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La Plaza del Torico, punto neurálgico de Teruel.

Teruel existe... y siente

  • El mausoleo de los amantes Isabel y Diego, las cuatro torres mudéjar y la Plaza del Torico concentran el grueso de las visitas a la capital turolense

Frío, pequeño y poco conocido, el turista se acerca a Teruel, más bien escéptico, con cierta sensación de superioridad. El tópico ha calado hondo en los cuatro puntos cardinales de España donde persiste la creencia de que la ciudad es poca cosa, casi inexistente. Nada más incierto. Teruel no es frío -salvo quizá en lo meteorológico-, resulta coqueto, y recibe con amabilidad a cuantos allí recalan. Todo lo contrario de lo que dice la leyenda popular, es una ciudad caliente. El turista descubre, además, que es algo más que mero guardián de la historia de un amor imposible, el de los amantes Isabel y Diego.

Desde fuera se cree que los turolenses viven amilanados por esa fama de ciudad pequeña que la ha envuelto desde tiempos remotos. Hay quien piensa incluso que viven acomplejados frente a sus vecinos maños y oscenses. Nada más lejos de la realidad. La Plaza del Torico es el escenario ideal, y diario, para demostrar lo equivocado de esta impresión. El experimento es sencillo. En cuanto el visitante menciona, en alta voz, aquello tan manido y socorrido de "¡qué pequeño es!", en clara referencia a la figura que da nombre a la zona, algún lugareño se revuelve como si le hubieran mentado a la madre. Como no podía ser menos, se muestran satisfechos de su historia y orgullosos de su ciudad y monumentos. Y el 'torico' es uno de los emblemas de la ciudad.

Escultura del Torico, símbolo de la fundación de la capital turolense.

Escultura del Torico, símbolo de la fundación de la capital turolense.

Efectivamente, la talla que da nombre a la plaza Carlos Castel es más pequeña de lo que uno pensaría de no conocerla. De ahí la extrañeza que muestran los visitantes. Desde la cola a la boca, mide 45 centímetros; su anchura es de 2 centímetros; y la altura de la base hasta los pitones alcanza los 37 centímetros, mientras que hasta el morrillo del animal hay 28 centímetros. El término 'torico' no hace referencia a su tamaño, sino al habla particular de las gentes del lugar y pueblos limítrofes. La cuestión es que la plaza donde se sitúa esta pequeña escultura es el centro neurálgico de la ciudad y punto de encuentro para vecinos y forasteros. Sobre todo, durante el segundo fin de semana de julio, cuando se convierte en corazón y pulmón de toda la ciudad que vive los tres días más intensos del año, en los que se rinde culto a la vaquilla. El 'torico' se viste de rojo y se convierte, más que nunca, en el emblema de la capital.

Dicen que en su origen se encuentra la propia fundación de Teruel. La leyenda explica que, durante la Reconquista llevada a cabo bajo el mandato del rey Alfonso II, los adalides, que buscaban un lugar para levantar un asentamiento, soltaron un toro que se detuvo justo debajo de una estrella. En ese punto se levantó la ciudad a la que se llamó Toruel. La literatura romántica de inicios del siglo XX explica la teoría del nombre: TOR (por toro) y UEL (la estrella vulgarmente conocida como Actuel); de ahí que TOR y UEL, formen el topónimo Toruel.

Desde 1858, el 'Torico' se sitúa en esta plaza que se bautiza con su nombre. Se eleva sobre una columna de piedra labrada y anillada que descansa sobre un vaso circular que acoge el agua que sale de 4 caños o cabezas de toro. Esta fuente se ubicaba ya en el siglo XVI frente a la medieval calle de la Cárcel para distribuir el agua llegada desde la Peña el Macho sobre el Acueducto de Pierres Vedel. La fuente se trasladó a su ubicación actual porque los carruajes no podían atravesar esta zona, según relata el cronista municipal.

Los amantes de Teruel

La ciudad alimenta, como nadie, otra leyenda que le ha dado fama internacional. La historia de un amor imposible entre Juan Diego Martínez de Marcilla e Isabel de Segura, los amantes de Teruel, que se remonta al siglo XIII. Él era el segundo hijo varón de su familia y, por tanto, no tenía derechos de herencia; mientras que ella era hija única de una de las casas más ricas de la ciudad. Bajo estas condiciones, su amor solo podía culminar si el joven era capaz de lograr las riquezas suficientes como para aportar una dote acorde a las demandas de la familia de la muchacha. El padre de Isabel le concedió a Diego un plazo de cinco años para tal fin, y éste se unió como soldado de fortuna a las tropas cristianas que luchaban contra la invasión musulmana con la promesa de volver rico. Mientras, la chica rechazaba propuestas de matrimonio de muchos de los nobles de la ciudad y aplacaba los deseos de su padre de que contrajera matrimonio cuanto antes.

El mausoleo de los amantes de Teruel es obra del escultor Juan de Ävalos, artífice de las esculturas del Valle de los Caídos.

El mausoleo de los amantes de Teruel es obra del escultor Juan de Ävalos, artífice de las esculturas del Valle de los Caídos.

Pasado el plazo dado, y sin noticias de Diego, Isabel contrajo matrimonio, sin saber que su amado llegaría al día siguiente repleto de riquezas. Al saber que su amada ya había sido desposada, Diego tan sólo se atrevió a entrar en los aposentos de los recién casados para pedirle un primer y último beso. Ella se lo negó, y él cayó muerto. Al día siguiente, en sus funerales, consciente de su desgracia, Isabel se acercó al cuerpo sin vida de su amado y "le dio en muerte el beso que le había negado en vida". Inmediatamente cayó muerta. Conocida su historia, los restos de los amantes fueron enterrados juntos en una de las capillas de la Iglesia de San Pedro.

Por muy familiar que le resulte la historia, ni se le ocurra hacer paralelismos con la tragedia de William Shakespeare sobre Romeo y Julieta y las escaramuzas entre capuletos y montescos en la ciudad de Verona (Italia). Aseguran que el drama italiano salió de la pluma del escritor inglés probablemente inspirado por una larga tradición de romances trágicos que se remontan a la antigüedad. Teruel asegura, sin embargo, que sus célebres amantes eran de carne y hueso, como lo atestiguan sus momias, y que su romance fue real. Lo cierto es que la ciudad rinde testimonio y honra los restos de los supuestos Isabel y Diego en un sepulcro situado junto a la iglesia de San Pedro.

El mausoleo es un espacio museístico y de interpretación en el que se analiza el contexto social y cultural de esta historia. Decenas de miles de visitantes de todo el mundo contemplan el monumento funerario obra de Juan de Avalos, artífice de las esculturas del Valle de los Caídos (Madrid) y del monumento a Carrero Blanco (Santoña). El artista esculpió en 1955 un conjunto monumental en alabastro y bronce en el que se representa las estatuas yacentes bajo las que reposan las momias, que durante siglos habían permanecido en unas condiciones penosas. El escultor sintetiza la fría serenidad de los amantes, cuyas manos no llegan a juntarse, en un símbolo de amor imposible que desborda los conceptos humanos. Las bases están moldeadas en bronce: un ángel –que simboliza la obediencia- en el sepulcro de Isabel; un león –símbolo de la valentía- bajo la tumba de Diego.

Desde 2005 el conjunto escultórico de Juan de Ávalos se puede admirar desde una perspectiva adecuada. El arquitecto Alejandro Cañada diseñó un edificio de tres plantas y una superficie total expositiva de 350 metros cuadrados, donde el visitante se traslada al siglo XIII y llega a conocer la verdadera historia de los amantes y su mausoleo. En este inmueble se da cuenta de la extensa producción artística que ha generado la tradición amantista, inspiradora de escritores como Tirso de Molina y Juan Eugenio Hartzenbusch, músicos como Tomás Bretón y pintores como Muñoz Degraín.

Las torres mudéjar

Teruel es uno de los ejemplos más representativos del arte mudéjar aragonés y español, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1986. Sobre todas las construcciones existentes en la ciudad, destacan cuatro maravillas: las torres de San Pedro y la Catedral, la de El Salvador y San Martín. Fueron construidas por los musulmanes que vivieron en el territorio reconquistado; las dos primeras a mediados del siglo XIII y las dos restantes en el siglo XIV.

El mudéjar es un fenómeno exclusivamente hispánico que tiene lugar entre los siglos XII y XVI, como mezcla de las corrientes artísticas cristianas (románicas, góticas y renacentistas) y musulmanas de la época y que sirve de eslabón entre las culturas cristiana y el islam. Uno de los focos más interesantes es el del mudéjar aragonés, que se distribuye fundamentalmente en el valle medio del Ebro, el del Jalón y el del Jiloca en las provincias de Zaragoza y Teruel. También hay diversos expresiones del mudéjar toledano, leonés y andaluz. Aunque las estructuras arquitectónicas y los materiales son modestos, se logra un gran realce mediante el trabajo ornamental del ladrillo, yeso y madera: ajedrezados, espinas de pez, esquinillas, arcos ciegos, redes de rombos (sebka), cruces cristianas...

La torre de San Pedro es la más antigua de las torres mudéjares turolenses. El visitante puede ascender hasta el cuerpo de campanas mediante una escalera de caracol de 74 escalones. Desde allí se contemplan las otras tres construcciones. El exterior del ábside de San Pedro posee una gran belleza y está rematado por unos pequeños y esbeltos torreones. Su decoración es sobria en comparación con las que se levantaron posteriormente y tiene una clara influencia románica. De la Catedral, declarada monumento nacional desde 1931, el elemento más significativo es su techumbre de madera con unas valiosas pinturas. Es una de las escasas catedrales españolas, junto con la de Tarazona, construidas en este estilo.

Posteriormente se levantaron las torres de El Salvador y San Martín. Ambas son de mayor tamaño que las anteriores y poseen una exuberante riqueza decorativa. En ellas aparecen ya con claridad los rasgos góticos. Se construyeron en menos de un año, a razón de un 1,5 a 2 metros por semana. Hasta el punto más alto de las almenas, la altura es de 40 metros. La primera se puede visitar, aunque hay que salvar los 122 escalones de su torre; está realizada en ladrillo y yeso y en su construcción se emplearon unos 260.000 piezas de 30x15x5 centímetros. Primitivamente el exterior pudo estar recubierto con una lechada de yeso. La segunda es una torre-puerta de ladrillo con ornamentos de cerámica vidriada, que imita la estructura del minarete almohade con dos torres cuadradas concéntricas entre las que se sitúan las escaleras. La torre interior presenta tres pisos superpuestos cubiertos con bóveda de crucería.

Precisamente a comienzos del siglo XX los arquitectos se inspirarán en gran medida en el mudéjar para las nuevas construcciones modernistas. Con este estilo arquitectónico, conocido como neomudéjar, podemos encontrar un importante catálogo en el recorrido por las calles turolenses: la plaza de toros, el edificio de Sanidad y el Archivo Histórico, sin ir más lejos. Pero, volviendo al recorrido inicial, es en la Plaza del Torico donde luce en todo su esplendor un inmueble de 1912 del arquitecto Pablo Monguió, autor de una gran parte de las edificaciones modernistas de la ciudad.

Aun siendo la capital de provincia menos poblada de España, sus gentes reciben amables al turista para el que nunca falta reposo y avituallamiento, con el jamón como plato estrella y verdadero estereotipo de Teruel.