Hombres de Dios... y de ETA

Iñaki Rekarte y su mujer, Mónica García de Paredes, pasean por Bilbao./
Iñaki Rekarte y su mujer, Mónica García de Paredes, pasean por Bilbao.

Iñaki Rekarte acudió a espacios eclesiales para enrolarse en la violencia y fue la primera puerta que tocó para salir de ella

PEDRO ONTOSO

En 1991 Iñaki Rekarte era un joven alocado que quería matar y no le importaba morir por Euskal Herria. En 2002, desencantado por la violencia inútil y el terror, decidió romper con su pasado para "salir de aquella mierda". En ese intervalo de tiempo puso un coche bomba en Santander y acabó con la vida de tres personas. Y lo pagó con veinte años de prisión y una conciencia intranquila, que le recuerda cada día la biografía de aquellas víctimas inocentes. Rekarte entró en ETA apoyado por una logística en la que sacerdotes franceses jugaron un papel fundamental y salió de la organización terrorista gracias a la ayuda de sacerdotes vascos que le atendieron cuando llamó a su puerta. Lo cuenta en su libro Lo difícil es perdonarse a sí mismo. Matar en nombre de ETA y arrepentirse por amor (Península).

A finales de la década de los ochenta, Iñaki Rekarte se había enganchado en la espiral de la droga, como muchos otros jóvenes de su generación. Hijo de una familia muy creyente, sus padres acudieron a la parroquia de su barrio irunarra, Santo Cristo de Artiga, a cargo del sacerdote José Ramón Treviño, que enseguida les puso en contacto con Proyecto Hombre, una asociación que se dedicaba a la desintoxicación de drogadictos. El centro de San Sebastián lo dirigía otro cura, Félix Azurmendi, "una persona de una categoría humana excepcional, un hombre abierto y proactivo que siempre tenía para todos un gesto y unas palabras amables. Se desvivía por sacar de aquel infierno al mayor número de personas posible", recuerda en su libro. Treviño y Azurmendi jugarían luego distintos papeles en la trayectoria del etarra.

De un infierno a otro. Rekarte se enroló en ETA y pronto pasó la muga para prestarse al rito de iniciación, una liturgia que arrancaba en la casa parroquial de Espelette, donde el párroco, Pantxoa Garat, se dedicaba a proporcionar cobijo a los miembros de la organización. "Se trataba de un cura bondadoso que declaraba de forma rotunda su oposición a la violencia y los asesinatos, pero acogía bajo su manto protector a un montón de militantes de ETA", escribe Rekarte. Nacionalista convencido, al lado de la iglesia donde oficiaba misa y pedía la paz había habilitado una vivienda llena de camas por la que pasaban infinidad de jóvenes que habían sido reclutados para la causa de ETA. "El trasiego que había en la casa no lo protagonizaban catequistas". Por allí pasaron muchos históricos de la organización hasta su detención en un golpe policial contra algunos comandos.

Lazos entre el clero y ETA

La detención de Garat permitió a la Policia francesa confirmar la existencia de sólidos lazos entre una parte del clero vascofrancés y ETA. En 1992 los servicios antiterroristas francses cotejaban una lista de una veintena de sacerdotes que colaboraban con la banda. En 1970 ETA secuestró al cónsul general de la República Federal de Alemania en San Sebastián, Eugene Bëihl, y lo mantuvo encerrado en Zuberoa , en la iglesia de Montory, según se confirmó, con el beneplácito del responsable del templo. En 1990 Michel Idiart, párroco de Sare, fue detenido como presunto intermediario en el rescate de un industrial vasco secuestrado por la banda, aunque la policía nunca pudo comprobar su vinculación con el secuestro. El abad de Arbonne, Martin Carrere, albergó a activistas de ETA, como antes lo había hecho en la iglesia de Idaux-Mendi, cerca de Mauleon, en plena ofensiva de los GAL. Idiart y Garat fundaron la asociación Herriakerim que actuaba bajo el lema Ser buenos es abrir los brazos y cerrar los ojos».

Garat era el párroco de Espelette, la localidad natal del cardenal Roger Etchegaray, una personalidad de la Iglesia que realizó importantes labores diplomáticas para la Santa Sede. Etchegaray ha utilizado su red de contactos para impulsar una solución dialogada y poner fin a la violencia de ETA. En una reciente entrevista concedida a EL CORREO, la mujer de Iñaki Rekarte, la gaditana Mónica García de Paredes, revelaba que "gente del Vaticano" le había escrito a su marido para agradecerle lo que estaba haciendo por la paz y la reconciliación. Y lo cierto es que tras su estreno en ETA con un coche bomba que mató a tres personas en Santander y su amplio recorrido carcelario, la primera puerta que tocó el etarra fue la de la Iglesia, no la del Ministerio del Interior.

Rekarte venía de una familia creyente, muy relacionada con la parroquia su madre era catequista, algo muy habitual en Euskadi, sobre todo en aquella época. "Me bautizaron, hice la comunión, siempre he estado rodeado de curas y he discutido mucho con ellos. No me gusta la Iglesia, pero siempre acabo recurriendo a ella", confiesa en el libro. En la prisión de El Puerto de Santa María conoció a la que ahora es su mujer, Mónica García de Paredes, madre de su hijo Iñaki, y pieza fundamental para su itinerario de huida de la violencia. Rekarte siempre destaca la condición de creyentes cristianos de las personas que han sido muy importantes en su vida. De la familia de su mujer, subraya su vinculación a los marianistas. Mónica estudió con las monjas de las Esclavas del Sagrado Corazón, "porque su padre era muy creyente", una persona cercana a las tesis de la Teología de la Liberación. Su tío era fraile marianista en Madrid que realizaba un proyecto solidario en el que también participaba su madre. Incluso su vocación solidaria les llevó a trabajar en un proyecto de los marianistas en Guatemala.

Creyente también era la familia de Rekarte. El activista y Mónica se casaron en la cárcel de Topas, en una ceremonia presidida por el alcalde de la localidad salmantina, Juan Manuel Fulgencio Martí, elegido en la candidatura del Partido Popular. Era el 7 de octubre de 2006. Hubo bertsos en euskera, pero también un texto del evangelio de San Lucas.

Resulta curioso que la orden de los marianistas, abierta y moderna, se cruzara en la biografía de Rekarte. Los marianistas tutelan el potente grupo editorial SM, que entre sus distintos sellos editan la revista Vida Nueva y gestionan PPC, impulsadas con buen tino en su nuevo tiempo por Javier Cortés ya no está en el proyecto, hermano, por cierto del obispo de Sant Feliu de Llobregat, Agustí Cortés, y del que fue superior general de los marianistas, Manuel Cortés. PPC ha sido el gran valedor de los libros de José Antonio Pagola, exvicario de San Sebastián, perseguido por su libro Jesús. Aproximación histórica y, probablemente, porque nunca le han perdonado su labor como número dos de monseñor Setién. La puerta a la que llamó Rekarte cuando abrazó las drogas era la de Félix Azurmendi, gran amigo de Pagola. La segunda vez que llamó, para despegarse de la violencia de ETA, Azurmendi era vicario general de Juan Maria Uriarte, entonces obispo de San Sebastián, a quien puso al corriente de la situación.

Juanan, el director de Nanclares

Otras dos figuras claves fueron Marino y Juan Antonio Pérez Zárate. El primero era el jefe de servicio de la cárcel de Villabona, a la que fue trasladado Rekarte y en la que coincidió con Valentín Lasarte, otro de los disidentes. El segundo, era el director de la prisión de Nanclares y el enlace directo con la dirección de Instituciones Penitenciarias. El Gobierno socialista abrió en 2009 lo que se conoció como la Vía Nanclares para la reinserción de los presos de ETA que habían decidido desvincularse de la organización y pedir perdón a cambio de beneficios penitenciarios. Juan Antonio Pérez Zárate, con el que Rekarte trabó una gran amistad, era un firme creyente. Rekarte dedica el libro a Marino y Juanan, «dos pedazos de personas que tuve la suerte de encontrarme en el laberinto de la vida».

En ese laberinto, a veces, se cruzan experiencias inesperadas. Es lo que le sucedió al sacerdote José Ramón Treviño, el cura al que acudió la madre de Rekarte cuando su hijo era un drogadicto. El movió los hilos para que le admitieran en Proyecto Hombre. «Era uno de esos curas que hacen el bien sin preguntar», recuerda Rekarte, que, sin embargo, le buscó «la ruina». Tras el atentado en Santander, el etarra y su compañero de comando, se acercaron a Irún con motivo de los carnavales. Por la noche se acercaron a la casa de Treviño. Había ascendido y era arcipreste de la ciudad. Su jefe inmediato era José Antonio Pagola, vicario general de monseñor Setién.

Treviño no les franqueó la puerta, pero les dejó las llaves de la iglesia. «Nos negó su casa, pero ofreció la de Dios», escribe Rekarte. Dejaron una pista que más tarde le iba a llevar a la cárcel. Cuando cayó el comando, el juez les interrogó por su relación con Treviño, que terminaría siendo condenado a tres años de prisión. El fiscal había pedido el doble de años, pero los jueces centraron su atención en «las profundas relaciones de afecto personal le conocía desde niño, y los humanos principios de solidaridad del acusado, potenciados por su condición de sacerdote para reducirle la pena». La última referencia de Treviño me la sirvió uno de mis alumnos del Máster de Periodismo de EL CORREO-UPV/EHU, Arturo Rojas, que cubrió hace tres meses un debate en Hendaia bajo el título Bidasoa. Jornadas para la convivencia, organizado por Antxeta Irratia. Treviño, junto al exrefugiado Jokin Etxeberria, el expreso Juan Rojo y la abogada Millen Illareta, defendió el papel de la Iglesia vasca en los tiempos de ETA en favor del diálogo y la paz desde los postulados cristianos.

 

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