Las monjas de la Compañía de María dicen adiós

Las 8 monjas que quedan. De izquierda a derecha, Isabel Merikaetxebarria, Koldo Ezeolaza, Garbiñe Erdocia, Guadalupe Mentxaka, Isabel Nogal, Julio Astobiza, Maite Izeta y Juli Uliarte. /
Las 8 monjas que quedan. De izquierda a derecha, Isabel Merikaetxebarria, Koldo Ezeolaza, Garbiñe Erdocia, Guadalupe Mentxaka, Isabel Nogal, Julio Astobiza, Maite Izeta y Juli Uliarte.

Abandonan el edificio de Orduña que fue su hogar y uno de los colegios más grandes de Bizkaia, en venta desde 2003

ASIER ANDUEZAorduña

El impresionante Colegio de la Compañía de María de Orduña ocupa 22.000 metros cuadrados y es uno de los centros educativos más grandes de Bizkaia. También de los más antiguos, ya que por sus aulas han pasado miles de niñas y posteriormente niños desde 1883, cuando nueve religiosas que vinieron desde Bergara fundaron el centro. Ahora, las ocho religiosas que residían allí desde que el establecimiento educativo cerró en 2003, se marcharán definitivamente después de Semana Santa y se instalarán en la sede que la congregación tiene en Bergara. El edificio está en venta desde entonces, «pero con la crisis es muy difícil vender algo tan grande -comenta la superiora, Garbiñe Erdocia-. A mí me encantaría que, por ejemplo, se instalara aquí una escuela de veterinaria o agricultura, pero todo está muy difícil».

En estos trece años en los que el edificio ha permanecido cerrado se han llevado a cabo diferentes gestiones para venderlo, pero ninguna ha cuajado. En 2005, por ejemplo, y con la anterior Corporación del PNV, una empresa catalana especializada en servicios gerontología mostró su interés en comprar el edificio para instalar un complejo que iba a incluir una residencia de ancianos, una escuela de geriatría, hotel y restaurante. La dueña de edificio, la misma Compañía de María, pedía entonces 6 millones de euros. Pero al final, la empresa se echó atrás porque el edificio tenía una estructura antigua de madera y su rehabilitación exigía una inversión demasiado grande.

Posteriormente, en 2009, los gestores municipales negociaron con la congregación religiosa la compra del inmueble para el que se planteaban diferentes usos, como la construcción de pisos de protección oficial. Pero todas estas intenciones nunca se cumplieron por lo que el edificio sigue a la venta y en menos de un mes sin inquilinas. Aún así las ocho religiosas no han permanecido de brazos cruzados durante todo este tiempo, ya que, como ellas mismas dicen, «siempre hemos colaborado con los vecinos a disposición de diversas actividades».

Abiertas a la ciudad

Como destacó la alcaldesa de Orduña en el homenaje que brindó el Consistorio a una de las religiosas que va a cumplir 100 años, Guadalupe Mentxaka, la profesora de música para decenas de niños y niñas de la localidad, están abiertas a movimientos y asociaciones de «cualquier color», sin distinciones. Por sus enormes salas y pasillos han pasado cada verano grupos de niños saharauis que, gracias a una ONG, disfrutan de vacaciones en Bizkaia, y los pintores que decoraron hace un par de años los hastiales de la Foru Plaza utilizaron sus salas para pintar los murales decorativos. El edificio también ha albergado diferentes cursos de pintura, y son muchos colectivos los que han escogido sus dependencias para organizar sus celebraciones y comidas. Estas actividades, comenta Garbiñe Erdocia, «se seguirán manteniendo porque el edificio no se cierra del todo, ya que habrá una persona encargada de mantenerlo. Nosotras continuaremos viniendo de vez en cuando». La congregación dueña del edificio surgió en 1607 en Burdeos de la mano de Juana de Lestonnac, una mujer que, tras fallecer su marido, decidió cambiar su papel de madre por el de religiosa y dedicar su vida a la educación de los más jóvenes.

La orden cuenta con unos 50 centros por toda España. Además de la de Orduña, en Euskadi mantienen sedes en San Sebastián, Bergara e Irún. El colegio de Orduña, que sobrevivió a un huracán y un incendio que prácticamente lo destruyó, se ha ido adaptando con el paso del tiempo a las necesidades del momento: de ser un internado para mujeres pasó a ser un centro concertado que llegó a tener más de 1.000 alumnos y alumnas. Siempre han sido una monjas muy avanzadas, de hecho, actualmente la mayoría disponen de móviles y smartphones y también han creído en la diversidad. Así lo recuerda Isabel Merikaetxebarria, que ha vivido muchas décadas en el centro, primero como interna y después como profesora. Ya lo decía su fundadora, «cada persona calza un número diferente».

 

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