El Correo

Una pirámide y un águila entre Burgos y Cantabria

gráfico

Águila de la Columna Sagardía. / Javier Muñoz

  • Entre los puertos de Carrales y el Escudo se encuentran dos monumentos que recuerdan al viajero que en aquellas soledades se desarrollaron sangrientas batallas de la Guerra Civil

La N-623 fue la principal vía de paso de La Meseta a la costa. La apertura de la autovía de Reinosa le ha restado tráfico y ahora es una carretera poco frecuentada que discurre por uno de los rincones más salvajes y bellos de la provincia de Burgos. Allí, en los veinte kilómetros que hay entre los puertos de Carrales y el Escudo, nos aguardan dos monumentos de hace 74 años, deteriorados pero aún en pie, que recuerdan al viajero que en aquellas soledades se desarrollaron sangrientas batallas de la Guerra Civil.

El primero y más sorprendente se eleva en lo más alto del puerto del Escudo. En medio de un prado, colgada sobre el embalse de Corconte se levanta la 'Pirámide de los italianos'. Es una construcción piramidal de 20 metros de altura, de cemento forrado con placas calizas, construida por orden del general Franco en el año 1937. Aseguran que es una réplica en menor escala de la pirámide Cestia (año 12 a. c), que se alza junto a la vía Ostiense de Roma. Su interior albergaba los cuerpos de los 372 soldados italianos del CTV (Corpo Troppe Volontaire) que cayeron entre el 15 y el 17 de agosto de 1937 en el asalto a las posiciones de republicanas. El propio conde Galeazzo Ciano, yerno de Benito Mussolini y ministro de Exteriores de Italia, se acercó a este paraje entre Burgos y Cantabria en 1939 para supervisar el entierro de los legionarios fascistas.

La visita es fácil y merece la pena. Aparcamiento en lo alto del Escudo. Al otro lado de la carretera la pirámide se ubica en un terreno particular (no hay letrero que prohíba el acceso) salpicado de abetos y pinos. Una alambrada cierra la entrada, pero por la derecha un paso da acceso al terreno. Una ancha avenida nos deja frente al mausoleo. Impresionante. La antigua puerta tapiada y luego reventada se abre oscura en el centro de la M (de Mussolini). Cubierto de grafitis y deteriorado por los años, la nieve y el viento conserva su empaque. Con cuidado debido a los cascotes que dificultan los movimientos entramos.

Es circular. Los nichos donde reposaban 360 soldados se alinean hasta el techo. El altar ha desaparecido. En el suelo dos huecos (queda una escalera) dan acceso a la cripta donde estaban enterrados doce oficiales. Los cuerpos fueron exhumados en los años 70 y trasladados a la iglesia italiana de San Antonio, en Torrero, Zaragoza. Nos invade una sensación extraña de abandono. Casi un escalofrío. Salimos al exterior, al prado donde indiferentes a las guerras pastan caballos y vacas. Las vistas sobre las tierras del embalse y los montes de Campoo son maravillosas.

Antes de subir al Escudo, en el puerto de Carrales (km 73-74), en medio del páramo, se alza el monumento al general Sagardía y a su 62 División del Cuerpo de Ejército de Navarra. Es una impresionante águila de mármol blanco y negro. Al acecho, vigilante, con alas preparadas para alzar el vuelo. Visible en la distancia llama la atención de los conductores. El gigante de piedra encaja en un paisaje de matorrales, despoblado e inhóspito, batido por el viento. Los arquitectos guipuzcoanos Eduardo Olasagasti y José Antonio Olano (1940) diseñaron el monumento a mayor gloria de la Columna Sagardía. La obra corrió a cargo de construcciones Altuna. El general Antonio Sagardía Ramos (Zaragoza, 5 de enero de 1880 - Madrid, 16 de enero de 1962), fue un militar que nació en la capital aragonesa en el seno de una familia navarra oriunda de Gaztelu, en el Bidasoa. Al mando de este feroz cuerpo de ejército defendió entre agosto y septiembre de 1937 el Frente del Norte, en los llamados páramos, desde Revilla de Pomar hasta Bricia; participó en el asalto al Escudo y entró en Santander.

El monumento es ahora una reliquia de la guerra descuidada y olvidada. Los gamberros de turno han pintado sus muros, pero aguanta los años con dignidad. Se accede con dificultad debido a la falta de espacio para aparcar. Impresiona de lejos y de cerca. Es macizo, sin huecos, rodeado de una cenefa en la que se lee: 'Presente'.

En resumen, dos construcciones antiguas, vestigio de nuestro pasado más cercano, desprovistas ya de su significado político, sin protección ni señalización.

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