El Correo

Carretera de Carmona

Vista de Carmona desde lo alto de la collada que lleva su nombre.
Vista de Carmona desde lo alto de la collada que lleva su nombre. / SANE
  • Este municipio cántabro encierra en su conjunto arquitectónico tradicional la esencia más pura y rural de la región, y abre la puerta al visitante de la reserva natural más importante, protegida desde hace más de un cuarto de siglo

De Cantabria, Miguel Ángel Revilla, el presidente más mediático que ha tenido la comunidad, hizo famosas sus anchoas. En cada visita a Madrid dicen que se llevaba una cuantas latas de Santoña para regalar entre sus colegas e, incluso, al taxista que le llevaba al Congreso. Pero la comunidad es mucho más que este manjar robado al mar. Y Revilla lo sabe. Por eso, cada Navidad desde que dejó el despacho que ocupaba en la sede del Gobierno regional nos deleita con su villancico a golpe de montañesa, subido en unas albarcas y en alguna parte de la Cantabria más profunda.

Albarcas, calzado tradicional hecho a mano.

Albarcas, calzado tradicional hecho a mano. / E.C.

Los que le conocen aseguran que gusta mucho de subir hasta Carmona. Este municipio, situado a 60 kilómetros de Santander y que da nombre a una de las tonadas más conocidas, es uno de los más bonitos de la región y también donde todavía hoy se pueden saborear las viejas costumbres de una tierra que durante años ha vivido de espaldas a sus tradiciones, aunque ahora los jóvenes hayan vuelto la cabeza hacia ellas y se esmeren por recuperarlas. El idilio de Revilla, descendiente de Polaciones, otro de esos pueblos casi perdidos en la montaña, con Carmona viene de lejos y empieza por los pies. Por sus albarcas. Y es que en este pueblo todavía hay artesanos capaces de convertir un tronco de madera en unos 'zuecos' con tres tarugos, a base de maña y algo de tiempo.

Sin embargo, el encanto de Carmona nos obliga a levantar la vista por encima de este oficio en vías de extinción y al que se homenajea en la plaza del pueblo. Allí, una escultura de dos albarcas hecha en piedra recuerda desde 2007 a Amado Gómez, un albarquero mítico que murió hace unos años. La villa, situada entre los valles del Nansa y el Saja, es Bien de Interés Cultural desde 1985 y su casco urbano está cuidado al milímetro.

Lo primero que llama la atención son sus calles empedradas. El asfalto solo ocupa la carretera general, que bordea uno de los extremos del pueblo. Pero cuando el caminante se adentra en el núcleo urbano lo único que encuentra es piedra asentada. Olvídense de los tacones y, si llueve, de las bailarinas, si no quieren llevarse un traspié.

Si luego alzamos la mirada para ver las casas se darán cuenta de por qué Carmona es la Cantabria más autóctona. A un lado y otro de las calles se levantan tradicionales casonas montañesas de dos pisos, que datan de los siglos XVII y XVIII, aunque también se conserva alguna del XVI. Todas han sido construidas a base de piedra y madera. Las más monumentales tienen arcos que dan paso al zaguán donde se trenzan las cebollas y se acomodan las panojas (en el resto de España, mazorcas de maíz), dos de los cultivos tradicionales.

El monumento a Amado Gómez en Carmona.

El monumento a Amado Gómez en Carmona. / SANE

Justo por encima tal vez encuentren a alguna mujer colgando la ropa en el corredor de madera, embutido entre dos muros cortavientos, otro de los elementos más identificativos de la arquitectura cántabra. En Carmona, además, cada balcón rivaliza con el vecino en belleza. Los dueños suelen colocar abundantes macetas con flores. Lo que mejor se da son los geranios, unas plantas que aguantan bien el calor del verano y el frío del invierno.

Subvenciones desde México

Todo el pueblo es una joya, pero existen varios conjuntos urbanísticos que no hay que perderse. El primero está compuesto de tres casonas del siglo XVII en la calle Sol. Destacan por sus labrados decorativos en los dinteles de las puertas, en los pilares y en la madera. Luego, en el barrio de la Hoya, hay que ver los escudos de Cossío y Mier, y en el de Robreo, la casa Cossío.

Tampoco nos debemos saltar la iglesia de San Roque, una obra pagada por Pablo Fernández Calderón, un emigrante a México que donó 7.000 pesos. Está en pleno centro y tiene planta de cruz latina y bóveda de crucería. En su interior hay un retablo del siglo XVIII y un relieve de la virgen del Carmen. Otros dos edificios religiosos destacables son la ermita de Nuestra Señora de Guadalupe, también encargada por un indiano que envió desde México una imagen de esta virgen, de ahí su nombre, y la de Lindes.

Manuel Llano y las leyendas de Cantabria

Pero sin duda, el inmueble más importante de Carmona es el Palacio de los Mier, que data del siglo XVIII. Cuenta con los escudos de armas de Díaz, Cossío, Calderón y Mier, con el lema 'adelante los Mier, por más valer". En su fachada también nos encontramos la siguiente inscripción: "Reedificose esta casa en el año de 1715 por don Francisco Díaz de Cossío, canónigo dignidad de maestre de la escuela de Burgos". Durante algunos años fue parador regional, aunque hoy está en desuso.

En Carmona, además de la estirpe de los Cossío y los Mier, vivió Manuel Llano (Sopeña, 1898 - Santander, 1938). Nel, como le llamaban los vecinos, fue un importante escritor cántabro de principios del siglo XX y a él se le debe la pervivencia de los mitos regionales como el ojáncano, las anjanas y el 'trasgu'. En sus libros se encargó de plasmar las leyendas, costumbres y tradiciones cántabras, por lo que es muy estimado por los amantes del folclore. Llama la atención, también, que en la transcripción original de sus escritos, Llano respetaba el deje particular de estas zonas rurales de la región, caracterizado por la aspiración de la hache y de la jota, y por la pronunciación de la o final de muchas palabras como si fuera una u.

Cocido, caza, orujo y naturaleza

Hayedo en la reserva natural del Saja.

Hayedo en la reserva natural del Saja. / SANE

Una vez que nos hemos acercado a ver Carmona, también podemos hacernos una buen ruta para conocer otros lugares cercanos e interesantes. Podemos, por ejemplo, parar en el pueblo Ruente, en el valle de Cabuérniga. Es otro municipio de calles empedradas y con encanto. A diferencia de Carmona y porque la carretera general lo parte a la mitad, destaca su abundante hostelería. Es un lugar muy típico para comer el cocido montañés (de alubias) o lebaniego (de garbanzos), con su berza y su 'compangu' (panceta, jamón, chorizo, morcilla...).

Desde Ruente también podemos acercarnos al nacimiento de La Fuentona, una surgencia kárstica intermitente que sale de una cueva y que está catalogada como punto de interés geológico. Otro paraje imprescindible, aunque más desconocido son las cascadas de Lamiña, a las que se accede por una pista fácil de cuatro kilómetros desde el pueblo de Barcenillas.

Y si nos gusta andar por el monte, visita obligada es la Reserva del Saja, que comprende un parque natural protegido desde 1988, donde sobresalen los hayedos y los acebales, y la reserva cinegética más extensa de España. Tampoco nos queda lejos Potes, capital del orujo, y Fuente De, donde podemos coger el teleférico para subir hasta el corazón de los Picos de Europa.