y cubatas. Sus amigos no se lo están poniendo fácil. Él vive fuera de Bilbao, pero además le han quitado el móvil, las llaves de casa de sus padres y la cartera. No quieren que se escape y lo están «poniendo azul» a chupitos. Uno tras otro. Lo están pasando bien. Pero no hay compasión. Es el peaje que debe pagar con sus amigos antes de contraer matrimonio y, en principio, sentar la cabeza.

De pronto alguien se da cuenta de que el novio no está en el bar. ¿Dónde está Jon? Aritz piensa que habrá salido fuera a tomar el aire. Pero allí no está. Iván dice que ha tomado muchos tragos, que igual está en el baño. Tampoco. «No pasa nada. Igual se ha quedado en el otro bar con alguien y no nos hemos dado cuenta», apunta otro. Van hasta allí. Pero tampoco encuentran nada. Empiezan a preocuparse.

Varios amigos ya se habían ido a casa. Piensan que quizá se ha ido con alguno sin que se enteren los demás. Los teléfonos, sin embargo, están apagados o no contestan. Piensan que igual se ha ido a casa de sus padres. Pero eso es imposible porque no tiene llaves. Igual está en algún portal o en algún banco durmiendo. Uno bromea con que lo que están viviendo se empieza a parecer a la película 'Resacón en Las Vegas'. Pero, en una situación así, no hay demasiado espacio para el humor. Comienza en ese momento una búsqueda a la desesperada. Rastrean por todos los bares que han recorrido esa noche. Miran también por todas las calles que han recorrido. Nada. Son casi las ocho de la mañana ya y la preocupación empieza a convertirse en un evidente nerviosismo.

Llaman a su hermano mayor. Saben que no tiene llaves, pero aun así van a la casa en la que vivían sus padres. Suben hasta su piso, pero no está. Ni en su casa, ni en su portal, ni en las escaleras. La cosa se está poniendo seria. Empiezan a preocuparse de verdad. ¿Le ha podido pasar algo cuando estaba fuera del bar? A las cabezas de algunos de sus amigos empiezan a llegar imágenes de secuestros, violaciones y decapitaciones. Es entonces cuando deciden denunciar lo ocurrido ante la Ertzaintza. Llaman también a la Policía Municipal de Bilbao. A uno se le ocurre que quizá está en un hotel. Y empiezan a llamar a decenas de ellos. Pero siguen sin dar con él. Llaman al metro. Alguna vez se había quedado dormido volviendo de fiesta y se había despertado en Plentzia. Lo último es llamar a los hospitales. Nadie sabe nada.

Ya cerca del mediodía, todos los amigos que habían estado en la despedida están ya despiertos. Pero Jon no está con ninguno de ellos. A alguien se le ocurre que debe llamar a la novia para explicarle que han perdido a su novio. La joven, que en ese momento estaba fuera de Bilbao, no da crédito. «¿Cómo que no sabéis dónde está?», pregunta. Coge el coche y pone rumbo hacia la capital vizcaína. Está muy preocupada.

Algunos ya se temen lo peor. «Es imposible que lleve tanto tiempo dormido en un portal y todavía menos en la calle con el frío que ha hecho esta noche», razonan. Empiezan a llamar a amigos para que bajen a buscarle por Bilbao, ya prácticamente a la desesperada. Y, de pronto, Jon aparece. Son casi las dos de la tarde. Está saliendo del portal de casa de sus padres. Le encuentran su hermano y un amigo, todavía medio dormido. «¿Dónde coño has estado?», le pregunta.

El joven pensaba que sus amigos no le iban a dejar marcharse a casa. Así que se guardó un billete de 20 euros sin que el resto se diese cuenta para el momento en el que quisiese irse a casa. Y se fue al piso de sus padres, donde sus amigos habían buscado en varias ocasiones. No tenía llaves. Pero consiguió que un vecino le abriese. Estuvo un rato tumbado en el rellano de la escalera de su piso, pero después le entró vergüenza de que alguien le viese allí tirado y subió a la última planta, cerca de los trasteros, donde encontró un punto más acogedor para echarse a dormir. A nadie se le ocurrió subir hasta allí a buscarle. «No quiero ni pensar en el bufido que le metió su novia después de superar el susto. La lección de todo esto es que no se puede dar tantos chupitos al novio ni dejarle sin móvil», explica uno de sus amigos, ya superado el mal trago.

 

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