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Paseos, montes y cuevas por el Santuario de Arantzazu

Vista general del santuario.
Vista general del santuario. / Fotolia
  • Los planes de montaña también son ideales para realizarlos junto a los más pequeños. Cultura, historia y leyenda se unen en este rincón guipuzcoano alejado de las atestadas playas

Esta semana nos alejamos de la costa para adentrarnos en el corazón de Gipuzkoa. Es el momento de dejar las abarrotadas playas de nuestro litoral, llenas de turistas en este mes de agosto, para tomar altura y planear una excursión que combina tradición, cultura, montaña y aire puro. Nos vamos al Santuario de Arantzazu, lugar de culto para los guipuzcoanos -la virgen es la patrona de la provincia- y, además de un escenario sorprendente que merece la pena ser visitado, ya que es una de las puertas de entrada del parque natural Aizkorri-Aratz. Si a la excursión le añadimos las opciones de visitar un caserío cercano donde se elaboran quesos, las también próximas cuevas de Arrikrutz y el paseo por un lugar tan señorial como Oñati, tenemos un plan familiar de lo más completo.

El Santuario está situado a nueve kilómetros de Oñati, enclavado en el fondo y en lo alto (a 750 metros de altura) de un paisaje marcado por las montañas y los barrancos que se sitúan a sus pies. Y el porqué de su ubicación hay que buscarlo en su propia historia. Es la siguiente: "Se cuenta que un día, un pastor llamado Rodrigo de Baltzategi se alejó de su rebaño al escuchar un tintineo de un cencerro que venía del bosque. Pensó que podía ser una de sus ovejas y sin embargo se encontró en un espino una imagen de la Virgen con un cencerro que sonaba con el movimiento del viento. Así se inicia la historia de Arantzazu. Este encuentro que se produjo en 1468 y podía resultar meramente anecdótico, fue el principio de un larga historia que aun hoy sigue viva.

Aquella imagen de la Virgen recibió el nombre según la leyenda de Arantzazu, porque el pastor al hallarla, exclamó en euskera: 'Arantzan zu' (tú en el espino). Desde entonces y antes incluso de que llegará alguna orden religiosa a un lugar en pleno barranco, los lugareños iniciaron su devoción por la imagen de la Virgen. A ella se ligó la mejora de las cosechas que durantes años no habían sido buenas, así como la llegada de la paz entre oñazinos y gamboinos". Y desde principios del siglo XVI, son los Franciscanos los que se encargan de guardar la imagen de la virgen, y son los que se establecieron desde entonces en el Santuario, que ha sufrido diversas transformaciones por culpa de tres incendios. En cambio, la última gran reforma se produjo cuando en 1950 Pablo de Lete, Ministro Provincial de los franciscanos, lanzó la idea de la necesidad de construir una nueva basílica. Nace como resultado la actual basílica, en la que intervinieron artistas del calado de Jorge Oteiza (con los apóstoles de la entrada principal), Lucio Muñoz (decoración del ábside), Eduardo Chillida (puertas principales), Fray Javier María Alvarez de Eulate (vidrieras) y Néstor Basterretxea (decoración de la cripta).

Por su situación, el santuario recibe visitantes de dos tipos, de corte religioso y montañero. En el centro de interpretación del parque Aizkorri-Aratz, situado sobre la explanada del aparcamiento, hay detalladas numerosas excursiones que se pueden hacer. Nosotros nos referiremos a dos. Una el paseo hasta la campa de Urbia, la más clásica, la tradicional hasta el gran plano que se sitúa debajo de la cima más alta de la provincia. El trayecto, sin grandes dificultades pero siempre en ascenso, puede durar entre hora y media y dos horas hasta la campa. Merece la pena, siempre que los pequeños de la casa estén habituados a caminar. Incluso la mejor opción es llevar bocadillos y bebidas en la mochila y pasar allí la jornada. Como alternativa en caso de ver que es demasiado exigente está la ruta del camino escondido, que nos lleva hasta el fondo del valle con un rodeo de siete kilómetros hasta el punto de partida, que pueden ser algo más de dos horas entre la ida y la vuelta.

Y en caso de no querer caminar, siempre se puede pasear entre el santuario, que cuenta con caminos señalizados para comtemplar el panorama, y varios bares donde poder tomar algo y quedarnos a comer. Entre los existentes, nos quedamos con dos, el hotel restaurante Sindikay la hospedería de Arantzazu, reformada hace poco y que ofrece un aspecto moderno. Ambos lugares, idóneos para una comida sin grandes desembolsos.

En las inmediaciones tenemos el caserío Gomiztegi, a unos 3 kilómetros de Arantzazu y que fue adquirido por los frailes en 1950 En un principio el número de cabezas de ganado era reducido. Cuenta con importantes parcelas de terreno destinadas al ganado y hace unos años introdujeron ovejas en la explotación y se acondicionó una quesería con la técnica más moderna.

Y a mitad de camino entre Oñati y el santuario, se encuentra el desvío a la cuevas de Arrikrutz, más desconocidas de lo que debieran. Desde 2007 están abiertas al público y se pueden realizar visitas guiadas. En la web se explica que "la visita se realiza en la Galería 53 de la Cavidad de Arrikrutz, situado en el sistema Karstico de Gesaltza-Arrikrutz (con 15 km de desarrollo, el mas extenso de Guipúzcoa). A lo largo de los 60 minutos, se visita la Galería 53 con 500 metros de desarrollo y 35 metros de desnivel".

Y una vez finalizada la exploración, siempre es recomendable bajar a Oñati, dejar el coche y dar una vuelta por su casco antiguo, en donde destaca la iglesia, la plaza principal del pueblo con numerosos bares donde poder hacer un alto en el camino y, por supuesto, la Universidad, de notable belleza.