Oficios que se salen de la corriente

Unos están al borde de la extinción y otros son de nuevo cuño, pero la Ría les debe a todos buena parte de su carácter

Oficios que se salen de la corriente
Sergio García
SERGIO GARCÍA
1. Xabier Aizpuru
Remolcador de Ibaizabal, con seis barcos en el puerto exterior y dos en la ría.
2. Elías Jerez
Buzo, lo mismo limpia santos de varada que graba en video inspecciones submarinas.
3. Borja Maestre
Técnico de mantenimiento en la ACB, el gigante metalúrgico de Bizkaia.
4. Josu Prieto
Estibador en la terminal de contenedores del Puerto, carga y descarga barcos.
5. Javier Peñarredonda
Amarrador. Transporte de tripulaciones y servicio de aprovisionamiento.
6. Eider Salazar
Ingeniera industrial en la depuradora de aguas residuales de Galindo.
7. Tomás de Castro
Calderero en Astilleros Murueta, monta barcos como quien hace puzles.
8. Begoña Martínez
Memoria viva de las sardineras de Santurtzi, emblema de una época.
9. Jon Ispizua
Último de una larga estirpe de carpinteros de ribera, ahora en el Museo Marítimo.
10. José Ramón Marín
Práctico del Puerto y ría de Bilbao, asesora las maniobras de entrada y salida.

Decían los clásicos que nadie se baña dos veces en el mismo río. Aludían con ello no sólo a que la corriente cambia con cada tormenta o cada afluente que vierte al cauce, sino a la naturaleza misma de quienes nos sumergimos en esas aguas; cada vez más sabios o más torpes, dotados de arrojo o más temerosos. Lo sabe bien la Ría, esa cinta de agua hija del Nervión y el Ibaizabal sobre cuya paternidad arrojan sombras de duda el Cadagua, el Asua, el Gobela, el Galindo; que culebrea a lo largo de 25 kilómetros, desde Bilbao hasta el Abra, vertebrando un paisaje, como decía Ramiro Pinilla, de verdes valles y colinas rojas, esculpido por la mano del hombre y reinventado hasta la saciedad por quienes lo habitan.

Perduran las fábricas, los ferrocarriles, las grúas, los astilleros... fuentes de riqueza y sostén de familias. Pero ya no tienen ese carácter desafiante con que lo ungieron los dioses del hierro. Las gabarras, los embarcaderos, los talleres, las líneas de baldes cargados de mineral que engullían las tolvas de los altos hornos. Heavy metal. Todo eso cede ahora terreno a las universidades, a centros de I+D+I, a laboratorios de bata blanca, la apuesta de un mundo cada vez más globalizado para los tiempos que están por venir.

EL CORREO ha repasado las últimas semanas algunos de los oficios más ligados a este escenario, unos al borde la extinción y otros que gozan de excelente salud, pero todos parte de ese espejo en el que Bizkaia se ha mirado durante siglos. No están todos los que son, pero si son todos los que están. Por estas páginas han desfilado carpinteros de ribera, sardineras, obreros metalúrgicos, amarradores... También depuradores, como corresponde a un tiempo que espera haber desterrado ya para siempre esa Ría reducida a cauce navegable donde iban a parar todas las miserias de Bizkaia. Una «cloaca a cielo abierto» vuelta con los años del revés y convertida en hábitat de «mojarras y hasta lubinas», explica con orgullo Eider Salazar, del Consorcio de Aguas.

Quizá el mejor diagnóstico sea el de Xabier Aizpuru, de Remolcadores Ibaizabal, cuando dice que «la Ría cambia con cada empresa que echa el cierre». O Tomás de Castro, calderero de Astilleros Murueta, que cuando entrega un barco no puede dejar de pensar que «si a él le va bien, a mí no me puede ir mal». Sus vidas están estrechamente ligadas a ese ir y venir de mareas, más llevadero desde que Churruca diseñara su Muelle de Hierro y acabara con esa trampa mortal que era el estuario. Como le sucede a Javier Peñarredonda, de Amarradores del Puerto, cuarta generación de un oficio que ha rolado desde Zierbena al centro de Bilbao, cosido con estachas a los noráis. O a José Ramón Marín, capitán de barco y luego práctico del Puerto y Ría de Bilbao, toda una vida «peleando con maretones, resacas y 'aguadutxus'», sirviendo de guía a quienes atracan por estos pagos.

«Un poco dinosaurios»

La Ría les acoge a todos. Desde Jon Ispizua, estibador que lo mismo maneja una grúa que desplaza cien toneladas que entra a una bodega a palear carbón; hasta Borja Maestre, superviviente de aquellos metalúrgicos malencarados que inundaban antaño Sestao y Barakaldo y que en cada cambio de turno tomaban el pulso a Bizkaia. Incluso a los que como Jon Ispizua, carpintero de ribera, se sienten «un poco dinosaurios» en un mundo donde la madera ha sucumbido a la fibra de vidrio, como antes lo hizo al vapor o el acero. Ya lo dice Begoña Martínez, antigua sardinera, que a sus 88 años no se acaba de creer aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor. «Aquí se ha trabajado mucho, hijo. Lo de la falda remangada es un cuento, no te equivoques».